martes, 28 de septiembre de 2021

Sherlock Holmes y el misterioso caso de la razón perdida

En este mundo irracional, donde lo objetivo y subjetivo son dos caras inseparables de una misma moneda, ya nada resulta ser tan elemental mi querido Watson.

@diegorojasajmad

El detective como personaje de la literatura ha ejercido una perenne fascinación entre los lectores de ayer y de hoy. Estas magnéticas figuras, presentadas a veces como elegantes o desgarbadas, calmadas u obsesivas, bonachonas o inflexibles, cabales o enfermizas, mesuradas o entrometidas, pero poseedoras todas de una inusual inteligencia y una aguda capacidad de observación, iniciaron sus aventuras a mediados del siglo XIX con los relatos policiales de Edgar Allan Poe, quien vendría a inaugurar el género con tres breves y geniales cuentos: Los asesinatos de la calle Morgue (1841), El misterio de Marie Rogêt (1842-1843) y La carta robada (1844), textos donde el enigma de la trama se resuelve gracias al frío razonamiento lógico del detective C. Auguste Dupin.

A Poe le sucederían el escritor francés Émile Gaboriau con su detective Monsieur Lecoq (1869) y el inglés Wilkie Collins con Piedra Lunar (1869), una de las primeras novelas del género policial hechas en Inglaterra. Este árbol genealógico del detectivismo inspiraría al que vendría a ser luego uno de los detectives más famosos de todos los tiempos, Sherlock Holmes, personaje de entretenidas aventuras creadas por el escritor inglés Arthur Conan Doyle en el año de 1887. Este fervor del siglo XIX por el detective continuará infatigablemente hasta nuestros días con la aparición de nuevos personajes como el padre Brown, Hércules Poirot, Miss Marple, Don Isidro Parodi, Pepe Carvalho, Philip Marlowe, Ellery Queen, Román Calvo, Mario Conde, José Alberto Benítez, entre muchos otros.

Si asumimos la suspicacia de Holmes, varias preguntas nos asaltan luego de lo antes dicho: ¿por qué el relato policial nació y se desarrolló vertiginosamente a partir de la segunda mitad del siglo XIX y no antes? ¿Por qué el género no germinó con mayor impacto en las culturas ajenas al mundo occidental? ¿Ha cambiado hoy la representación del detective con el posterior cuestionamiento a la razón y a la ciencia? De las múltiples respuestas posibles, quizás la que pudiera llevar a la resolución de todas las dudas es la de entender la aparición del detective como uno de los signos de la exaltación de la razón y del método científico insuflada por el positivismo.

El positivismo, corriente filosófica que dominó buena parte del siglo XIX y principios del XX, tuvo por tarea desentrañar la realidad a través de la validez experimental, la lógica del método y la objetividad. Fuera del mundo occidental, las ligazones entre religión, Estado y mito no propiciaron la consolidación de un discurso cientificista, como sí ocurrió en cambio en Europa y en América, por lo cual, aunque podamos encontrar algunos rastros del detective en otras literaturas, no se convirtieron ni en género ni en sistema que incidiera notablemente en sus lectores. Con el positivismo, la verdad ya no era asunto de la fe, de la subjetividad, ni de la superstición; ahora la ciencia era el lente a través del cual se podía entender el mundo y con el cual se generaba bienestar, orden y progreso para las sociedades. En este contexto, el detective de los relatos policiales nació como un representante de la nueva era racional.

Sin embargo, este fervor y optimismo por la ciencia comenzó a resquebrajarse a principios del siglo XX debido, entre otras causas, a la influencia ejercida por las corrientes irracionalistas y el desdén y pesadumbre causados por las guerras mundiales. Así comienzan a aparecer en la literatura parodias del detective, en la cual la sinrazón, la locura y el anticientificismo son predominantes. Detectives que han perdido la razón. Pistas absurdas que no llevan a ninguna parte y aún así sirven para encontrar al asesino. Investigadores que terminan siendo culpables y se apresan a sí mismos porque ya no quedan más sospechosos. Detectives que sustituyen la lógica y la ciencia por la casualidad, la magia y la intuición para resolver sus casos. Una de esas parodias del detective es la realizada por el español Enrique Jardiel Poncela en Novísimas aventuras de Sherlock Holmes, de 1930. Esta propuesta de Jardiel Poncela podríamos entenderla entonces como una crítica al saber científico y a sus promesas de bienestar y desarrollo. El loco y delirante Sherlock Holmes de Jardiel Poncela es una manifestación, entre muchas otras, del descrédito de la razón que aún hoy seguimos teniendo bajo sospecha.

En este mundo irracional, donde lo objetivo y subjetivo son dos caras inseparables de una misma moneda, ya nada resulta ser tan elemental mi querido Watson.

Otras páginas

Duros de matar. Hay libros que resisten todo percance y logran ver la luz a pesar de las circunstancias adversas. Libros que fueron escritos y luego perdidos, olvidados, destruidos, quemados, enterrados, pero aún así el tiempo logra ponerlos nuevamente en manos de los lectores. Uno de ellos es Mujeres y criados, de Lope de Vega, comedia escrita en 1614 y que se daba por perdida hasta que en el año 2014 fue encontrada una copia manuscrita en los archivos de la Biblioteca Nacional de España. Otro de los libros con resistencia es París en el siglo XX, escrito por Julio Verne en 1862 y encontrado en una caja fuerte que fue abierta en 1994. Los libros son duros de matar y, cuando quieren ser leídos, no existe fuerza que les contraríe.

Las primeras. Entre las primeras escritoras venezolanas se encuentran María Josefa Paz Castillo y María Josefa Sucre. María Paz Castillo nació en Baruta el 26 de septiembre de 1765, ingresó al convento y tomó el nombre de Sor María de los Ángeles. Se conservan dos de sus poemas, Anhelo y El Terremoto; en este último relata la conmoción natural ocurrida en Caracas en 1812. La segunda escritora, María Sucre, nació en Cumaná en 1786. Hermana de Antonio José de Sucre y novia de Andrés Bello, fue activa militante de la independencia y por ello fue hecha prisionera en 1814. En la cárcel escribió algunas cuartetas pidiendo su libertad y la de sus compañeras de celda.

Sin atajos. “Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo”. Stephen King, 2000.

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