martes, 21 de septiembre de 2021 | 4:49 AM

Polémicas literarias

Quizás las peleas entre escritores no generen mucho entusiasmo ni posean una gran fanaticada, de esas que se consiguen en los combates entre Canelo y Mayweather. Sin embargo, en algunas ocasiones esas polémicas literarias resultan más entretenidas y edificantes de lo que pueden parecer.

@diegorojasajmad

Confieso que de adolescente, cuando oía hablar de polémicas literarias, de inmediato se formaba en mi mente la socarrona imagen de dos escritores, cada uno vestido con licras, capas y coloridas máscaras, quienes sobre la lona de un ring de lucha libre se miraban fijamente a los ojos, midiendo las intenciones y posibles primeros manotazos del contrincante, en una lenta y angustiante danza sin fin.

Al pasar los años supe, y la Escuela de Letras me ayudó a ello, que los combates entre escritores no llegaban a exhibir las mismas cantidades de músculos y sudor que podrían hallarse en una lucha entre El Santo contra Lotario o entre Canelo y Mayweather; sin embargo, descubrí que en ellas también había mucha pasión, gracia e ingenio.

Quizás sea Rufino Blanco Bombona el mayor polemista literario que haya tenido este país. Irascible y violento como el que más, nunca temió blandir un arma para enfrentar a sus adversarios. Dignos de recordar son sus pleitos contra Tito Salas, Andrés Mata, Enrique Gómez Carrillo, Laureano Vallenilla Lanz, entre muchos otros, a quienes llegó a retar a espada, duelo de pistolas o a puño limpio. Eduardo Carreño, en ese maravilloso cofre de chismes y pequeñas historias llamada Vida anecdótica de venezolanos, compiló el relato de algunos cuantos enfrentamientos de Blanco Fombona que bien vale la pena mencionar.

En cierta ocasión, un crítico chileno de apellido Mesa publicó una feroz y maliciosa reseña sobre una obra de Blanco Fombona. Este, al saber que Mesa se encontraba en la misma ciudad, le envió un mensaje con esta ingeniosa y provocadora frase: “Cuando suelo meterme con una mesa, la dejo sin patas”.

Con Rubén Darío, el gran escritor nicaragüense, tuvo también fuertes altercados. Estando los dos en París, y en medio de una discusión que aumentaba de intensidad a cada segundo, Blanco Fombona tomó a Rubén Darío por las solapas de su paltó y le gritó a la cara: “No te mato porque América no me lo perdonaría”.

Pero no todas las polémicas literarias hacen correr la sangre al río. Las hay también de ingeniosas piruetas verbales, de llaves y ganchos a la argumentación y las que exhiben musculosas masas de pensamiento. Estas son las que más llaman mi atención.

El registro de muchas de estas polémicas literarias se encuentra en las hemerotecas, esos ricos depósitos de nuestro ayer que luchan contra el deterioro y el olvido. ¡Qué de peleas! ¡Cuántas apasionantes discusiones acerca de valoraciones críticas u orientaciones metodológicas y teóricas de la literatura se hallan en las revistas y periódicos del siglo XIX y XX! Mirla Alcibíades, quien conoce los archivos venezolanos como la palma de su mano, llegó a publicar en el 2007 una pequeña muestra de esos textos en su libro Ensayos y polémicas literarias venezolanas 1830-1869. Un grano de arena tomado de ese exótico y amplio médano de nuestra historia.

Si me preguntaran cuál es mi polémica literaria favorita, diría, dejando a un lado otras que también son de mi agrado, la ocurrida entre Ulrich Leo y Juan Liscano en 1943.

Aprovechemos la ocasión para narrar esta polémica como si fuese un episodio de lucha libre o de boxeo.

En esta esquina, proveniente de Alemania, de mediano peso, de 53 años, baja estatura, miope, ligeramente encorvado, frente amplia debida a la calvicie, vestido con un saco beige ya gastado de tanto uso, se encuentra el profesor Ulrich Leo. En la otra esquina, de 28 años, alto, flaco como una espiga, conocedor de las tradiciones y costumbres de Venezuela, director del “Papel Literario” de El Nacional, formado en Francia, se encuentra el poeta Juan Liscano.

Leo llegó a Venezuela huyendo del nazismo y en su alforja trajo una portentosa erudición de la cultura europea, en especial de la italiana; además, era un profundo conocedor de la estilística, método que empleó para interpretar la literatura de nuestro país.

