viernes, 22 de octubre de 2021

Tragicomedia eléctrica

La casta dominante se puede sentir orgullosa de acumular otro logro en estos 20 años, como es la destrucción del sistema eléctrico nacional.

Los apagones revolucionarios tienen dos versiones: una trágica y otra cómica. Si apelamos a la economía del lenguaje o al género literario creado por Aristófanes -la tragicomedia- nos quedamos cortos para intentar explicarnos por qué en un país con una infraestructura hidro y termoeléctrica como la existente, estamos sometidos a tantos y tan frecuentes racionamientos de energía eléctrica. Lo primero que me viene a la cabeza es que, como en todo lo humano y lo divino en este socialismo, es menester emular al modelo que guía al vasallaje vernáculo, cuya tarea esencial es obedecer al imperio castrocomunista. Allá en la isla de la felicidad hay relumbrones y oscuridad, pues lo normal es la ausencia absoluta de luz en todos los sentidos.

La casta dominante se puede sentir orgullosa de acumular otro logro en estos 20 años, como es la destrucción del sistema eléctrico nacional, que alumbraba a toda Venezuela y podía venderles esta materia prima -como la denomina Alfredo Rivas Lairet- a países vecinos. No han acabado con el Guri, porque todavía no han logrado secar al Caroní, pero lo están intentando con ahínco, gracias a la devastación de las zonas donde se encuentran las fuentes que alimentan a este río indómito y bravío. Con perseverancia revolucionaria, contaminación mercurial, anarquía minera, et al, seguro lo conseguirán en algún momento, marcándose otro tanto en su desaforado empeño de acabar con lo que se les ponga por delante.

Todo aquello que le proporcione calidad de vida a la gente de a pie debe ser suprimido revolucionariamente, porque la comodidad está reñida con la pobreza socialista. Y, claro, la luz es la base de muchos de los avances propios de la civilización occidental. Pensemos nada más en un humilde bombillo, colocado en cada lugar de la casa y en el simple golpecillo en el interruptor, que nos ilumina o no cuando lo necesitamos. Ese si es un legado de la ciencia, que el talento de Thomas Alva Edison o de Joseph Wilson Swan le proporcionaron a la humanidad. Cuando paso horas con la tenue luz de una vela en pleno siglo XXI, pienso en mis antepasados y en las privaciones que trae aparejada la opacidad y las sombras. La verdad es que en lo que tiene que ver con la claridad y la luz “todo tiempo pasado fue peor”.

Los apagones impactan, negativamente, a toda la sociedad, aunque la paliza mayor se la lleva el pueblo, porque la macolla corrupta tiene las cuentas repletas de dólares y una variedad de plantas termoeléctricas en domicilios y despachos para su uso personal. De tal manera, que a la elite dominante los megaapagones no le afectan, pero le sirven para versionar charadas humorísticas, seleccionar algunos culpables entre la disidencia para neutralizarlos, perseguirlos y meterlos preso. Aquí se lucen el tipo rechoncho del mazo ídem y el extravagante psiquiatra -el verdadero poder con apoyo militar- como los exégetas del evento, acusadores y castigadores.

Una variedad de seres vivos, de sangre caliente, han sido culpabilizados del colapso eléctrico. Mota Domínguez no hizo responsable a elefantes o suricatos porque estos tienen su hábitat en continentes lejanos, pero si se los encasquetó a iguanas y a otros animales de nuestro patio. Algunos humanos, también, fueron acusados y encarcelados, otros murieron en las adyacencias de esas infraestructuras que distribuyen electricidad en el país, que dicho sea de paso se encuentran, férreamente, custodiadas por gente uniformada y armada.

Llegué a creer que Motta Domínguez era eterno en el minpopo de energía, pero el multisoleado desapareció, y con él los zoológicos sabotajes. Entonces sobrevino el primer supermegapagón que le fue achacado a Juan Guaidó, por lo cual el inefable y musculoso fiscal le abrió una investigación por “sabotaje a la red eléctrica”. Desde entonces todo ha empeorado para los venezolanos, aunque algunos estados, como Zulia, sufren una verdadera pesadilla por este nicolapso eléctrico, que por cierto ha afectado el humor maracucho, que les permitía reírse hasta de sus propias desagracias.

De lo último ha sido acusar al ingeniero Winston Cabas por el desastre eléctrico que se produjo el pasado lunes. La versión cómica del dueto de los superpoderosos habla de un “ataque electromagnético”, pero los ingenieros a los que consulté no entienden qué quieren decir estos expertos, que lo saben y explican todo revolucionariamente. Esto es como bufones y comediantes, burlándose de los venezolanos, que sufren la tragedia de permanecer en una obscuridad degradante e incivilizada.

Agridulces

Mientras la disidencia democrática es perseguida, hostigada y encarcelada, las calles de Venezuela son escenarios de una violencia que no preocupa a los múltiples cuerpos de seguridad de esta tiranía, siempre indiferente y en complicidad con criminales armados, que matan en cualquier esquina, como ocurrió el fin de semana en San Félix.

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