jueves, 21 de octubre de 2021

Vademécum de frases imposibles

Las frases imposibles son las que nos despiertan del letargo. Nos sacuden de nuestra normalidad, nos espabilan y nos hacen pensar más que de costumbre. Ellas no ofrecen sus sentidos fácilmente y por ello las colecciono, aguardando por el día en que pueda descifrarlas.

@diegorojasajmad

Me gusta coleccionar frases imposibles. Las atesoro como a las pequeñas piedras que encuentro en el camino y atraen mi atención por su forma, por su color o porque servirán de recuerdo de algún evento que quedará estampado en la memoria. Del fondo de un riachuelo, de las montañas, de un parque o de la calle misma, a veces me sorprende la misteriosa belleza de una simple piedrecilla que terminará irremediablemente en mi bolsillo.

Así sucede cuando recorro las páginas de un libro. Tras la lectura de algunas cuantas páginas, de pronto resplandece una frase enigmática, distinta a las otras, que me hace pensar en su sentido y en querer descubrir aquel secreto magma que la trabajó con paciencia hasta hacerla posible. Inmediatamente las transcribo a un cuaderno y, como las piedrecillas, terminan formando una colección de maravillas inservibles.

A veces me da por pensar lo que ellas esconden. En ese instante cierro el libro y, con afán de minerólogo, trato de ir tras sus secretos.

Ayer encontré de nuevo dos de aquellas frases, olvidadas en el viejo vademécum de frases imposibles que he compilado durante algunos años. Son estas: 

El silencio en estado sólido

En cierta ocasión, ya no recuerdo cuándo ni dónde, me topé con un libro de Pascal Quignard. En él leí, palabras más, palabras menos, algo así como lo que está copiado en mi cuaderno: “Los peces son agua en estado sólido. Las aves son aire en estado sólido. Los libros son silencio en estado sólido”. Mi desconcierto fue mayúsculo al leer por vez primera aquella frase. La búsqueda de un sentido me llevó a repetir hasta el cansancio cada una de las oraciones, como queriendo seguir un rastro de pistas que me condujeran hasta el tesoro.

Me decía a mí mismo: el pez vive en el agua, el ave vive en el aire. El pez y el ave son seres que solo son posibles en esos respectivos medios. Sin ellos, nada son. O son otra cosa. Pero, ¿aplica la misma lógica con el libro? ¿El libro vive en el silencio así como el pez vive en el agua y el ave en el aire? ¿El libro deja de ser en el ruido? Quizás eso sea: el libro, que se realiza en la lectura, es un silencio entre dos estruendos, el de la bullanguera realidad que se asoma antes de abrir y luego de cerrar el libro. Leer es una cesura de la ruidosa vida.

***

Si no se nombra, existe

Recuerdo que cuando tropecé con esta frase del bibliógrafo Sven Dahl, me invadió la misma sensación de incomprensión e incertidumbre que tuve con el enunciado anterior de Quignard. En su clásico estudio titulado Historia del libro, el investigador danés, en el capítulo referido a los papiros griegos, afirma que los rollos hechos con este material llegaron a Grecia en el siglo VII a.C., iniciándose desde ese entonces un creciente comercio con Egipto, y ya hacia el siglo V el uso del papiro se había hecho una costumbre en la cultura helénica. Luego, Dahl suelta la siguiente frase imposible: “El que Heródoto, en su descripción de Egipto, no mencione los papiros es prueba de que estos eran un fenómeno cotidiano en su país”. Nada más. No argumenta la afirmación dada y vuelve como si nada a su fascinante relato histórico.

Esa frase hay que repetirla de distintas formas para comprenderla: el griego Herodoto, cuando describió Egipto, no mencionó a los papiros y eso demuestra que este material era de uso común en Grecia. Cuando visitamos un lugar, prestamos atención a las cosas que desconocemos. No nos asombra lo que ya hemos avistado en nuestro lugar de origen. De tanto ver las mismas cosas, estas terminan desapareciendo. Ya lo había dicho Oliverio Girondo, el poeta argentino, en otra frase imposible: “la cotidianidad nos teje telarañas en los ojos”. Cuando un objeto es parte de nuestra vida diaria, se invisibiliza. La costumbre enceguece.

***

Las llamo imposibles, pero quizás no lo sean tanto. Son en realidad frases que no abren su mano de buenas a primeras y obligan a detener la lectura para pensar en ellas con mayor tino. Me atraen sus formas, sus imágenes, pero no logro discernir inmediatamente lo que llevan en su interior. Sí, así como sucede con las piedrecillas…

Otras Páginas:

-La muerte de dos poetas: En poco menos de una semana han muerto dos portentosos poetas venezolanos. Uno, Armando Rojas Guardia (1949), fue nuestro poeta de la interioridad, del silencio, del misticismo. El otro, Blas Perozo Naveda (1943), habló desde la verborrea, la vitalidad, el hedonismo. Dos ángulos del ser humano que se complementan. Sus obras quedarán ahí por siempre para nosotros.

-Leer es poner al día: “El papel de la lectura ya no es entender al autor (visión romántica de la interpretación) sino poner al día el nuevo mundo que yace en el texto”. Marc-Alain Ouaknin.

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