lunes, 17 de mayo de 2021 | 2:52 PM

“Si no estamos bien alimentados no aguantaremos la bendita pandemia”

En Villa Colombia, la populosa urbanización construida para los trabajadores de las empresas básicas, los ancianos sobreviven por la caridad de sus hijos y reduciendo el número de comidas. Poco preocupa la COVID-19 sino la incertidumbre por el sustento del próximo día.

En Villa Colombia la falta de acceso a alimentos y a medicamentos preocupan más a los ancianos que la COVID-19. En las calles de esta urbanización construida para trabajadores de empresas básicas, de lo que se habla es de la crisis más que de un plan para prevenir el contagio, y se entiende: la mayoría de la tercera edad en esta comunidad sobrevive con pensiones de 2.2 dólares, y el soporte que con mucho esfuerzo pueden hacer amigos y familiares.

A Leopoldo Bello, un exsidorista de 76 años, por ejemplo, le ha tocado llevar la cuarentena “desastrosamente mal”. Con su trabajo en la Siderúrgica del Orinoco (Sidor) durante 23 años formó a sus cuatro hijos como universitarios y cambió de carro cada tres años. De esa prosperidad ahora no queda casi nada: hace dos años le robaron el último carro y no pudo volver a comprar otro, por lo que ahora anda a pie en una ciudad en la que el transporte público ya es casi inexistente.

La repercusión de una pensión de dos dólares impacta en su mesa: “Ya uno no come carne”, dice Bello para mostrar cómo ha cambiado su vida, más que por la pandemia por la severa hiperinflación y crisis económica que atraviesa Venezuela. Ha cambiado la pechuga por la menudencia del pollo, que es más económica, y aun así solo puede pagar cada 15 días.

  
José Leal es técnico mecánico y durante 35 años trabajó en Sidor. Su jubilación sólo le alcanza para un cartón de huevos y algo más  | Fotos José Rivas

Si no fuese por el apoyo de sus hijos no sabría cómo comer. Hace 4 meses que toma té de hiervas en vez de Losartam Potásico de 50 miligramos, el medicamento indicado para la hipertersión, porque no puede costear el tratamiento.

Las esperanzas de que la situación económica mejore no están atadas al término de la cuarentena. Bello cree que el confinamiento se ha politizado con la intención de restringir mucho más las libertades.

Los ancianos también se han afectado por el cierre de los bancos y la dificultad para encontrar efectivo. “La situación está bastante dura”, dice José Leal, quien tiene 35 días tratando de conseguir efectivo y le ha sido imposible.

Leal es técnico mecánico y durante 35 años también trabajó en Sidor y, como Leopoldo, a duras penas resuelve con una jubilación de 6 dólares que solo le alcanza para un cartón de huevos y algo más.

El Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP) -caja de alimentos a precios módicos entregados por el gobierno- no le llega desde de febrero. Pagó por última vez hace un mes y aún no llegan los alimentos. Desde que la hiperinflación se comió su jubilación ha bajado 17 kilos y sostiene que, si no hay un acuerdo entre los gremios, comerciantes y el Estado, nada mejorará.

“Si no estamos bien alimentados, no aguantaremos la bendita pandemia”, dice y tiene una muestra clara: de tres comidas pasó a una y media en el día; desayuna y trata de almorzar tarde para así aguantar durante la noche.

Cambiar de oficio

Vecinos de Villa Colombia, quienes dedicaron tiempo a la formación de jóvenes y del desarrollo deportivo en la comunidad, también han quedado perjudicados con la grave situación país. Cruz Maestre fue futbolista profesional en Mineros de Guayana en 1982, mismo año en el que representó a Venezuela como boxeador amateur en California, Estados Unidos. De no haber entrado el país en crisis, hoy estaría entrenando a jóvenes como hasta hace poco lo hacía. Ahora es vigilante de un consultorio odontológico en el Centro Comercial Venezuela porque le resulta más rentable.

Años atrás administraba el gimnasio de boxeo Villa Colombia, un mítico lugar en el que se logró entrenar a boxeadores que trajeron al estado el mayor número de medallas a nivel nacional. Ahora los espejos del centro deportivo están rotos, no hay luz, tampoco implementos deportivos. Pudiese ser distinto si hubiese recibido financiamiento de la Gobernación, dijo, pero “hablan bonito, pero no hacen nada”.

Maestre pocas veces usa la mascarilla, solo se refugia en la biblia y en Dios para no contagiarse. Porque después de todo, explicó, son más preocupantes los platos vacíos en casa que la propia COVID-19. “Uno debería vivir bien sin que le falta nada”, comentó.

Luis Meneses está sentado en el frente de su casa en la calle Barranquilla, no tiene mascarilla pese a la visita de dos vecinos. Años atrás trabajó haciendo mantenimiento en pozos petroleros de Monagas y Anzoátegui, cuando la producción era de millones de barriles diarios y era rentable para los ingresos del país.

“La cuarentena llegó con hambre”, afirmó con gran malestar. No recibe los bonos entregados por el Gobierno nacional ni las cajas del CLAP, las que considera estar envueltas en pura corrupción. Sus pocos ingresos le permiten comer una o cero veces al día. “Los únicos que comen bien es el presidente y sus allegados”, indicó resignado.

 
Los extrabajadores de empresas básicas de Villa Colombia sobreviven con una jubilación de 6 dólares, en el mejor de los casos. La caridad de sus hijos los mantiene en pie
 

Meneses cree que no hay entes a los cuales pueda reclamar las afectaciones que padece. Para el extrabajador petrolero de 70 años, Venezuela actualmente es un país “limosnero” que vive de subsidios y pocos son los esfuerzos por generar trabajos y producir alimentos.

Está claro que la COVID-19 afecta mayormente a las personas mayores y a quienes no tienen condiciones óptimas de salud, pero no le preocupa: quiere seguir viviendo para seguirle el curso a los acontecimientos hasta que, en algún momento, lleguen las buenas noticias.

Otras vecinas que vivían de la venta de empanadas o dulces cerca de las escuelas en la zona han visto cómo sus ventas han caído a cero. Carmen Herrera tiene 78 años, vive en la carrera Bogotá, y es la dueña de un puesto de venta de casabe y café que en plena cuarentena ya no registra venta. “Eso va abajo, ya nadie viene”, indicó.

Antes vendía empanadas a los estudiantes de los colegios San Pablo y Villa Colombia. En un día bueno podían comprarle 70 empanadas, pero por los problemas económicos y la escasez de efectivo el negocio decayó. Tuvo que optar por alimentos más económicos y aún así las personas en ocasiones no tienen el dinero completo para pagar.

“Maduro ta’ quedao”, le comentó a William Hernández, un comprador que la acompaña. Discuten los problemas para acceder a alimentos. La caja del CLAP en ese sector llegó por última vez en febrero, pese a los anuncios de Nicolás Maduro por mantener las entregas con la cuarentena.

7 millones de cajas CLAP serían entregadas a nivel nacional de acuerdo a los anuncios del Ejecutivo nacional. Edison Arciniega, coordinador de Ciudadanía en Acción, comentó para el día 24 de marzo el Estado tan solo había cubierto un 19% de las parroquias a nivel nacional.

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