lunes, 25 de octubre de 2021

Tic-tac en los estertores del emporio industrial

Aun cuando siga tardándose la transición política, el modelo revolucionario con su “Plan Guayana socialista” hizo metástasis: no tiene posibilidad de enrumbar el desarrollo de Bolívar.

@OttoJansen

¿Qué pudo haber sentido el trabajador de Sidor que caminó, en esta misma semana, los casi 100 kilómetros de la autopista desde Ciudad Bolívar hasta el Portón I de la empresa, en Matanzas, para reclamar el pírrico salario, absurdamente suspendido? ¿No vería, en su delirio e impotencia al emprender la marcha tempranera desde el distribuidor de entrada de la capital bolivarense, las imágenes fantasmales del tren de autobuses, de por lo menos cien, que desde los quioscos de Marhuanta diariamente emprendían veloz carrera para cumplir con los lapsos e iniciar los turnos de trabajo de la factoría? ¿Qué piensa la población del estado Bolívar que vio tiempos mejores, pero también más cercanos, donde el transporte del personal en todas las comunidades y municipios fue imagen perfecta de sincronización, presencia humana y producción del instrumento económico por excelencia de la región?

El saqueo continuo de la corrupción en las empresas de Guayana, desde que comenzó el gobierno del fallecido Hugo Chávez y que ha seguido con Maduro y nunca se ha detenido del todo; la ineptitud e ignorancia gerencial; los mitos revolucionarios endosados al funcionamiento de las fábricas, además de lo que es hoy la gigantesca montaña de obsolescencia tecnológica y chatarra, pura y simple; ocultan los desequilibrios, que ya presentaba desde años anteriores a la llegada de la revolución roja, el modelo de las empresas del estado Bolívar. Desde esos entonces se requerían las definiciones que encontraran la adecuación con la dinámica del mundo en la materia; medidas que reinventaran, como se dice ahora, la proyección de los desarrollos económicos y sociales en saldos pendientes con Guayana y Venezuela. Le escuché a un ingeniero, veterano de las lides sidoristas, lamentar que las convenciones del trabajo habían llegado a los exabruptos de obligar a un bono a las empresas para que los trabajadores asistieran los fines de semana: “Pago extra por la labor que le correspondía regularmente. ¿En qué parte del planeta esto es así?”, preguntaba. Eran los tiempos de la bonanza, donde quienes laboraban en las empresas eran una clase aparte, casi sin conexión con las otras minúsculas áreas de la región. El 2020 muestra la destrucción, la quiebra, los ceros en producción. Resultados de una revolución que nunca tuvo calificación para hacer las reorientaciones: camiones destartalados de transporte (cuando existen), trabajadores muertos en las clínicas con años largos sin pagos de seguros, bolsas de comida con diez productos como beneficios de lujo, macilentos obreros que caminan por la dignidad e intentar salvar a su familia. Es innegable que el modelo industrial requiere revisiones desapasionadas y fuera del chantaje de la nostalgia (que no es poca) por los años de la Guayana próspera. De esto se encargarán los técnicos, especialistas y estudiosos con las debidas consultas a los guayaneses. Vale acotar dos precisiones antes de lo que nos importa abordar someramente en las siguientes líneas. La primera: aun cuando siga tardándose la transición política, el modelo revolucionario con su “Plan Guayana socialista” hizo metástasis: no tiene posibilidad de enrumbar el desarrollo de Bolívar. Dos, un nuevo enfoque exitoso, dependerá del pulso para acertar con las evaluaciones y del coraje para tomar medidas, a quienes corresponda en la etapa democrática por iniciarse.

De Matanzas a la insurgencia económica

Ahora, un elemento de la industrialización de Guayana que tiende a ser invisibilizado en la ecuación del modelo es lo concerniente al comportamiento cultural, a la práctica vivencial cotidiana que tenía en los trabajadores, con enorme preponderancia en sus calificados gerentes y técnicos: el pragmatismo como razón esencial. Ese distanciamiento tan peculiar al fundamento humanista (tolerado como accesorio o exquisitez) de asumir mecánicamente y desestimando los procesos sociales. Algún fenómeno político en expresión de vínculo con el entorno regional se produjo, ciertamente, pero muy influenciado por estas características, y su trascendencia puede hoy evaluarse con objetividad. De allí que si alguna conducta local y en el estado Bolívar ha de cambiar y de hecho ha cambiado desde el emporio en ruinas, es la mirada ahora más reposada, a las vertientes de la otredad a la que nunca fue de vocación atender.

La Ciudad Guayana de la crisis nacional de estos últimos años, enclaustrada por la cuarentena de la pandemia global, es un conjunto gigantesco de comunidades y urbanizaciones con enorme acento popular en las dos concentraciones urbanas que la componen. Los antiguos contingentes de trabajadores siguen vigentes, solo que expandidos en áreas de lo que llaman los especialistas “la economía de la crisis”. Miles de emprendimientos van conformando la nueva locomotora del estado Bolívar que poco tiene que ver con la industria pesada. Puerto Ordaz es la vitrina de mayoría ligados al comercio, aunque no todos, pero San Félix es la potencia silenciosa de la insurgencia económica, con cantidades de ciudadanos: hombres y mujeres que cruzan los puentes para hacer su labor en Alta Vista, Unare, Core 8, el centro y las distintas villas. He aquí cómo se fragua el cambio de modelo que espera por el proyecto político que le interprete con rigor e inventiva. La dinámica es de quiebre con rutinas del pasado, y a ojos de la inercia, la condición es temporal. Eso explica que los factores políticos opositores se encuentren sin conexión con la población: no la conocen, más allá de las graves deformaciones -muy evidentes- ocasionadas por el extractivismo minero. El presidente interino, Juan Guaidó no parece hacer esta valoración y deja en manos de la gastada sargentería partidista, la gran cruzada que supone ganar la región y sacarla del foso donde la metió la revolución bolivariana y sus todavía activos testaferros. Una cruzada que es de todas las voces de la sociedad guayanesa.

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