lunes, 27 de septiembre de 2021

Una cárcel llamada Venezuela

Subsistimos con todas las privaciones con las que sobreviven los presos en las cárceles venezolanas. Tras las rejas, con la basura rodeándonos, mientras la gusanera se pasea por los cerros de desperdicios.

Subsistimos con todas las privaciones con las que sobreviven los presos en las cárceles venezolanas. Tras las rejas, con la basura rodeándonos, mientras la gusanera se pasea por los cerros de desperdicios.

La macolla socialcomunista ha dirigido su sensible mirada hacia las cárceles, en las que hoy están embutidos unos 50 mil venezolanos. Castigados en esas ergástulas por delitos comunes, están jóvenes pobres, provenientes de familias disfuncionales y violentas que expulsan a sus propios hijos a las calles. Verdaderos propedéuticos para la iniciación delictual de esta población vulnerable y sin esperanzas. Cada niño sin hogar, sin afecto familiar, sin escuela, sin educación es una víctima: que como carece de aula lo meterán en una jaula. En formas de correccional, celda o calabozo. Será un preso común, en algunos de estos depósitos de seres humanos, sedes de los pranatos que la revolución impulsa y atesora con tanto mimo.

Hice mi pasantía en los jardines que sirven de refugio a los comeflores, suerte de infancia dorada de los comunistas. En esa época estaba convencida -hasta los tuétanos- que una vez instalado el comunismo en la humanidad y sus alrededores, la pobreza desaparecería. Y, claro, uno de sus beneficios inmediatos sería sacar a los niños de la calle, quienes tendrían hogares, una buena alimentación, escuelas con salones ventilados e iluminados, mejores maestros bien remunerados y mucho amooooor. Añoraba bibliotecas amplias, con estanterías llenas de libros y plena libertad para que los niños eligieran sus lecturas.

Aquel idílico paraíso evitaría que el país se llenara de cárceles, y en su lugar se construyeran cientos de miles de escuelas, liceos y universidades. Sueño truncado del que me despertó la cruda realidad, cuando salí de la catequesis de los círculos de estudio. En la que sólo podía leer sobre marxismo, materialismo histórico, dialéctico y científico, dictadura del proletariado y otras monsergas que nos inoculaban con la jeringa de la chilena Marta Harkcneker. Su contenido está concentrado en unos librillos que buscaban ser el Corán, el Talmud y la Biblia al mismo tiempo, en su afán de convertirnos en genuinos talibanes.

Escapar de esa ideologización forzada me permitió incorporar otras lecturas, que me obligaron a aceptar que el paraíso comunista sólo estaba en mi imaginación. Pero, sobre todo admitir que las cárceles eran las edificaciones preferidas de los tiranos revolucionarios. Deben tener récord, porque el número de presos en estos regímenes aumenta día a día. Eso no ha cambiado de Stalin a Daniel Ortega, ni de Mao o Fidel a Kim Jon-um. Sátrapas cancerberos, custodios de esos infiernos que erigen con tanto placer aquí y acullá: en cualquier lugar colonizado por las fuerzas represoras y reclusoras del comunismo.

Todo individuo -envenenado con los tósigos marxistas- recibe sus respectivas gríngolas cuando ingresa al oscuro túnel de esta ideología. Las que se coloca, voluntariamente, porque está obligado a mirar en una sola dirección, acogerse al pensamiento único, inyectarse todos los días una sobredosis de dignidad e igualdad, esperar al hombre nuevo que está por llegar, y arrodillarse ante la utopía de una sociedad sin clases y sin injusticias. Forjada, paradójicamente, a punta de conspiraciones, tramas, intrigas, engaños, la violencia en todas sus manifestaciones y la instrumentalización de la muerte, para tomar el poder por asalto, como lo prefieren los comunistas.

No hay peor ciego como el que no quiere ver e imbuidos en la ceguera ideológica que impide pensar, resulta imposible mirar lo que ocurre frente a nuestras narices. Justo allí, el país, se transformó en una mega cárcel. Aquel microcosmos de la prisión ha sido replicado en los dominios de la tiranía comunista. La libertad le fue suprimida a todos sus habitantes: somos reos, convictos, presos estigmatizados por la cúpula, que nos ve como sus enemigos. El hogar es una cárcel donde estamos confinados, por decisión de la criminal pravedad de quienes detentan el poder.

Subsistimos con todas las privaciones con las que sobreviven los presos en las cárceles venezolanas. Tras las rejas, con la basura rodeándonos, mientras la gusanera se pasea por los cerros de desperdicios. El agua escasea en las prisiones al igual que en cualquier casa de esta colonia penitenciaria cubana, por lo cual la higiene es un lujo a la que no todos tienen derecho. Igual es una proeza lavar la ropita, cocinar y limpiar el habitáculo. El hambre campea a sus anchas entre los prisioneros, pero igual acosa al 90% de los venezolanos -presos en las ergástulas de la miseria, la precariedad y la violencia- que también mueren extenuados por la desnutrición.

Agridulces

El Koki, con sus 43 primaveras, no es un malandro cualquiera. Lo demuestra -cada vez que le da la gana- con el enorme poder de fuego que ha acumulado y con su megabanda, que suma unos 300 incondicionales. Más organizados y mejor armados que todas las fuerzas ¿del orden? que lo han enfrentado.

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