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Pacientes psiquiátricos viven un perturbador confinamiento sin tratamiento y desatención

La cobertura psiquiátrica antes y durante la pandemia por COVID-19 es crítica en el estado Bolívar, especialmente en Caroní. Los pacientes emprenden la búsqueda frenética de medicinas, mientras la cotidianidad como la conocen amenaza con desintegrarse.

Por Laura Clisánchez | 28 de marzo de 2021

“Mamá, mamá ¡pastilla, pastilla!”, grita Flora Puga -de 40 años- a su madre Elena Garbo* mientras se sienta en la sala de espera del consultorio de psiquiatría del Hospital Uyapar, en el estado Bolívar al sur de Venezuela, y se señala la boca. Como el grito no da resultado, saca la botella de plástico llena de agua que carga en una bolsa transparente y finge que se traga una pastilla imaginaria.

Pero vuelve a extender su mano y, con desesperación, mira a su madre y vuelve a pedirle la pastilla. “No hay, Flora. Por favor, quédate quieta hija”, le dice Elena con pena, pero se sienta a su lado, saca la bolsa transparente que tiene por pastillero, y le da una de las últimas dosis de Alprazolam que le quedan. “Esto solo no te sirve, pero con el favor de Dios, te tiene que funcionar”, le dice mientras voltea a ver el cartel pegado en la puerta del consultorio: “Se les informa a los pacientes psiquiátricos que no hay medicamentos hasta nuevo aviso”.  

Sin opción, madre e hija salieron del consultorio a probar suerte en Mundo Sonrisas o en el CDI de Los Olivos en Ciudad Guayana. “Este no es un tratamiento completo para mi hija, ella tiene que tomar Alprazolam con Quetiapina. Medicamentos hay, lo que no hay es rial”, dijo mientras se marchaba. 

El caso de Flora supera los trastornos avivados por la pandemia en la nación suramericana, que atraviesa una crisis humanitaria compleja. Flora fue diagnosticada a los 18 años con esquizofrenia y retardo mental. Aunque su familia es de bajos recursos, desde hace tres años conseguir su tratamiento en el sector público es como sacarse la lotería: cuando hay Carbamazepina (anticonvulsivo y estabilizador del estado de ánimo) no hay Quetiapina (antipsicótico) y, rara vez, hay Bromazepam (ansiolítico). Todos cuestan más de 10 dólares en el sector privado.

30% de los pacientes con esquizofrenia y bipolaridad están en condición de calle por la descompensación que ocasiona la falta de tratamiento

Sin tratamiento, Flora entra en crisis: se desconecta de la realidad, deja de dormir y escapa de casa. La última vez, se escapó hacia San Félix y estuvo tres días desaparecida. “Hace desastres de noche, moja mi ropa en una ponchera… yo solo le pido a Dios que le dé paz a mi hija, ahora pasa toda la noche sin dormir”, dice Elena preocupada. 

Si de algo está segura, es que a sus 73 años se le hace cada vez más difícil enfrentar la enfermedad de Flora. Cuando se queda sin energía o sin efectivo para recorrer cuanto Centro de Diagnóstico Integral (CDI) hay en Puerto Ordaz, recurre a solicitar servicio público por aquí y por allá. 

Rosario Arias* tampoco consiguió tratamiento para su esposo esa mañana en el consultorio. Después de convulsionar seis veces, el jubilado de CVG Ferrominera desarrolló fallas neurológicas luego de una operación de marcapasos y ahora tiene episodios de demencia. 

Rosario supo que su esposo estaba empeorando justo cuando en un arrebato de ira y demencia -el único que ha tenido desde que es paciente psiquiátrico-, la agarró por el cuello pidiéndole que se callara. 

