domingo, 19 de septiembre de 2021 | 7:55 PM

Quemar naves de la barbarie con energía del Orinoco

En Guayana ya basta de los monigotes, de hombres con pie de barros; de esos encantadores de serpientes disfrazados de humanistas. No se puede permitir que la barbarie queme las bibliotecas mientras dudamos de esfuerzos por la vida que los pueblos nos enseñan.

@OttoJansen

“La frase quemar las naves mantiene su sentido original desde su incorporación al lenguaje coloquial. Tanto hoy como hace 2 mil años, quemar las naves ha sido sinónimo de lanzarse a por un objetivo a la desesperada, renunciando a la posibilidad de dar marcha atrás ante un eventual fracaso”. La sección cultural del diario ABC explica así lo que hoy nos atañe y lo que, por si acaso, nos sirve para evitar confusiones de piromanía.

También nos permite otra premisa más en el contexto de estas líneas sobre la lucha política, sobre la democracia y la conducta de la dictadura. No del trabalenguas de significados exquisitos sino del cierre de los derechos y de la libertad. Nos permite, en el caso venezolano, intentar aproximaciones a la estrategia de Juan Guaidó y la Asamblea Nacional, y por supuesto sobre el avance o la derrota en el papel de las regiones por el rescate del orden constitucional.

La pregunta es una: ¿está la línea de acción de la mayoría política opositora en situación de desespero ante un eventual fracaso? Las consideraciones las situamos en las riberas del río padre. Recorremos, para las certidumbres, los pueblos de la parroquia Orinoco, correspondiente al municipio capital Heres (ahora con otro nombre nacido del capricho revolucionario).

Regularmente nos referimos a poblaciones conocidas de la geografía regional al comparar el pasado y el presente. De cómo se manifiestan las inclemencias ocasionadas por la gestión revolucionaria en los últimos 20 años. En esta ocasión, la reflexión la describimos desde El Almacén. La vista al comenzar el descenso hacia el pueblo, luego de transitar cuarenta minutos por la troncal 19, desde Ciudad Bolívar, es del grupo de viviendas a orillas del río. Después de recorrer la calle principal, tradicionalmente con locales en los que se vende pescado frito (aún se mantienen a pesar de los duros embates), llega el visitante a la playa donde, desde las curiaras, los pescadores y agricultores ofrecen sus productos que, sobre todo los fines de semana, los residentes de la capital de Guayana buscaban.

Hoy las circunstancias son diametralmente adversas. La bomba de potabilización de agua se la llevaron las autoridades hace por lo menos 3 años, y la gestión municipal no tiene otra preocupación que no sea el aprovechamiento personal. La bomba que impulsaba el agua cruda del río se quemó y los munícipes piden dólares a los vecinos para repararla. La inseguridad ha asesinado pescadores que tienen que cuidar con celo sus embarcaciones o tarrayas. Obras de trascendencia para la parroquia Orinoco, como la Planta de Soya (construida y desmantelada en la administración de Rangel Gómez), al igual que las casas en Querebero, sector aledaño al pueblo, quedaron abandonadas, se dice que por peleas internas entre los diputados oficialistas. El transporte (ya difícil a través de camionetas llamadas perreras), ahora es casi imposible. Un episodio que siempre se recuerda es la elección del consejo comunal: autobuses You Tong cargados de electores rojos importados para quitar a la batalladora Elizabeth Magallanes, quien desafió amenazas alzando su voz con denuncias de las arbitrariedades rojitas en El Almacén. No lograron sacarla, por cierto.

Acoso totalitario

Son numerosos los pueblitos en ese eje del oeste guayanés. Su rutina la marcan las dificultades para la alimentación, el servicio de salud a kilómetros para atender las emergencias o casos menores. Cuando, ocasionalmente, organismos gubernamentales atienden al pueblo, cuyas dependencias tienen de mayoría del personal a la familia del líder oficialista, los “privilegios” corresponden a los seguidores del partido socialista para los operativos, los permisos para los mataderos de reses o cerdos espontáneos y la distribución de cajas CLAP. “Al denunciar las irregularidades, estamos solos. No hay modo de comunicarnos; no tenemos apoyo a la hora de alguna agresión. La señal telefónica es muy deficiente y aquí en estos pueblos, que también hemos tenido mala suerte con los representantes legislativos, no tenemos forma de hacernos sentir”, relata la perseverante Elizabeth Magallanes.

¿Desesperación? ¿Fracaso de la alternativa democrática en el rescate de los pueblos de Guayana y la sociedad venezolana? La algarabía interesada o angustiada impide sortear el balance de luchas. Siempre existe, en el silencio impuesto, un tema estridente que distrae la atención de las fortalezas democráticas. Pero a estos elementos dictatoriales a la que contribuyen voces que murmuran por la “sensatez” política, que voltean la cara ante los desmanes del régimen, a este panorama desesperanzador, se opone el espíritu de libertad, enraizado en estas comunidades que construyen el porvenir cívico con estoicismo. ¿Cómo no quemar las naves hoy y echar el resto, si hace 2 mil años lo hicieron Alejandro Magno o Hernán Cortes?

En Guayana ya basta de monigotes, de hombres con pies de barros; de esos encantadores de serpientes disfrazados de humanistas. De sargentos partidistas y de saltimbanquis. No se puede permitir que la barbarie roja queme las bibliotecas, mientras dudamos sobre el camino de esfuerzos por la vida que los pueblos del grandioso Orinoco nos enseñan.

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