viernes, 18 de junio de 2021 | 5:14 AM

Un agitador cultural llamado Willy McKey

Se definía como un agitador cultural, y lo justificaba así: “El artista debe ser agenciador y generar proyectos sostenibles en el tiempo”.

Se definía como un agitador cultural, y lo justificaba así: “El artista debe ser agenciador y generar proyectos sostenibles en el tiempo”.

Cuando el papel todavía acariciaba y pigmentaba mis manos mientras leía la prensa del día, supe de la existencia de Willy Mckey, pues sus trabajos literarios aparecían en los más importantes periódicos del país. Su presencia siempre fue en ascenso, tanto en los medios como en mis preferencias personales. Sabía que cada entrega de este escritor era un bocado di cardenale, que disfrutaba por su contenido, pero, especialmente, por el exquisito y depurado manejo del lenguaje con el que nos ofrendaba este talento nacional, con nombre Y apellido anglosajón. Más adelante me enteré que, como yo, egresó de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, lo que me acercó más a él.

Con la criminal expoliación de los medios impresos libres perdí la posibilidad de leer a McKey, pero un día me sorprendieron con el anuncio de su presencia en un circuito radial. Me alegré, pues escucharía la voz de Mckey, lo que me permitió conocer otra de sus facetas. Escucho su voz dulce, acompasada, casi musical, hilvanando un discurso cargado de sentido, conocimiento, sabiduría y mucha gracia. Hacía una suerte de crónica de lo publicado en Prodavinci, con referencias muy ricas y enriquecedoras de sus autores. Conversaba con algunos, y mientras él daba lo mejor de sí, lograba sacarles una muy valiosa información a sus contertulios. La verdad es que hasta la semana anterior a su suicidio, disfruté mucho de algo que Mckey solía hacer con mucho placer, desde Argentina donde vivía desde 2018.

La voz -ese hálito de vida, ese soplo divino- le da una dimensión diferente a la conexión con el otro. Como oyente el flujo de la imaginación oxigena la mente, y nos ofrece unas vías de escape para descansar de los acosos de una confinada cotidianidad, desgastante y exasperante. Es algo que experimentaba mientras escuchaba -full atenta- a este poeta, que se vio obligado a irse, sin decirnos adiós.

Durante un buen tiempo no supe cómo era Mckey físicamente. Pero cuando vi su foto me impresionó aquella negrísima melena leonada, como marco de unos rasgos marcados por una sobredosis de testosterona. Una personalidad especial, un talento excepcional, una imagen particular y su gran capacidad para comunicar hicieron de él alguien fuera de serie.

Se definía como un agitador cultural, y lo justificaba así: “El artista debe ser agenciador y generar proyectos sostenibles en el tiempo, crear comunidad, organizar actividades. No sólo cultivar el talento, sino promover sus frutos. De eso va la agitación cultural”. Mckey le dijo esto a la periodista de Clarín de Argentina, Alessandra Hernández, dos semanas antes de conocerse las acusaciones. El último día de abril fue publicada.

En esta entrevista nos enteramos que Willy Mckey, quien nació en 1980, además de haber trabajado para el portal Prodavinci, apoyó programas de formación para líderes comunitarias, asesoró campañas en Ecuador y República Dominicana y participó en el equipo de Juan Guaidó. Como prestidigitador de la lengua ganó los premios de Fundarte y el “Rafael Cadenas” de la poesía joven. En su perfil se definió como amaxofóbico, fotofóbico y agitador cultural.

En las páginas de Clarín se refirió al arte sin mecenazgo: “Cuando entiendes que la cultura no es sólo un hecho identitario, sino que es un hecho de consumo, variamos nuestra manera de entenderla. En Latinoamérica sucede algo terrible: las políticas culturales del Estado atienden a los sectores vulnerables, los de bajos recursos, mientras que hay una parte pudiente que tiene colegios con bibliotecas y acceso a internet, pero el del medio, el desatendido, compra su entrada para el cine, paga Spotify, compra el libro, lleva a sus hijos a música, al ballet… sostiene la industria cultural: justamente quien no es atendido por el Estado”.

Habló alto y claro -sin complejos- de la condición “vulnerable” de su familia, asentada en ese populoso conglomerado llamado Catia. También supimos que su abuelo fue un personaje muy importante de la política venezolana. Me refiero a José Lira, el Cojo Lira, a quien conocimos en Ciudad Guayana y con quien departimos en varias oportunidades. Lira fue una figura fundacional de La Causa R, muy querida y respetada por todo el arco político nacional, por los sindicatos de las empresas básicas de Guayana y por sus trabajadores. De piel morena y verde mirada, Lira, fue senador en el Congreso Nacional durante la democracia. Murió el 13 de febrero de 2017, cuatro años antes de que su nieto decidiera, en un escándalo que lo sobrepasó, irse en una suerte de final digno de la literatura a la que le dedicó la vida.

Agridulces

Isabel Díaz Ayuso ganó las elecciones en la Comunidad de Madrid. Su triunfo fue arrollador, tanto que se llevó por delante a Pablo Iglesias, el más obsceno insultador de la comarca, quien fue expulsado de la política. ¡Gracias, Ayuso, por los favores recibidos!

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