De los tres medicamentos psiquiátricos que necesita su esposo, solo puede comprarle dos: Fenobarbital y Risperidona. En lugar de Somazina, que se utiliza para alteraciones de la memoria (y cuesta 20 dólares), a ella no le quedó más remedio que administrarle ginkgo biloba, medicina natural. “Provoca salir corriendo, si no fuera por él, yo ya hubiese migrado”, dice Rosario. 

Los otros cinco compañeros de consulta de Flora y Rosario, también se fueron esa mañana con nada más que el récipe entre las manos. 

Lo único que tiene el área de psiquiatría del Hospital Uyapar funcionando es el recurso humano. Desde hace dos años, los medicamentos que llegan para pacientes psiquiátricos son los pocos que provee el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y otros organismos multilaterales. 

El surtido es intermitente porque nada puede reemplazar la responsabilidad de abastecimiento continuo que debe asumir el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS), que desde 2016 redujo la lista de compra de medicamentos psiquiátricos. Los donativos de las fundaciones alcanzan para apenas 20% de los pacientes que acuden al consultorio.

Cuando llegan, el personal del área trata de reservarlos para los pacientes más críticos que son quienes sufren de esquizofrenia, bipolaridad y alzhéimer. “Eso porque los depresivos todavía se pueden manejar con medicamentos que se consigan y todavía se pueden pagar. A veces llega a farmacia, pero los demás sí que son de alto costo”, explica la enfermera del servicio, Graciela Moreno*.

En los más de cinco años que tiene de servicio en psiquiatría le ha tocado aprender a no tomar para sí los problemas de sus pacientes, pues le remuerde no poder ayudarlos. Los datos aproximados que revela son demoledores: apenas 5% de los pacientes psiquiátricos que acuden a la consulta de Uyapar pueden costear sus tratamientos en el sector privado ante el desabastecimiento en el sector público. 

“Y aquí, si hoy llegan los medicamentos, para la tercera semana ya no tenemos”, lamenta. 

El consultorio está en la calle

30% de los pacientes que sufren de esquizofrenia y bipolaridad que acuden a la consulta del Hospital Uyapar están en condición de calle, estima la enfermera. “Tenemos hasta 20 pacientes vagando entre Core 8, adyacencias de Core 8, La Churuata, Castillito… más de una vez nos ha tocado salir a inyectarles un calmante, montarlos en el carro y regresarlos a su casa”, dice. Pero eso no es suficiente.

El surtido de fármacos de alto costo en el consultorio psiquiátrico del hospital
Dr. Raúl Leoni se realiza dos veces al año y dura apenas dos meses

La consecuencia del desabastecimiento en el sector público es que los pacientes más críticos se descompensan de tal manera que terminan en condición de calle y aunque pasen desapercibidos para Minsalud, vagan por Ciudad Guayana como rastro irrefutable de la crisis de salud mental en todo el estado Bolívar. Los hospitales principales de su municipio más poblado, Caroní, son un vivo reflejo de eso, incluyendo el hospital Dr. Raúl Leoni en San Félix.

Cuando Eneida Carrasco, de 53 años, recordó que la última vez que acudió al consultorio del hospital de Guaiparo le dieron solo sertralina para la depresión en lugar de los otros cinco fármacos que debe tomar a diario para la esquizoafectividad, bipolaridad y el trastorno ansioso, sus ojos comenzaron a enrojecerse hasta que ya no le fue posible controlar las lágrimas que comenzaban a mojarle la mascarilla.  

Los fármacos que toma para el control psiquiátrico desencadenaron en ella una disquinesia tardía, una enfermedad que causa movimientos involuntarios en el cuerpo y que suele ser dolorosa. Se la diagnosticaron hace tres años, mismo tiempo en el que también dejó de tomar tratamiento completo porque no lo consigue en el hospital Dr. Raúl Leoni, a donde acude lunes y jueves. Desde hace tres años, la cotidianidad que conocía se quebró porque comenzó a sentir con mayor frecuencia que su realidad se desintegra al tiempo que pierde la conciencia. 

