jueves, 21 de octubre de 2021

Venezuela en tiempos de Biden: una aproximación

El pragmatismo geopolítico del presidente de los Estados Unidos ante las amenazas internas y externas de su país, aunados a la creciente influencia de China el mundo y los intereses de Rusia, dibujan un nuevo ajedrez político global donde Venezuela no deja de ser preocupación.

El pragmatismo geopolítico del presidente de los Estados Unidos ante las amenazas internas y externas de su país, aunados a la creciente influencia de China el mundo y los intereses de Rusia, dibujan un nuevo ajedrez político global donde Venezuela no deja de ser preocupación.

@RinconesRosix | @Ramses_Siverio

La política exterior de Joe Biden busca sincerar la relación con sus aliados, recuperar su liderazgo ético y económico en el mundo, evitar mayores avances de China y contener a Rusia. Sus retos son únicos, puesto que le urge defender no solo la democracia sino su democracia, de brutales y sucesivos ataques internos. Y es justamente esta preocupación lo que nos une y beneficia: ni a ellos ni a nosotros nos conviene estar rodeados de tiranos.

La presidencia de Biden se considera como la más difícil de la historia de ese país. Debe proteger a la mismísima Constitución de los enemigos domésticos y sobre sus prioridades en el exterior, debe escoger sus metas con precisión. Joe Biden tiene la tarea de recoger a los locos, y no está como para desplegar cruzadas interminables con el propósito de resguardar sus intereses y los de sus aliados. Prueba de ello es que Biden se acoge a la decisión de Trump de retirarse de Afganistán, aun cuando tenga que cargar con los errores de cálculo de su antecesor respecto a los talibanes.

Los europeos se vienen preparando para no depender de su aliado de larga data, y sin embargo se horrorizan cuando EE UU no quiere ni puede cuidar la estabilidad de Afganistán. En vista de esa situación, el gobierno interino de Venezuela debe seguir su curso acordado con los Estados Unidos y la Unión Europea, una ruta que excluye el uso de la fuerza militar. Aunque yendo más allá, para saber qué esperar de nuestro vecino del norte, hay que mirar de cerca su cambiante escenario, sus prioridades, y manejar el lenguaje correspondiente.

EE UU podría decidir enfrentar a un enemigo, y quién sabe si hasta lo ayudaría a disipar sus problemas internos, pero en mi opinión, no ocurriría en este hemisferio.

A Venezuela le conviene que Estados Unidos conserve su Constitución y sus instituciones. Igualmente debe procurarse el apoyo en el Congreso y mantener sus relaciones con ambos partidos como hasta ahora, con la demócrata Nancy Pelosi y el republicano Mitch McConnell de este lado de la acera.

Dicotomía: democracia y money talks

El agridulce despertar de la estafa de Trump sobre el caso venezolano fue el primer baño de realidad de la administración Biden. Una vez evidenciada aquella maniobra demagógica para ganar el voto de esa facción radical de la Florida latina, encabezada por el anticastrismo cubano y, ahora, por sus homólogos venezolanos, el cable a tierra de la política exterior estadounidense partía más de certezas que de fantasías electoreras: se mantiene la presión con las sanciones, pero sobre todo, el interés por restituir la democracia con “un enfoque multilateral más efectivo para las múltiples crisis del país”, según el presidente del comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes de EE UU, Gregory Meeks. Nótese aquí: “efectividad” y “multilateralidad”. Ni lo hará Washington a solas, ni mucho menos con un solo mecanismo. Pies sobre tierra.

A la usanza de Obama, quien hizo de la economía su principal herramienta de negociación geopolítica, Biden sigue apostando por la flexibilización de las sanciones como incentivo para la dictadura a cambio de ciertas garantías: una maniobra cuyo alcance, si bien insuficiente para una restitución plena de la democracia, al menos se perfila como un alivio de la crisis nacional. Las palabras de Gerardo Blyde lo dejan muy claro: “estos acuerdos buscan aliviar en alguna medida la crisis humanitaria, pero todos los venezolanos sabemos que no habrá solución permanente a nuestra profunda crisis económica mientras no haya democracia”. ¿Es la solución definitiva? Para nada, pero es un avance en ese sentido.

Pero si en algo cobra fuerza el protagonismo de Washington en las negociaciones es con lo que parece ser la deportación inminente de Alex Saab (y ahora, de “El Pollo” Carvajal). El terror de la dictadura ante las declaraciones de su testaferro estrella, solicitado por la justicia estadounidense por lavado de dinero, puede ser el gran talón de Aquiles de Miraflores. Maduro y compañía saben que esas revelaciones complicarían aún más su prontuario criminal internacional. Si quieren fondos y menos líneas en su expediente tendrán que ceder, y mucho. A veces el perro que más muerde no es el que más ladra.

Un tercer elemento de la política exterior de Biden sobre el caso venezolano es la aparente dicotomía entre negociación y elecciones. Puede que rivalidades de la oposición planteen este falso dilema, pero a los ojos de EE UU, Canadá y la Unión Europea, ambas son complementarias. Más claro no ha podido dejarlo el director para el Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense, Juan González: “Vemos un proceso negociado que conduce a elecciones libres y justas como el camino a seguir”. Es evidente que los comicios regionales del 21 de noviembre distan mucho de los adjetivos “libres” y “justos”, pero de eso se trata una negociación: cada cual hace su juego. Ninguna decisión es definitiva. Todo está sujeto a cambio, incluso las condiciones que garanticen una mayor cuota de poder regional y local para la oposición. Recordemos que una elección es también un instrumento; bien de la voluntad ciudadana, o de un acuerdo político en estas circunstancias.

Preguntémonos: ¿Es factible pensar que un gobierno ceda el poder completamente en una negociación? Esto es contrario al principio básico de este proceso. No sería una negociación, sino una persuasión absoluta, que como sabemos, está negada de plano. Entonces, ¿Cómo se instrumentaliza la salida de la dictadura, una vez descartadas la persuasión ingenua y el delirio de la intervención armada? ¿No es acaso la elección (una o varias) un mecanismo factible para materializar una salida pactada? Una vez más: pies sobre tierra.

Finalmente, la accidentada salida de EE UU de Afganistán y el inmediato reconocimiento de China y Rusia al gobierno talibán ponen más presión a Washington sobre su influencia en otras geografías del planeta, como América Latina, donde el protagonismo chino viene cobrando fuerza en sus economías. Este escenario, aunado a los factores ya descritos, pudiera implicar un mayor interés para la administración Biden por el caso venezolano, amén del cúmulo de inversiones potenciales que significaría el levantamiento de un país quebrado, con una crisis humanitaria en pleno, y su ya conocida ubicación estratégica en el cono sur. Las intenciones democratizadoras existen, pero también el “money talks”.

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