jueves, 21 de octubre de 2021

El machismo en las tiranías

El expresidente de los Estados Unidos se ha convertido en un modelo para quienes le aplauden su desdén por víctimas, perdedores y débiles, una marca neo-reaccionaria de moda.

El expresidente de los Estados Unidos se ha convertido en un modelo para quienes le aplauden su desdén por víctimas, perdedores y débiles, una marca neo-reaccionaria de moda.

@RinconesRosix

El pasado mes de agosto, un tiroteo conmocionó al Reino Unido. Jake Davison, de 22 años y trabajador de la construcción, mató a su madre, Maxine, y a cuatro de sus vecinos, antes de suicidarse. Al poco tiempo se supo que el atacante era un ferviente seguidor de Trump y que además se definía como un incel (célibes involuntarios por su acrónimo en inglés), quienes odian a las mujeres y justifican la violación. A través de sus cuentas en las redes sociales, la Policía pudo constatar que detrás del lenguaje machista, había un hombre obsesionado por controlar a las mujeres. Estos incels hasta se parecen a la banda de Boko Haram.

De acuerdo con lo que se sabe de estos célibes desesperados, no sorprende su fanatismo por Trump, a quien consideran un héroe. El expresidente de los Estados Unidos se ha convertido en un modelo para quienes le aplauden su desdén por víctimas, perdedores y débiles, una marca neo-reaccionaria de moda. Se sienten orgullosos de repetir las expresiones abusivas y el sexismo de su ídolo. Más allá de ser un fenómeno, estos incels son el síntoma de un mal propio de los fascismos, los talibanes y de cualquier tiranía: el miedo del hombre sea homo o heterosexual, a perder la masculinidad. La necesidad que tienen de instaurar una forma de poder que le calme sus miedos, los lleva a abrazar la violencia política. Y el gusto por el poder masculino lo tienen algunas mujeres también, al sentirse identificadas y cómodas con esta manera de vivir o morir.

No es nueva esta mala racha que nos amenaza en la actualidad, ya ha ocurrido en otros momentos de la historia. Antes y ahora, las mujeres han debido planificar sus escapes y rutas de desembarque en situaciones similares. Por huir a ese sometimiento, han formado tiendas aparte. En el libro Las hijas de Kobani, el autor cuenta la historia de las mujeres guerreras que han batallado contra ISIS, y quienes prefieren suicidarse antes que ser capturadas por ellos o por los talibanes. Podrían considerarse amazonas, en el sentido de que se agrupan para defenderse del hostigamiento contra ellas. Otro movimiento de mujeres violentas erróneamente llamadas feminazi, se pueden considerar una versión de las amazonas.

En el pasado, algunos de estos episodios de misoginia y violencia fueron apaciguados por verdaderos movimientos culturales y espirituales. Durante la edad media europea, las circunstancias favorecieron el surgimiento del liderazgo de mujeres quienes fungieron como regentes de los nobles cuando éstos se embarcaron en las cruzadas. Los cruzados no recapturaron la Tierra Santa, y los conocedores apuntan a que se trató de negocios y dinero, pero la buena noticia es que, gracias a su ausencia, sus esposas obtuvieron poder social y político en casa. Fueron las nobles y abadesas, mujeres con cargos de jerarquía dentro de la iglesia, quienes mediaron con su gracia en medio de un ambiente hostil y brutal. Estudiosas y devotas como fueron, promovieron la “cortesía”, un código de buen trato hacia las mujeres. El ideal cortés agrupó a poetas, teólogos, nobles y reyes, quienes se unieron a la causa porque ningún proyecto corona sus objetivos de manera solitaria.

Lamentablemente, una marea oscura acecha el sistema de libertades hoy en día. Por estar basadas en la palabra, estos sistemas no son del gusto de quienes hablan con las armas. No sin razón, el historiador Germán Carrera Damas dice que la democracia es femenina.

A nadie le conviene un régimen autoritario, pero hay quienes se dejan seducir por la propaganda. Los candidatos a tiranos se aprovechan de la complejidad de las instituciones y de la libertad de expresión para sabotear sin medida. Han metido miedo con los excesos de los liberales, y pueden polarizar la opinión pública.

Por ejemplo, hay quienes aplauden el lenguaje y las acciones de estos candidatos a tiranos contra la homosexualidad, angustiados como están de cómo los liberales quieren pintar el arco iris por todas partes. Lo de los liberales es para un artículo aparte, pero no hay que caer en engaño, estos regímenes machistas, sean del color que fueren, promueven la homosexualidad tanto o más que otros sistemas políticos. Para ellos la hombría reside en el poder sobre las mujeres y sobre los débiles, y más aún en la apariencia, un punto de honor infranqueable e indiscutible para su modelo político. Independientemente de sus gustos sexuales que seguro practican con toda tranquilidad, ellos miden su hombría en función del poder y la imagen. Es por esa razón, que cuando quieren acabar con un rival o enemigo, una de sus armas es “desacreditarlo” por ser gay. No les importa en absoluto si es mentira, porque el blanco en cuestión es la apariencia, la imagen, la careta. No hay por qué sorprenderse. En esa misma línea se bambolean los talibanes, y no se los pierdan porque esa película sigue.

Hay que entender que lo de la salida del escaparate, una solución impecable para integrar a la comunidad gay es en sí misma una noción de libertad. A pesar de las dificultades, nada se compara con un sistema de libertades. Abogo por la mediación cultural en la construcción de sociedades más tolerantes. En Latinoamérica han existido esos movimientos, como por ejemplo los boleristas del pasado siglo, insignes herederos del courtois.

Nota: Mis aseveraciones sobre masculinidades se basan en la obra del australiano Robert Connell, quien es un experto mundial en el tema. Para leerlo hay que ir por sorbitos, hacer pausas para ir a caminar, tomar agua.

No mencioné la palabra patriarcado, primero porque a mi entender no aplica, y segundo porque no ha habido precisión en su uso. Por mi parte, desde que leí a Fray Luis de León, pienso en el padre como alguien que ama, guía y cuida. Distinto al tirano, quien abandona, subyuga y destruye.

Lo mismo ocurre con el término matriarcado, uno que les trae urticaria a unos cuantos en este país. Me rehúso a llamar matriarcado al poder de la mujer en su hogar, ya que no es opción llenar un vacío sólo porque no hay remedio.

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