jueves, 23 de septiembre de 2021

Se fue una parte de mi ser

Pese a los problemas esbozados soy optimista con respecto al futuro de mi hija y su grupo familiar, porque estoy convencido de que Dios nunca nos manda un peso que nosotros no podamos soportar, dicho en términos más mundanos: lo que no nos mata nos fortalece.

Antes de morir, mi esposa me pidió encarecidamente que cuidara de nuestros dos hijos. Acepté el recordatorio, aunque ya había decidido que me dedicaría en cuerpo y alma, a velar por esas dos hermosas partes de mi vida. De esta primera afirmación extraigo el título de este artículo. Saco esto a colación, ya que este 16 de mayo de 2019 sucedió un hecho que todavía no alcanzo a valorar en su justa dimensión. Con un nudo en la garganta vi partir a mi hija mayor rumbo a Europa. Mentalmente, me dije, está recorriendo, en sentido inverso, el camino por el que un día desembocaron en Venezuela sus abuelos con una niña en brazos: su madre. Es brutalmente doloroso presenciar cómo se desmiembra la familia, pero a la vez es entendible que sus componentes más jóvenes migren en busca de un mejor futuro. Quiero comentar este hecho desde el punto de vista estrictamente humano, abstrayéndome temporalmente del hecho político, ya que intentar analizarlo desde esta perspectiva me llevaría mucho tiempo y quizás resultaría un vano esfuerzo.

La sabiduría popular enseña que los seres humanos solo alcanzamos a entender las acciones de nuestros padres, a partir de que nosotros mismos adquirimos ese importante rol. A partir de este supuesto relataré un pasaje de mi vida. Corría el año de 1975, a la sazón contaba yo con 15 años, a punto de cumplir 16. Una noche, la cual quiero ahora olvidar, le comuniqué a mis padres que, a pesar de mi corta edad había decidido migrar a la ciudad para labrar mi porvenir. Recuerdo, como si de hoy mismo se tratara, la sombra de preocupación que cubrió el rostro de mis progenitores, sin embargo, sus reacciones fueron disimiles: a hurtadillas pude ver cómo las lágrimas corrieron por las mejillas de mi madre. Mi padre se centró en explicarme los inconvenientes que entrañaba esa precoz iniciativa y los peligros que acechaban a los campesinos en las grandes ciudades. Pero mi decisión estaba tomada y nada me haría cambiar de parecer. Faltando como 2 días para el viaje, estaba yo durmiendo en mi chinchorro, cuando me despertó un prolongado llanto de mi madre -¿Qué pasa mamá?- Le pregunté. – Me duele el corazón por su partida-, me respondió. Hasta ahora, nunca había podido entender lo que mi madre quiso decirme aquella noche.

Las aprensiones de mis padres parecieran ser un poco exageradas, sin embargo, no olvido el detalle de que, estos hechos ocurrieron a mitad de la década de los años 70, del siglo pasado, y que, para esa época, en nuestro caserío, acabábamos de conocer lo que era la luz eléctrica; los pocos alimentos que teníamos eran cocinados con leña o en cocinillas de querosén; todavía era utópico pensar en llamadas telefónicas, ya que lo cotidiano era el uso del telégrafo. Viajar de Trujillo a Caracas, 527 km, requería transitar 12 horas por angostas carreteras, y como colofón, se debían atravesar las horripilantes 480 “curvas de San Pablo”. Entonces, no era descabellado pensar que la marcha a la gran ciudad, implicaba un elevado riesgo de separación definitiva.

En todos los casos, una migración implica abandonar tu zona de confort y dar un paso al frente dentro de una franja de incertidumbre, si eso te sale bien, no solo abrirás un nuevo y provechoso camino para ti, sino que muchas personas seguirán tus pasos, fundamentalmente tus familiares. En mi caso, llegué a Caracas antes que mis dos hermanos mayores. Como único equipaje traía una vieja maleta amarrada con cabuya, y 300 bolívares en el bolsillo, ahorrados con muchos sacrificios. Una vez aquí, se hicieron realidad mis peores pesadillas: me tocó pasar el hambre hereje, debiendo dormir muchas veces en la calle. Debí saltar la barrera que representaba los harapos que traía por vestimenta y soportar las burlas que despertaba mi forma de comunicación andina. En esta aventura capitalina he caído montones de veces, pero gracias a Dios, he logrado levantarme después de cada desplome.