– ¿Qué pasa cuando no tomas tratamiento?

– Veo a mi familia muerta… 

– ¿Es tu mayor miedo?

– No, mi mayor alegría porque quiero estar con ellos.

Eneida trata de escuchar con atención lo que le dicen, se sujeta la cabeza como si tuviese una migraña tan insoportable que no le permite abrir los ojos por completo. En su bolso hay cuatro pastillas de Quetiapina, que saca diciendo: “hoy hay, mañana no sabemos”. Le angustia pensar que llegará un momento en el que hará cosas de las que no se acordará, o que olvidará la cara y la voz de su esposo. 

La OMS establece que un paciente con esquizofrenia, bipolaridad o depresión, e incluso con trastornos mentales severos, puede estudiar, trabajar y mantenerse activo socialmente solo si se le garantiza tratamiento continuo y atención especializada con la que no cuentan en Bolívar, ni en Venezuela.

Eneida relata con añoranza y orgullo que es técnico medio en administración industrial y trabajó por mucho tiempo en la Universidad de Oriente (UDO). Cuando la emergencia humanitaria arreció y dejó de conseguir tratamiento en Guaiparo, se descompensó, y hace cuatro años la institución tuvo que incapacitarla. 

En lo que va de año, solo ha podido comprar el tratamiento una sola vez: Clonazepam (ansiolítico, anticonvulsionante, miorrelajante y estabilizador del ánimo), Quetiapina, Akinetón (atenuante de espasmos musculares) y sertralina. Aunque debe tomarlos en la mañana y en la tarde, solo se los toma en la noche para que rindan. Por eso se aísla y no le es posible salir del cuadro ansioso y depresivo. 

“No estoy durmiendo bien, doctora, ¿dónde está mi pastilla?”

Apenas 5% de los pacientes psiquiátricos de la consulta del hospital Uyapar pueden costear sus tratamientos en el sector privado.

Es la frase que más escucha Diana Tovar* en la consulta del hospital de Guaiparo. Y para ella esas palabras son como una soga que le ata las manos hasta dejarle las muñecas en carne viva. “No podemos hacer nada por ellos”, dice.

Está segura de que la consulta psiquiátrica a la que ha dedicado al menos 12 años de su vida, ha pasado por los peores momentos durante estos últimos dos años por falta de medicamentos. Ver a los pacientes descompensados, llorando y pidiendo tanto tratamiento como dinero para costear el pasaje de regreso a sus casas, le lacera el corazón y la conciencia, aunque bien sabe que se escapa de su control. “¿Qué podemos hacer? Nada”, sentencia.

Incluso antes de la pandemia, en este consultorio se atienden entre 30 y 40 pacientes dos veces a la semana. El surtido irregular de medicamentos inició hace cinco años, pero desde 2018 el suministro ocurre dos veces al año y dura apenas dos meses.

Cuando llega, solo hay disponible amitriptilina de 25 mg (antidepresivo), fluoxetina de 50 mg (antidepresivo), haloperidol en ampollas (antipsicótico que se administra bajo vigilancia médica) y risperidona en tabletas, los antipsicóticos, anti convulsionantes, y otros estabilizadores del estado de ánimo desaparecieron. Pacientes con esquizofrenia, bipolaridad, alzheimer y demás trastornos no cuentan con esquema de tratamiento completo.

“Las ampollas de risperidona para esquizofrenia más nunca llegaron (2 años de interrupción del suministro). Con eso ellos podían pasar hasta dos meses lúcidos, pero eso no vino más nunca. Ahorita solo hay en tabletas, pero el efecto no es igual”, comenta.

La desaparición de otros fármacos como Quetiapina, Bromazepam, Alprazolam, Olanzapina, y Fenobarbital (anticonvulsivo) en este consultorio ocurrió hace más de un año. Y si se despachan, de tres blísteres que deberían entregar, solo se despacha uno con suerte.

