miércoles, 20 de octubre de 2021

¿“Solución final” versus plan nacional de vacunación?

No va a haber vacunas si no existe la organización de la sociedad para defender la democracia y confrontar el yugo dictatorial que impone las condiciones sin importar el destino de la población. | Foto William Urdaneta

No va a haber vacunas si no existe la organización de la sociedad para defender la democracia y confrontar el yugo dictatorial que impone las condiciones sin importar el destino de la población. | Foto William Urdaneta

@OttoJansen

Gran cantidad de voces ciudadanas en el país y en el estado Bolívar empiezan a expresarse pidiendo, ante el incremento de los contagios y muertes por la COVID-19, el plan nacional de vacunación; al mismo tiempo  otras no menos significativas intentan, según sus cálculos, arrancarle vacunas al gobierno de usurpación por sectores: los gremios empresariales en primer lugar.

El régimen, que al tener control de las instituciones, excepto la Asamblea Nacional, legitima, instrumentaliza y expande las medidas que sean, dijo hace pocos días que las vacunas que mediante los mecanismos de la Organización Mundial de la Salud y de la legítima Asamblea Nacional ya estaban apartadas y en vías de trámites no van a entrar. A menos que la población imponga su presión, que en este instante es mínima, que la comunidad internacional decida ponerle punto final a esto o que Dios, también ocupado de los males del mundo, deje de ver nuestras incoherencias, superficialidades y desparpajos y meta su mano.

El proyecto bolivariano tiene clara su ruta y ya, tras 22 años, medianamente ha logrado imponer su cronograma a desvalidas y reducidas organizaciones gremiales y sindicales, a unos partidos políticos condicionados por la inercia (cosa distinta es el esfuerzo casi individual de muchos de sus dirigentes que acompañan al Parlamento legítimo, que es otro capítulo) y ha logrado reclutar al variopinto y pintoresco fariseísmo nacional que al unísono, como el personaje del Buscón llamado Don Pablo (de Francisco Quevedo, en el siglo XV), disfrazan sus picardías y miserias para obtener las ganancias materiales que los grandes “señores” puedan proveerles.

La revolución bolivariana tiene su norte en el control de la sociedad que la ha edificado desde la armazón de leyes, decretos y proclamas y desde la imposición práctica y cotidiana del atropello; atajada solo por la conducta de la sociedad como un todo y de la cultura democrática (y hasta del bochinche criollo), que incluso hasta a los ejecutores e instructores cubanos ha contagiado.

Por parte de voceros opositores, en sus mejores expresiones entendieron la democracia como una consigna, un accionar burocrático, como un proceso de cesión confundido con negociación, como un ejercicio retórico, sin valorar la lucha social y la dureza de la confrontación con los sacrificios políticos. En el estado Bolívar todo se fue derrumbando. Los rojos impusieron normas inexistentes en las leyes y en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Haciendo lo peor de la caricatura electoral, y lo que queda es la “farándula”, el “folklore” de la política, que sin escrúpulos y sin vergüenzas se vende y se ofrece, siempre a través de los comicios que salgan: la tiranía no existe.

De allí que el régimen partidiza las vacunas y muchos de los que supuestamente lo adversan le hacen coro con propuestas tibias, que le huyen a la “política” en la que intentan salvarse ellos, no las mayorías.

La cara de la parca

Las señales en los reportes extraoficiales de los incrementos y fallecidos por Covid en los municipios y poblaciones de Guayana han sido significativamente cuantiosas en el mes de marzo. Ante la rutina de las declaraciones de las autoridades, cuando las existen, y en los reportes nacionales, muy desconectados de lo conocido en la opinión pública  regional, la población responsable ha asumido una actitud de estoicismo con la realidad. Esto que parece lo lógico no lo es tanto en condiciones colectivas de hambre y de necesidades; sin apoyo gubernamental y sin muestras, como se ha reafirmado en las últimas alocuciones, de un plan de emergencia que involucre a todo el país. No hay previsión; por lo tanto el  futuro es inexistente y la amenaza de muerte es determinante.

Si este panorama es así, y para los guayaneses son varios los años de reafirmación de lo absurdo y la maldad, el plan de vacunación nacional, lógicamente, no ha de ser sino otra de las cruzadas del país por sus derechos: incluso más importante y definitiva por la condición que implica que esté en juego (con las ya lamentables muertes de médicos, personal de salud, trabajadores, estudiantes, mujeres, hombres y hasta niños) la vida de los venezolanos de manera directa. Se trata, quiérase o no, de la disyuntiva nacional que tenemos planteado entre el modelo totalitario y los derechos democráticos en los que subyace la libertad y la condición humana. No va a haber vacunas si no existe la organización de la sociedad para defender la democracia y confrontar el yugo dictatorial que impone las condiciones sin importar el destino de la población. Todo se reduce a la burla, al atropello constante y a ganar tiempo para mantenerse en el poder. La confrontación es entre aquella “solución final”, ahora aderezada de “modernidad” que viene tejiendo el poder revolucionario con la compra del colaboracionismo para ahondar en la ilusión de la justicia, contra las fuerzas que la sociedad ha de sacar de sí misma para que la libertad no ceda.

Ojalá las últimas reconfiguraciones de la oposición (anunciadas hace horas) impulsen alientos que permitan la reorganización integral, además de creativos enfoques en lucha social y política que requiere el estado Bolívar. Ojalá, porque la parca para todos está ahí, a la vuelta de la esquina.

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