A pesar de todo lo contado, pienso que una migración nacional no tiene parangón con un éxodo internacional, el cual implica variados temas: legalización de la estadía; adaptación a una cultura diferente; posiblemente aprender otro idioma; aceptar la minusvaloración de las capacidades profesionales; competir por puestos de trabajo en condiciones desfavorables frente a los nativos del país y por si fuera poco lidiar con los sentimientos xenofóbicos que aparecerán en algún momento. Pese a los problemas esbozados soy optimista con respecto al futuro de mi hija y su grupo familiar, porque estoy convencido de que Dios nunca nos manda un peso que nosotros no podamos soportar, dicho en términos más mundanos: lo que no nos mata nos fortalece. La cercanía familiar no tiene precio, para todo lo demás existe WhatsApp, mecanismo que, desafortunadamente, mis padres nunca conocieron.

Coordinador nacional del movimiento político Gente

[email protected]

¡Mantente informado uniéndote al canal de WhatsApp o Telegram del Correo del Caroní!

Hazlo a través de los siguientes links https://chat.whatsapp.com/Gk9ekJ3cLHT6eHXvCIjFBZ | https://t.me/NoticiasCorreldelCaroni

Más del autor

Dictadores megalómanos

La megalomanía de los dictadores es de tal profundidad, que en cuanto se sientan y empiezan a gobernar, las ambiciones y sueños de grandeza los oprimen.

Duro camino a la libertad

El camino escogido por los dictadores es el de requerir el apoyo de unas pocas personas para permanecer en el poder, entendiendo que la forma más eficiente de controlarlo suele ser a través de la corrupción, el soborno y el chantaje.

Desvelando las partes nobles

No es descartable que pronto veamos, en las calles de Caracas, personas vestidas como luchadores de sumo, en traje de Adán y Eva o retornando a la moda que despertó los instintos naturales de Pedro “El Grande” de Rusia.

Erradicar la impunidad

Escribir y comunicar son tareas complejas que requieren, no solo de talento creativo, sino también de valentía para desafiar y tornar visible lo que no está expuesto a la luz de la verdad.

¡Síguenos!

Notas relacionadas

Dictador, soberbio y además muy ordinario

Habla de unas elecciones, que él ganará de antemano. Pero, por cualquier eventualidad, ha puesto preso a una cincuentena de críticos y opositores y a todos los candidatos a la presidencia que le podían vencer y que sin duda lo vencerían en unas elecciones libres, lo que, para el caso sí se trata de ciencia ficción.

Las batallas por el agua

Los bolivarenses no tienen acceso a los montos asignados para la construcción de acueductos modernos ni a los documentos oficiales para determinar los millones de bolívares o dólares que debían mostrar las obras culminadas, mil veces diagnosticadas en décadas pasadas. | Foto cortesía

¿Epidemia sin vacuna?

El último informe sobre la violencia contra niños, hecho público por Cecodap, el OVV y la Redhnna, da cuenta de 3.738 menores que fueron víctimas mortales y de incremento de la violencia intrafamiliar. | Foto William Urdaneta

El machismo en las tiranías

El expresidente de los Estados Unidos se ha convertido en un modelo para quienes le aplauden su desdén por víctimas, perdedores y débiles, una marca neo-reaccionaria de moda.

“El Coqui” pa’ México

Y si el hombre de la comida pútrida no se presenta por inasistencia muy justificada, digamos su próxima gira por los juzgados del sureste de Miami, seguro que le envían a “El Coqui” de primer suplente. Porque esas oportunidades no se presentan todos los días.

Betancourt y la democracia

Con la presidencia de Rómulo Betancourt se inicia una etapa de consolidación de un inédito modelo sociopolítico, que le proporcionó al pueblo venezolano cuatro décadas de paz.