En la gaveta del consultorio queda una caja de Risperidona de 5mg (un fármaco eficiente para calmar y prevenir la psicosis y ayudar a los pacientes a dormir). Está vencida, pero “los fármacos no se vencen. Mientras no cambie de color la pastilla todavía podemos ayudar a alguien que lo necesite”, se consuela.

Sin posibilidad de hospitalización

Un paciente descompensado va a requerir hospitalización porque puede hacerse daño a sí mismo o a otros, pero en Bolívar no conseguirá un recinto hospitalario que lo reciba. El hospital psiquiátrico de Ciudad Bolívar dejó de recibir pacientes desde mediados del año pasado por falta de agua y alimentos y en el hospital Dr. Raúl Leoni en San Félix no se hospitalizan pacientes psiquiátricos desde hace más de cinco años, de acuerdo con la psiquiatra Zinnia Ron. 

La especialista asegura que ahora la mayoría de los pacientes psiquiátricos son tratados de forma ambulatoria, y muchas veces se escapa del control de la familia. “Llega un momento en que uno no quiere ni ir a la consulta porque no tienen cómo resolver. ¿Cómo se le manda un tratamiento a un paciente que no tiene ni qué comer?”, se cuestiona. 

En el sector privado tampoco hay garantías de conseguir tratamiento. La oenegé Convite corroboró que los medicamentos para tratar la depresión son de los más escasos en Ciudad Guayana. Hasta el cierre de 2020, había 87% de escasez de estos fármacos en tiempos de alta incidencia de alteraciones emocionales tanto en pacientes que ya son psiquiátricos como quienes no lo eran. 

Mientras los consultorios psiquiátricos se quedan cada vez más desabastecidos, los especialistas han detectado un aumento de trastornos emocionales derivados de la pandemia y la emergencia humanitaria que vive el país.

Es por eso que, durante la pandemia, en el estado Bolívar también surgieron iniciativas para brindar primeros auxilios psicológicos como la red de psicólogos voluntarios de la Sociedad Venezolana de Psicólogos. 

Desde abril de 2020 han atendido solo en Bolívar a 121 pacientes. El patrón es el mismo: predomina la ansiedad, pánico, fobia y depresión. “La pandemia también causó que todo el núcleo familiar padezca esos trastornos”, es lo que dice -y ve a diario- el psicólogo e integrante de la red, Luis Urbano. 

De los pacientes atendidos, 10 intentaron suicidarse y 25 fueron remitidos a psiquiatría porque escaparon de su control. 

La psiquiatra Zinnia Ron señala que normalmente a la semana podía ver entre cinco y ocho casos de fobia, ansiedad y pánico semanales, y ahora ve más de 20 solo en su consultorio privado sin incluir los públicos. Los problemas surgen porque las personas intentan adaptarse a los duelos simultáneos que viven en el país y, en este caso, en Ciudad Guayana. 

La doctora lo llama proceso adaptativo, “porque lo que antes era ya no es, pierdes lo que conocías y ahí es cuando surge la incertidumbre y con esta, la ansiedad, depresión e, incluso, síntomas somáticos para pacientes psiquiátricos, y aquellos que no se identificaban como tal”.

La somatización es como decir que las emociones agarran cuerpo. Es por eso que, a diario, en el consultorio de Ron entran pacientes con síntomas de gastritis aguda, dificultad respiratoria y dolor en el pecho, pérdida de cabello, que han recorrido media Ciudad Guayana para hacerse exámenes de laboratorio y tomografías para al final descubrir que enfrentan un cuadro ansioso, por ejemplo. 

“Yo digo que ahorita estamos en la era de la esfera mental”, dice ella. Pero en una ciudad que se quedó sin herramientas para encarar los trastornos psiquiátricos. Al final de la jornada, uno a uno los pacientes psiquiátricos vuelven a sus hogares con nada más que los récipes en las manos, poniendo sus esperanzas en la siguiente consulta.

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