miércoles, 26 de enero de 2022

“Se solicita muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia”

Son, por lo tanto, jóvenes y mujeres los focos privilegiados del delito y la violencia, que desde esa estructura desafían los esquemas tradicionalistas en la construcción de verdaderas soluciones políticas e institucionales. | Foto cortesía

Son, por lo tanto, jóvenes y mujeres los focos privilegiados del delito y la violencia, que desde esa estructura desafían los esquemas tradicionalistas en la construcción de verdaderas soluciones políticas e institucionales. | Foto cortesía

@OttoJansen

Dos episodios de dimensiones crudas expresan las vivencias cotidianas de Venezuela y de Guayana en tiempos de pandemia en dictadura. Retratan las consecuencias nefastas del desespero en los jóvenes, como consecuencia del aniquilamiento de la estructura económica del país y, por otra parte, muestran el cadáver de la institucionalidad, que se descompone a cada minuto y donde el poder revolucionario, sin escrúpulo alguno, juega con un cuerpo inerte que maquilla para aparentar circulación en sus vasos comunicantes con la población: tal vinculo, por lo menos durante 17 años de los 22 de gobierno bolivariano, no ha existido.

El primero fue cuando se hizo viral a finales de la semana pasada el grito de “No tengo nada, hermano”, del médico radiólogo en la gran Caracas que clamaba por su propia existencia. A los días los malandros le devolvieron la moto XLR de 650 cilindros y sus equipos, que se habían llevado, según fue difundido con un gran suspiro y con desazón por la acción extravagante: se internalizó, una vez más, en qué manos estamos todos.

La otra escena ocurrió en Ciudad Guayana, con una joven adolescente que, descubiertas sus necesidades por el hampa de trata de personas, fue desaparecida y al final rescatada en Tucupita, estado Delta Amacuro, debido a la inmediatez de familiares y amigos que hicieron la notificación pública para que unas autoridades de las que no se sabe cómo darán respuestas a casos como este (por factores múltiples de desplazamiento, recursos, intereses subalternos y circunstancias de la pandemia) establecieran los operativos de forma rápida y exitosa.

Ahora, esos son dos casos de miles que se proyectan como vitrina de una sociedad saturada por la indefensión: ejemplo es la muerte de la señora alcanzada dentro de su casa por una bala perdida en el enfrentamiento que supuso igualmente el robo de la motocicleta. Un país retorcido en su dinámica de funcionamiento por la miseria material, que se profundiza por horas. Que vive atropellado por la violencia del Estado, o de los grupos antisociales, y que conlleva a la pulverización de los valores cívicos. En las comunidades pasa de todo (en el estado Bolívar, en grado superlativo por su extensión y la actividad minera); y por lo regular numerosas situaciones como las descritas, no corren con la misma suerte ni el final feliz que contaron las víctimas de la moto y la adolescente.

En una jornada de reflexión privada en Ciudad Bolívar –hace semanas, con un reducido grupo de personalidades de distintos sectores– destacó desde la angustia de los asistentes, debido al vacío institucional y la caricatura penosa de quienes en la región se ofrecen de alternativa, el planteamiento de involucrar en el rescate del orden constitucional, pero sobre todo en la defensa de la libertad, la vida y el futuro, a esos jóvenes estudiantes o profesionales desesperanzados (que son la mayoría), escépticos y sin que ya les importe en demasía su propio destino personal.

Vino a la memoria aquello de “se busca muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia”, que fue un aviso clasificado normal y fue una película nacional, pero que en este momento (con cantidades inimaginables) es uno de los símbolos principales de la labor que hace la juventud en las minas del estado Bolívar, controladas por el hampa, las guerrillas y las prácticas irregulares de efectivos militares. Son, por lo tanto, jóvenes y mujeres, una vez más, los focos privilegiados del delito y la violencia que hoy tiene de epicentro nuestros barrios y que desde esa estructura actual de la sociedad guayanesa desafía la inercia y los esquemas mentales tradicionalistas en la construcción de verdaderas soluciones políticas e institucionales. Lo concreto es que ya todos estamos hartos de ver cómo algunos propician la repetición de propuestas retóricas y de colaboracionismo con la usurpación mientras las bandas delincuenciales dentro y fuera del régimen lucen cada día más entronizadas.

¡Empínate, joven!

El ejercicio de la política es el manejo de realidades, de noción pragmática, de levantar ideas al mismo tiempo que el discurso y vínculo con la gente. Ahora hay que tener presente que las reglas democráticas no existen, que avanza el cerco totalitario que diseña farsas que validan su supremacía y la rendición incondicional ciudadana. Por eso es que en esta coyuntura el peso de la institución democrática legítima que representan la Asamblea Nacional y Juan Guaidó y la figura del interinato de la Presidencia de la República determinan un paso de realidades tangibles, con complejidades a resolver entre todos: partidos políticos (con sus yerros y atascos) y los factores que integran el resto de la sociedad (de variados matices). Eso es lo serio, lo coherente y lo eficaz.

Sin embargo, la labor de sustentabilidad es incorporar a la gente al rescate de los valores democráticos, mediante la siembra del conocimiento. Es superar este país que, devenido en masa amorfa, ha lanzado a las mayorías empobrecidas a recrear a su manera lo cívico y lo institucional, con la convicción de poder sobrevivir como comunidad (además atacada desde otro flanco por la COVID-19). Claro, es imprescindible la experiencia; pero las palancas de transformación son los jóvenes (a los que en otro momento el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa exhortó a empinarse), y las mujeres por su empeño en estos duros años de resistencia, aprendizajes alcanzados y espíritu de cuerpo en defensa de la familia venezolana.

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