sábado, 18 de septiembre de 2021 | 4:20 PM

como ejemplo

Martin Scorsese propone un ejercicio de proyección y análisis de paso del tiempo con su filme para Netflix, The Irishman.

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Reinventarse. Vivimos en un mundo de cambio constante, de necesidades distintas y prioridades que se van alternando con ellas.

El ser humano se reinventa constantemente. Sus ideas e incluso su propia forma de ver la vida.

Por ejemplo, después de estar varios meses analizando el pop art a través de la obra de Andy Warhol, esta semana el Instituto de Arte de Chicago se prepara para estudiar el trabajo de El Greco. Y podríamos estar hablando de polos opuestos, porque usted me dirá… Pero lo que quiero resaltar realmente es cómo el ser humano ha sido capaz de reinventarse y cómo, precisamente, el arte ha sido ese hilo que nos ha permitido verlo y entenderlo. Incluso viéndolo al revés.

Entonces, así como las exposiciones en los grandes museos van cambiando y arrojando nuevas perspectivas de movimientos artísticos de toda la vida, el cine también es un reflejo de eso. Es expresión de inquietudes que se van clavando en la psique y que van marcando ese cambio de era.

Contando historias

   
Bien dicen que el diablo sabe más por ser viejo que por ser diablo, y Scorsese cuenta, nada más y nada menos, que con Robert De Niro para interpretar a Ed Sheeran

Martin Scorsese ha acompañado el cambio de era y sin embargo, es de esos testarudos que apelan a la nostalgia para mantenerse impasibles en el tipo de historias que quieren contar.

Mi primera experiencia con el cine de Scorsese fue Goodfellas, así que a pesar de disfrutar como una niña con Hugo, releer Taxi Driver, analizar El Lobo de Wall Street o simplemente compartir la pasión por la música de George Harrison, no fue nada difícil sumergirme de nuevo en el registro de mafia y corrupción que tanto disfruta Scorsese contando.

La política, los sindicatos, el poder del crimen organizado y esos hombres que dominaban las grandes ciudades a partir del miedo, la muerte y el poder, vuelven a ser los tópicos del cine de Scorsese con The Irishman, para cerrar, por decirlo de alguna manera, un ciclo que inició en 1973 con Mean Streets, pasando por Goodfellas en 1990 y Casino en 1995. Pero el gran detonante de esta nueva entrega es la nostalgia. En The Irishman conocemos la vida de Frank Sheeran, un hombre que a lo largo de su vida va adaptándose a las circunstancias, ganando terreno y conociendo a personas clave para ir ascendiendo socialmente.

Una masterclass

Bien dicen que el diablo sabe más por ser viejo que por ser diablo, y Scorsese cuenta, nada más y nada menos, que con Robert De Niro para interpretar a Ed Sheeran. De Niro en un registro sosegado, frio. Una reminiscencia a Vito Corleone en El Padrino. Unos ojos, Chico, que nunca mienten. Ese es el Frank Sheeran de Niro, que te hace sentir sin muchas palabras.

Al lado de De Niro tenemos a dos pesos pesados: Joe Pesci, un recurso infalible, y mi favorito, Al Pacino, a quien no se le veía tan pletórico y atinado desde su interpretación del teniente coronel Frank Slade en Perfume de Mujer.

Un trabuco que lleva todo el peso del filme, cuya duración de tres horas y media podría hacerle tirar la toalla a cualquiera. Porque a ver, no solo importa lo que nos cuenten, que obviamente a quien le guste el tema le va a parecer interesante, también está la forma de contarlo. Podrá estar en Netflix, modernizando la plataforma, pero Scorsese no suelta el celuloide granulado ni los excesivos planos medios. El espectador joven se va a aburrir, no hay economía narrativa ante una generación que lo quiere todo ya. Sin embargo, superada la forma, el fondo es esa mirada a la vejez, el enfrentamiento ante el paso de la vida y, una vez más, la nostalgia.

Quizás The Irishman no se adapte a los nuevos tiempos en cuanto a dinamismo y tecnología, pero si se adapta a la perspectiva del cambio, a la siembra de nuevas inquietudes y a la evolución del cine mafioso de Scorsese.

 El espectador joven se va a aburrir, no hay economía narrativa ante una generación que lo quiere todo ya, dice Betty Lyon en su crítica de El Irlandés 

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