viernes, 30 de julio de 2021 | 11:43 AM

Menos mal que Agustín Lara era feo

La vida amorosa de Agustín Lara está enraizada en lo orgánico, en los celos y la desconfianza, en la violencia del mundo lupanar, en su propio dolor, pero sobre todo y por qué no decirlo, para él la mujer fue ansia de exploración y búsqueda.

La vida amorosa de Agustín Lara está enraizada en lo orgánico, en los celos y la desconfianza, en la violencia del mundo lupanar, en su propio dolor, pero sobre todo y por qué no decirlo, para él la mujer fue ansia de exploración y búsqueda.

@RinconesRosix

El poeta músico, Agustín Lara, ha sido fuente de una leyenda inagotable que aún corre por las venas de México y de Hispanoamérica. Su historia ha sido un reto para los biógrafos e historiadores, porque un investigador metódico debe hacerse camino entre el enjambre de versiones sobre sus pasiones, su magnetismo para con las mujeres, y en el centro de ellas, su arte. El arte de Lara dice de alguien que ha “sentido y pensado profundamente.” Lector ávido de poesía desde niño, su empeño en aprender el piano sin aprender a leer las partituras quizás sea señal de cuánto deseaba escuchar a su cuerpo. Desde temprano intrigado por las mujeres ante quienes sentía timidez, no tardó en apurar el piano para componer canciones y boleros.

Sin embargo, la descripción de las canciones de Agustín Lara como románticas ha traído equívocos, porque la palabra “romanticismo” connota edulcoración, sensiblería, ingenuidad. Hay épocas más prestas a escuchar las voces del amor como pasión, o capaces de discernir entre un poema genuino y una imitación burda, pero con Lara no hay que equivocarse. Su romanticismo, como el de los poetas del modernismo latinoamericano a quien tanto leyó, está tan amarrado a la tierra como lo está a la imaginación.

El crítico Carlos Monsiváis, quien ha estudiado las influencias en las letras de las canciones del compositor, ha dicho que el poema A la ramera, de Antonio Plaza, iluminó su escritura. No es de extrañar en un hombre como Agustín Lara, quien se internó a tocar el piano en un burdel en medio del peor de sus laberintos, y para quien las prostitutas fueron las mujeres cálidas que le dieron sosiego y un hogar. La vida amorosa del compositor está enraizada en lo orgánico, en los celos y la desconfianza, en la violencia del mundo lupanar, en su propio dolor, pero sobre todo y por qué no decirlo, para él la mujer fue ansia de exploración y búsqueda.

Les cantó a las atrevidas, a las vagabundas, pobres o ricas, blancas o morenas, mujeres plenas con identidad propia. Desde antes de hacerse la fama con sus canciones, a Lara lo amaron, desde las prostitutas hasta las divas. Todavía hay quienes se preguntan cómo un hombre tan feo, flaco, con una cicatriz en la mejilla izquierda, haya podido desatar encontronazos entre mujeres que se peleaban por él. No está de más decir que de su pasaje por ese vientre de la ballena que fue el burdel quedó quizás en él la incertidumbre, la espera de la nada, la renuncia a una relación segura y sin tropiezos. Celó a María Félix y fue celado por ella, quien, como otras de sus esposas, no soportó sus aventuras extramaritales. No era él hombre de medias tintas, de compromisos con el deber ser, estaba demasiado imbuido en sus emociones, sus temores, y en su seductora tristeza.

El bolero ha sido siempre un baile muy popular en el continente, pero no siempre ha sido emblemático del amor, de sus expresiones de dolor o de admiración, de regocijo o desesperanza. Lo curioso es que corrientes del amor como la representada en el bolero de Agustín Lara, preocupadas por reconocer a la mujer, han surgido como respuesta a los excesos machistas, misoginia o mucha desigualdad. Y ha sido normalmente una minoría quienes han tomado un paso adelante para abrazar una visión espiritual que causa rechazo y burla en la mayoría. A veces estos visionarios coronan en sus esfuerzos y edifican movimientos tanto históricos como estilísticos. Van y vienen, vienen y van, pero si me preguntan dónde estamos en esa curva del tiempo, no sabría qué decir.

En el pasado, las discrepancias de género han sido matizadas por iniciativas tanto económicas como culturales que han propiciado cambios en costumbres y leyes. Eso ocurrió en la edad media, cuando surgió la cortesía o amor cortés, un movimiento literario fundador de la literatura occidental. Ciertamente, cuando el arte acompaña ese reencuentro, las voces del espíritu llegan a la superficie del agua. Son instantes. Después del brillo de la conciencia, viene la pérdida de significado en la mente de las personas, crecen el escepticismo y las palabras banales, y entonces la burla regresa para martirizarnos a todos.

La cortesía de Agustín Lara está en su mirada, no solo del ser amado, sino en una fuerza interior que derriba convenciones vacías. El reconocimiento a la estatura de la mujer en el mundo, eso lo convierte en heredero de una tradición que está entre nosotros, aunque permanezca silente.

Nota: Mis felicitaciones al diario Correo del Caroní en su aniversario del próximo domingo 27 de junio. A su director, a todo el equipo de compañeros y amigos, enviarles mis mejores deseos. Estoy muy confiada en que la búsqueda de la verdad traerá buenas cosechas.

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