jueves, 21 de octubre de 2021

Trocheros e incitación al odio

Estos revolucionarios se han marchado cuando les ha dado su realísima gana y han vuelto cuando les ha provocado. Con viáticos y por avión han llegado a Maiquetía.

Los condenados de la tierra venezolana -esos que huyeron e intentan regresar por los caminos verdes- no consiguen despertar la tierna sensibilidad de los encumbrados socialistas vernáculos. Qué diría el psiquiatra Franz Fanon, aquel revolucionario nacido en Martinica, que juraba que el sentido profundo de sus libros guió y guía la acción y los corazones de esa izquierda noble y generosa: la misma que monopoliza la salvación de los oprimidos de la tierra. La magnificencia y altruismo de esos seres no conoce fronteras, por eso -siguiendo el ejemplo de Fanon- siempre están preparados para luchar contra la injusticia y la desigualdad en cualquier lugar del planeta.

De hecho, varios revolucionarios de nuestro patio han agarrado sus macundales con su AK47 incluida, les dijeron adiós a los muchachos, se despidieron de su adorada y partieron a salvar los subyugados en otras latitudes. Siria, Nicaragua, Libia o Irán han contado con la presencia activa de los desprendidos ñángaras venezolanos. No he sabido que hayan entregado la vida, porque han vuelto y se han incorporado, empeñosamente, a su cotidianidad socialista: esto es seguir el proceso destructivo que se han marcado como meta en la tierra que los vio nacer.

Estos revolucionarios se han marchado cuando les ha dado su realísima gana y han vuelto cuando les ha provocado. Con viáticos y por avión han llegado a Maiquetía, donde han sido recibidos como héroes. Esto es un privilegio de la élite socialcomunista y de sus protegidos del primer y segundo anillo de la cortesanía local, del que jamás gozarán el resto de los venezolanos.

En ese resto -donde el socialismo ha embutido a la mayoría- se encuentran muchos venezolanos que en los últimos años se han ido con un morral, a pie y con hambre. El presente de su patria es la miseria más absoluta: sin trabajo, sin alimentos, sin salud, sin seguridad y la amarga experiencia de ver a su familia sumergida en todo tipo de privaciones.

Excluidos y expulsados de su tierra, suprimida cualquier oportunidad de vivir con decoro, a la juventud venezolana sólo le queda la esperanza de encontrar mejores condiciones de vida en otro país. Por eso se van con lo puesto, con la misma precariedad con la que han sobrevivido en su país durante bastante tiempo, el suficiente para concluir que aquí no ven ni la luz mortecina de un faro a punto de apagarse.

Todos salieron antes de la pandemia. Ninguno imaginó que una condenada y encadenada corona de virus les impediría concretar el simple propósito de trabajar para sobrevivir, y enviar modestas remesas a los familiares que se quedaron en este desierto llamado Venezuela. Esta amenaza global le ha cambiado la vida a la humanidad completa. Por eso, imaginemos por un momento, la tragedia de estos venezolanos en otros países: sobreviviendo con una mano adelante y otra a atrás, desempleados donde son forasteros, una vez más excluidos, víctimas de la xenofobia y sin familia.

Algunos siguen guapeando, pero muchos han emprendido el largo camino del regreso. El morral en la espalda como único equipaje y aventurarse por los caminos verdes, donde acecha el peligro en todas sus formas. Nunca sabremos cuántas vidas se perdieron en la ida ni cuántos volverán a encontrarse con su familia.

Retornados es la denominación mediática para los que se ven obligados a volver. Pero la sala situacional perpetradora de perversiones léxicas, orientadas a lacerar -todavía más- la condición humana de los venezolanos, ha regurgitado unas descalificaciones que los convierten en criminales. En la jerga cívico-militar de la cúpula podrida los denominan trocheros, trocheras y bio terroristas. Epítetos que en sí mismos son un estigma, y el primer argumento para bloquear la llegada de nuestros compatriotas. La honorable FANB se alió con la guerrilla y con los colectivos para la ominosa tarea de cerrarle el paso a los retornados. Por si aquello no fuera suficiente, el Ceofan -en un acto de extrema crueldad- estimula el sapeo y el odio contra trocheros y trocheras. De suyo se realizan verdaderas cacerías contra estos venezolanos, ejecutadas por ese tricípite letal, que persigue a estos condenados de nuestra tierra sin compasión alguna.

Agridulces

Le tocó el turno de la operación tun tun a Nicmer Evans. Víctima de desaparición forzada por expresar sus ideas en artículos de opinión y trinar en las redes. Incitación al odio es el delito que le imputan, para violentarle sus derechos ciudadanos y encarcelarlo para silenciarlo.

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