El 3 de octubre de 1943 Juan Liscano dio el primer golpe al publicar en el “Papel Literario” un artículo titulado “Lanza en ristre”, donde señalaba lo inapropiado de una crítica excesivamente favorable o desfavorable hacia las obras de los jóvenes poetas, pues estos no sabrían sobrellevar los elogios o los ataques desmedidos. Además, dice Liscano, juzgar a noveles escritores, autores de un solo libro, no tiene razón de ser pues estos aún no han desarrollado todo su talento. Estos señalamientos tienen un destino con nombre y apellido: Liscano denuncia las reseñas críticas de Ulrich Leo hacia la obra poética del Grupo Viernes y las califica como “descabelladas” y “adulantes”.

Ulrich Leo respondió con una llave de argumentación impecable en un artículo que lleva por título “Simpatía y crítica (Carta a Juan Liscano)”, que publicó en El Universal el 13 del mismo mes. Allí construyó Leo una discusión con inteligencia y respeto, retó a Liscano a encontrar una sola frase de adulación en sus trabajos publicados, y llevó su argumentación al terreno de la reflexión teórica y metodológica de la crítica. Para rematar, Leo dio un golpe que no esperaba su contrincante:

“Y permítame añadir además un corolario. Al lado mismo de su valioso artículo “Lanza en ristre”, tan severo e inexorable hacia todo género de complacencia crítica, me encontré, en el mismo Papel Literario que usted tan dignamente dirige, y no sin extrañarme un tantico por tal coincidencia, con un pequeño himno en prosa acerca del arte de una joven poetisa que todos apreciamos. Digo “himno”: no puedo decir “interpretación”; trato de evitar la denominación de “crítica adulante”. ¿No cree usted, apreciado amigo, que aquella joven, quien (como lo declara el mismo himno en cuestión) “apenas se acerca a los 20 años”, necesitará de toda su inteligencia y de toda la autocrítica que la distingue, si quiere evitarse las mismas consecuencias desastrosas para su arte aún en evolución que, según usted dice –yo no–, han sufrido los poetas viernistas, hombres de edad mucho más madura, por la crítica “descabellada” y “adulante” que usted, “lanza en ristre”, combate tan valientemente? Ojalá la señorita Gramko haya leído con atención su artículo (escrito, por decirlo así, por el Ángel con la Espada de Fuego), antes de abismarse en el dulce Infierno de aquellos elogios “críticos”“.

Liscano, aunque turbado por el manotazo, no se amedrentó y, antes de que el réferi contase hasta diez, se levantó y publicó cuatro días después, el 17 de octubre, “Sobre crítica e interpretación”, una contestación a la carta de Leo. Nunca la discusión perdió el respeto y el nivel intelectual, y esta nueva respuesta de Liscano motivó a Leo a publicar el 28 de octubre un segundo y último artículo que tituló “La interpretación como crítica objetiva (Segunda carta a Juan Liscano)”. La querella llegó a su fin, dejando como resultado unos valiosos textos de reflexión acerca de la función y los modos de la crítica literaria.

No todas las polémicas literarias exhiben las mismas dimensiones intelectuales y de tolerancia que la presenciada en la contienda Leo vs. Liscano. Algunas no pasan de ser simples manifestaciones de rechazo, miradas de odio, el cruce de algunas palabras altisonantes, o el simple desdén o desconocimiento hacia el autor o la obra.

Cuando eso pasa, todos nosotros somos quienes terminamos tendidos en la lona.

Otras páginas:

-¿Una imagen vale más que mil palabras?: “Leer nos enriquece la vida. Con el libro volamos a otras épocas y a otros paisajes; aprendemos el mundo, vivimos la pasión y la melancolía. La palabra fomenta nuestra imaginación: leyendo inventamos lo que no vemos, nos hacemos creadores. Ahora nos gritan que vale más la imagen, y con la televisión –la primera escuela– se inculca en los niños, antes de que hablen, los dos desafueros del sistema: la violencia y el consumo. Con esas cadenas el poder político y el económico nos educan para ciudadanos pasivos, sin imaginación porque siempre es peligrosa para los poderes establecidos. Y ante esas imágenes carecemos de voz: no tenemos medios para televisar contrariamente mensajes de tolerancia y de sensatez. Hace cinco siglos la imprenta nos libró de la ignorancia llevando a todos el saber y las ideas. El alfabeto fomentó el pensamiento libre y la imaginación: por eso ahora nos quieren analfabetos. Frente a las imágenes impuestas necesitamos más que nunca el ejercicio de la palabra, siempre a nuestro alcance. El libro, que enseña y conmueve, es, además, ahora el mensajero de nuestra voz y la defensa para pensar con libertad”. José Luis Sampedro.

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