martes, 11 de mayo de 2021 | 12:28 PM

Un mundo paralelo

Cuando se trata de proporcionarse el mayor bienestar, los de la cúpula no tienen ningún límite. Se lo dan todo con el dispendio y el boato con el que lo hacía Nerón. | Foto EFE

Cuando se trata de proporcionarse el mayor bienestar, los de la cúpula no tienen ningún límite. Se lo dan todo con el dispendio y el boato con el que lo hacía Nerón. | Foto EFE

La élite dominante ha construido un mundo paralelo en el que goza de lo lindo y desde el que le habla al pueblo llano, ese de a pie, literalmente, porque ha dejado de usar zapatos, debido a su extrema pobreza. El de la élite es igual de real, pero con yacusis burbujeantes, velas, tulipanes holandeses en jarrones de cristal de Bohemia, champán francés, deliciosas frutas, compañía deseada, y un esponjoso albornoz que absorbe las delicadas y juguetonas gotitas que acarician y se deslizan por la piel del sibarita socialcomunista. Esto último es una “tautología cacofónica” que me permito, y que mis escasos lectores sabrán perdonarme.

Cuando se trata de proporcionarse el mayor bienestar, los de la cúpula no tienen ningún límite. Se lo dan todo con el dispendio y el boato con el que lo hacía Nerón, o más recientemente Ferdinand e Imelda Marcos en Filipinas, aquel pobre país donde nació la otoñal ninfa del Nobel peruano, Mario Vargas Llosa, integrada a la realeza de la madre patria.

Sólo hay que ver el antes y el después para apreciar cómo la apariencia siempre da un giro de 180 grados. Su altísimo confort, por ese barril sin fondo que les ha tocado en la lotería revolucionaria, les permite disfrutar con furia cuándo y cuánto les plazca. No tanto dónde, porque tienen restringido el acceso a esos paraísos del placer que tanto frecuentaron en años precedentes.

Gracias a ese vuelco vital que les regaló el socialismo del siglo XXI, la élite se fabrica su propia percepción de feudos y vasallos, siguiendo aquella máxima de Santiago Ramón y Cajal, según la cual “todo ser humano, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”. Bueno, ellos sin saber de este Nobel español, han levantado en su mente la escultura retórica de la Venezuela socialista, que la dibujan con palabras en las recurrentes y fastidiosísimas cadenas de radio y televisión.

Si algún extranjero -tipo comeflor y con afinidades ideológicas con esta tiranía- escucha las peroratas cupulares concluirá que Venezuela es algo así como Finlandia o Noruega, pero en el trópico, lo que es un plus para desear venir a este paraíso socialista. De la boca de la macolla salen expresiones que recogen la perfección del régimen: su intachable buen hacer, su cabalidad a toda prueba, su sensibilidad tan de izquierdas, su honestidad y sobre todo su verdad. Norte y esencia de la beautiful elite: embellecida y retocada por los escalpelos de los más selectos cirujanos plásticos del continente. De lo demás se encarga la corte de sirvientes que tienen como tarea exclusiva vestir, maquillar, peinar y lukear a sus dueños.

Si aquel extranjero escapa del imperio de la hegemonía mediática y sale del hotel a patear la calle se topará con el suplicio del venezolano, después de 22 años de socialismo. Verá la ropa raída de quienes caminan en busca de algunos alimentos que caben, fácilmente, en el morralito tricolor heredado de algún familiar que cruzó la frontera. Si aguza el oído podrá escuchar la queja, el lamento y el dolor de muchos de aquellos que sobreviven con salarios mínimos en una economía hiperinflacionaria.

Pero si supera el miedo y sus prejuicios y se acerca a algunos de esos nativos, descubrirá que muchos son profesionales universitarios, bilingües y con alta competencia lingüística en el idioma materno. Cuyo descenso en la escala social es proporcional al ascenso experimentado por los capitostes del régimen. Algunos de los cuales, a duras penas, son bachilleres, y otros compraron títulos de tercer y cuarto nivel en empresas del ramo. Esas que se encargan de darle un barniz académico a farsantes, arribistas y trepadores de la izquierda vagoneta. La misma que parasitó en las universidades, y como garrapatas o sanguijuelas, se pegaron a sus beneficios durante años como repitientes crónicos.

Después de dos décadas acabaron con Pdvsa, por lo que no hay gasolina, ni gas, ni diésel. El agua está racionada y la luz eléctrica es intermitente. Muchas familias cocinan con leña y no tienen neveras. Las duchas se oxidaron porque nos bañamos con el agua que trasegamos. La educación es una ruina excluyente, de la que escapan docentes y alumnos. El sistema sanitario sirve para morir y no para garantizar la vida. Nada de esto es visto por la élite dominante, porque ellos tienen -en su microcosmo paralelo- muchísimo más de lo que alguna vez imaginaron. Y reinan rodeados de lujos, riquezas, opulencia y una obscena abundancia adosada a su tiránico poder.

Agridulces

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