martes, 28 de septiembre de 2021

¿Por quién doblan las pimpinas?

Las faenas se alargan por horas interminables, incluyendo amaneceres que se nutren de tertulias, comentarios, críticas sobre el país y su destino; pero a la vez nadie pierde sentido de las colas, los litros que dejan las gandolas en las estaciones de servicio, el comportamiento de los efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana que resguardan o se prestan para privilegiar a este o aquel.

Los guayaneses, con los matices que se viven en todos los municipios del estado Bolívar, ya saben de las filas -otra más- que les ha significado surtir de combustible con la crisis de la gasolina que se prolonga, en todo el ámbito nacional. Son nuevos episodios del hundimiento de Venezuela; diferentes a las fallas del servicio eléctrico, a la gravedad de la situación de la salud que aniquila infantes y cuantos padecen de enfermedades de riesgo o sencillas dolencias; pero igual de tormentosos. Eso sí, edulcorados con un estoicismo criollo de leyenda. Las faenas se alargan por horas interminables, incluyendo amaneceres que se nutren de tertulias, comentarios, críticas sobre el país y su destino; pero a la vez nadie pierde sentido de las colas, los litros que dejan las gandolas en las estaciones de servicio, el comportamiento de los efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana que resguardan o se prestan para privilegiar a este o aquel. Igual que cuentos urbanos de terror porque aun tratándose del caso de las poblaciones apartadas, de la extensa Guayana, hay una singularidad notoria en la acción de esas filas. Cuando finalmente se logra obtener la cantidad que asignan, la sensación de cansancio es abrumadora, con la perspectiva que luego en pocos días, vuelve a tocar el mismo calvario.

¡Esto se está prolongando mucho!

Corean en las colas los conductores: No hay resignación; no es una preocupación que pueda calificarse de abandono a los anhelos de justicia y libertad. La frase intenta dejar registro de lo que pasa: “Se prolonga…” Ahora, la vorágine de la destrucción y el hundimiento de Venezuela, tiene aristas, áreas y regiones particularísimas donde el dolor sube o se encuentra “estacionario”. Cada día surgen enfoques y voces de análisis a granel; el escenario múltiple se presta con apoyo o no de países en el panorama internacional. Ayuda a la torre de Babel con la que se enfrentan los venezolanos, el tejido institucional vuelto añicos, y la cultura política que se llenó de “brujos” sin hierbas y en donde a los momentos considerados de avances, les asaltan en paralelo, primitivismos, extremismos y exquisiteces de la visión política, estos muy en boga. Se cuenta, además, con la circunstancia novedosa en los mecanismos aprendidos por la dictadura moderna y los ropajes con los que el autoritarismo revolucionario pretende instaurarse como renovado en la geografía mundial. Teniendo en cuenta un pastel con condimentos semejantes, no resulta difícil extraviarse en los propósitos. No resulta difícil ante la cultura de la muerte que estamos presenciando, por primera vez en muchas generaciones como colectivo nacional, que algunos apelen a la desesperación y dejar de lado la resistencia con las movilizaciones que son la clave de la presencia ciudadana (su testimonio y su auténtica voz) para las transformaciones en beneficio de las mayorías. Por eso cuesta tanto apresar el objetivo de sostener la ruta. El cese de la usurpación, ya no le es tan punzante al régimen agonizante -que lo sufre y le produce los espasmos del coma- porque comparte (por razones propias) sus angustias con quienes quieren sobrevivir a toda costa y que en el caso de los grupos que abandonan, por cálculos particulares al socialismo del siglo XXI, les parece puede garantizarles la huida hacia adelante sin otro costo que no sea el señalamiento público que sencillamente les resbala.

El gatopardo vive en Guayana

«Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie» así lo denominó Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Sicilia 1896 – Roma 1957), en su novela El Gatopardo, describiendo lo que fue definición política, a partir de como el régimen de Sicilia se adhirió al movimiento de la reunificación italiana en el siglo XIX. Se puede apostar que esta tesis actualizada hoy, cuando la revolución bolivariana vive sus estertores finales, proviene de los sinuosos intereses que se mueven en la capital de nuestra República venezolana; pero tiene la característica que en el estado Bolívar por la trayectoria del general Rangel Gómez, siempre tuvo vuelo propio. No solo en las asociaciones económicas establecidas por este y que aún quedan, sino igualmente con factores políticos de la denominada oposición democrática, que en Guayana, tuvieron y aparentemente mantienen la mejor de las relaciones con quien armó prácticamente toda la estructura revolucionaria que ha sido de uso del poder nacional chavo-madurista y por supuesto del Estado cubano. Pues bien la maniobra que se mueve nacionalmente para que cambiando el país siga con los mismos testaferros, líderes políticos envilecidos, encaja como anillo al dedo en esta Guayana depauperada y quebrada, abandonada a su suerte; que posa sus dramas de la miseria social y humana a los pies de los dueños de la explotación del oro, personificados en dirigentes partidistas del gobierno y la “oposición”.

La alternativa que interpreta el sentir de justicia, por lo tanto, tiene correspondencia con insistir tanto cuanto haga falta en el horizonte trazado por el “Decreto del estatuto que rige la transición a la democracia para restablecer la vigencia de la constitución de la república bolivariana de Venezuela”. Es la cristalización de un acuerdo político por organizaciones partidistas, obligadas a dejar de lado sus limitaciones para derrotar el modelo revolucionario y con ello, implementar el Estado de derecho, verdadero garante y palanca de realizaciones de justicia colectiva. Hablar desde ese momento de realización de elecciones, cobra sentido, en el anhelo de que sea la palabra del pueblo, apertrechada por los mecanismos de seguridad que la amparen y no el lance, tal como en los últimos comicios, la que imponga el destino de los venezolanos.

En Bolívar toca construir la alternativa. El vínculo social con el tiempo actual, las definiciones de tipo económico en correspondencia con lo que son hoy los municipios y localidades. Superar los gritos de la denuncia que nunca privilegian las ideas y dejar atrás las posturas vedettes, casi de culto a la personalidad, como mejor intérprete del rescate a nuestra Guayana. Hay que despedir sin miedo la era petrolera y darle causes a los nuevos enfoques ante lo que una vez fue el proyecto industrial pesado. En este tiempo que las colas para surtir gasolina son el símbolo de duras realidades, tocan los esfuerzos superiores. Los guayaneses tenemos que atrevernos a mandar al retiro, con amabilidad y decencia, si es del caso, a la vieja política con sus congelados conceptos de aquel estado Bolívar de hace treinta años, para disponernos a acompañar al futuro grande, en donde siempre seguirá siendo importante -a despecho del gatopardismo- la lucha por los más necesitados. Por cierto, las pimpinas, por resolución estadal revolucionaria, están prohibidas llenas o vacías.

Trocitos…

El licenciado Oscar Murillo me cuenta sobre la programación del Mes de la Comunicación, ahora en junio, en la Escuela de Comunicación Social de la UCAB-Guayana. Como el año pasado que tuvo amplia recepción por estudiantes y por la comunidad guayanesa, también éste -afirma el director de la Escuela- tendrán varios eventos e invitados sobre la materia. No tenemos dudas del aprovechamiento de toda la región en refuerzo a la tarea de ampliar espacios de los medios, comunicadores sociales y nuevos emprendimientos del área, necesarios para expandir el compromiso de ideas, ejercicio democrático y libertad plena en la región y el país.

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