domingo, 28 de noviembre de 2021

Salarios minúsculos con trabajos devaluados

Pero no es con un salario de utilería, de truculento procedimiento que los guayaneses retomarán la esperanza. Que no se piense que la consigna revolucionaria del siempre invocado enemigo imperialista puede servir de contorno al cálculo del poder político.

@ottojansen

¿Puede pensarse el sentido de abordar el salario en una sociedad desmantelada productivamente; en condiciones de caos y anarquía en áreas donde apoya su subsistencia y en donde, además de la parálisis que impone el modelo político, se encuentra la dura sobrecarga de la cuarentena por la pandemia global? El sentido común no está claro; la respuesta en rigor la tienen los economistas y especialistas. Pero Venezuela estalla por falta de gasolina, desintegración de la moneda, hiperinflación, desaparición del trabajo tradicional, imposibilidad de adquirir alimentos, el obstaculizado desenvolvimiento del comercio y sectores que permanecen “guapeando” en situación de resistencia. La complejidad por lo tanto, induce a que hay que desechar la inmediatez y obligarnos a repensar al país para salir del abismo. Hay que cambiar las recetas manejadas desde los gobiernos por décadas y la inercia destructora de los últimos 20 años de la revolución bolivariana. Nada nuevo bajo el sol, ciertamente.

 Ahora los guayaneses padecen y generan “instintos” a las distorsiones de los tiempos: imposibilidad de superación individual y colectiva, igual que la obtención de rendimiento a sus faenas formales e informales en aras de la felicidad. Es la coyuntura histórica en la que las otrora pujantes empresas básicas ahora les corresponde la revisión integral tras las quiebras y obsolescencia. Es una circunstancia entronizada en la que las autoridades en ejercicio son la peor amenaza a los emprendimientos que es la economía insurgente; con llamados a la actuación del gendarme, similar a la era feudal. Aquí la voz de la usurpación fija controles de precios con decretos sobre la dinámica del mercado en nombre de los desvalidos, mientras las fantasmales jefaturas locales, si no guardan disciplinado silencio ante la barbaridad, se constituyen en los instrumentos del chantaje y represión -igual que en todas las áreas- enfilando contra quienes no les acompañen. De allí que este enésimo nuevo salario mínimo, sea una mueca prolongada, una burla al trabajo decente. Es la construcción revolucionaria de condenar al salario a lo más pequeño, transformados con el uso de unos mal llamados bonos que todavía no llegan a la población entera; de insignificancia para la compra doméstica y por supuesto sin ningún alcance en metas de desarrollo social. Se entiende que así la felicidad en los términos que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela lo señala nunca será posible.

¡Oro! ¡oro!

Los días de la semana pasada midieron en distintos puntos del estado Bolívar, la emboscada que ocasiona el hundimiento económico y el periodo de cuarentena, que pareciera una competencia mortal, donde no hay salida para la vida; solo la determinación de enfrentar la muerte desde la contemplación o el esfuerzo de vivir hasta donde sea posible. Los sectores populares, y aquellos municipios que se pensaban más tranquilos han dado los toques de alarmas (con presencia del hampa, probablemente), que ojalá encuentren eco antes que sea demasiado tarde para frenar la violencia indeseada. Pero no es con un salario de utilería, de truculento procedimientos e intenciones que los guayaneses retomarán la esperanza. Que no se piense que la consigna revolucionaria del siempre invocado enemigo imperialista puede servir de contorno al cálculo del poder político. El panorama de los caseríos de la región, el conjunto de sus jurisdicciones e incluso la metrópolis de Ciudad Guayana se encuentran recorriendo la miseria sin horizontes. El oro -tiene que subrayarse- ha mermado su encandilamiento a los guayaneses, en virtud de la dura experiencia de ver descuartizados sus anhelos: hombres y mujeres, masacrados por grupos antisociales y sus socios revolucionarios y políticos, que controlan a plomo limpio lo que, pensó la población, era solución de progreso.

 La reserva para afrontar los difíciles días inmediatos tiene de trampolín, paradójicamente, la experiencia del confinamiento sanitario. Esto es asumir a plenitud la conciencia de la vida; con alcances y logros. Hay que derrotar el miedo y la resignación. Es imprescindible la fortaleza de la voz regional para que el régimen salga; porque igual que el virus conduce a la aniquilación. Ello requiere determinación en superar los obstáculos, volcarse a la comunicación con quienes retan la pandemia en busca de sustento. Esa mayoría que no se beneficia de salarios con trabajos mínimos u ocasionales. Es menester pregonar, desde ya, el valor del trabajo con la educación que nos haga como la verdad: libres.

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