lunes, 20 de septiembre de 2021 | 2:16 PM

Sobre conejos y guacamayas

Cuando un biólogo encienda las luces de alerta, hay que hacerle caso. No caerle en cayapa a insultarlo porque no nos gusta lo que nos dice.

@cjaimesb

Cuando fui al colegio, tuve la suerte de haber ido al mejor: el Sagrado Corazón de Caracas. Quienes tuvimos la fortuna de haber sido educadas por las religiosas del Sagrado Corazón podemos jactarnos de haber tenido una formación integral. Y en la parte del conocimiento, tuvimos profesores inspiradores, eruditos e inolvidables.

Recuerdo con particular cariño a la madre Eulalia Suárez, mi maestra de Ciencias Naturales en sexto grado. La madre Suárez nos enseñó cómo se clasificaban los animales y las plantas, pero más allá de ello, nos habló de la homeostasis, el procedimiento mediante el cual todos los seres vivos tienden a alcanzar estabilidad en su medio interno.

Lo traigo a colación por el incidente entre el entrenador y la bióloga. El entrenador tiene guacamayas como mascotas, la bióloga dice que las guacamayas no deben ser mascotas. En el medio de ellos, 2 millones de seguidores del entrenador ayudan a este a defenderse de ella, que sólo tenía (para aquel momento, mil seguidores). El resultado: cientos de miles de insultos y descalificaciones, ninguno relacionado con la crítica que ella hizo.

Sin embargo, lo que dijo la bióloga es rigurosamente cierto. Las guacamayas no son animales domésticos y deben dejarse en su hábitat natural. Esto lo saben de sobra los australianos, quienes aún sufren por la sobrepoblación de conejos. Esta historia comenzó en 1859, cuando Thomas Austin, un adinerado colono aficionado a la cacería, liberó en el outback australiano a 24 conejos salvajes. Los conejos, como era de esperarse, comenzaron a reproducirse. No hay animal más prolífico que los conejos. La hembra entra en celo cada tres semanas y su gestación dura apenas un mes. Cada camada trae como mínimo tres conejos y como máximo, catorce. De manera que la reproducción es exponencial. Los conejos acabaron con la vegetación de todo el sur del país en pocos años. Acabaron con las nuevas plantas que formarían los bosques cuando apenas comenzaban a crecer. Y no había cómo detenerlos, porque en Australia no existen depredadores naturales para los conejos. Entonces trajeron zorros de Inglaterra, pero los zorros se enamoraron de los wallabíes, especie de canguros pequeños, y dejaron en paz a los conejos. Además, comenzaron a cazar a muchas especies de aves. Esto hizo que los insectos -que antes se comían las aves- comenzaran a comerse los eucaliptos sin que nada los detuviera. Lo peor de todo es que muchos australianos pensaron que los destructores de los eucaliptos eran los koalas y comenzaron a matarlos. Por fortuna, detuvieron la matanza antes de que los koalas se extinguieran.

El hecho es que hoy, en pleno siglo XXI, los conejos siguen siendo una plaga. Han logrado matar unos cuantos millones inoculándoles virus que sólo atacan a los conejos, pero éstos siguen reproduciéndose exponencialmente. De manera que cuando un biólogo encienda las luces de alerta, hay que hacerle caso. No caerle en cayapa a insultarlo porque no nos gusta lo que nos dice.

Y a los influencers, recordarles la responsabilidad que tienen de amarrar a sus perros bravos.

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