lunes, 12 de abril de 2021 | 11:43 PM

Pedagogía de la crueldad

Esta didáctica socialcomunista fue replicada en la China de Mao Zedong con una sevicia extrema. El pueblo fue sometido con inusitado sadismo a todo tipo de privaciones y torturas, mientras el gran timonel se refocilaba “en palacio”. | Foto cortesía

Esta didáctica socialcomunista fue replicada en la China de Mao Zedong con una sevicia extrema. El pueblo fue sometido con inusitado sadismo a todo tipo de privaciones y torturas, mientras el gran timonel se refocilaba “en palacio”. | Foto cortesía

Todo poder tiene una cuota de sadismo, pero las tiranías socialcomunistas fueron y siguen siendo, esencialmente, sádicas. Lo que podemos confirmar aproximándonos a la historia de estos regímenes, que resultan más destructivos porque usan, de manera perversa, nuestras debilidades para manipular necesidades, sueños e ilusiones para convertirlas en promesas, y patearlas, una vez que hayan tomado el cielo por asalto, como lo prefieren los revolucionarios en toda época y lugar. Destruidas las ilusiones, lo siguiente es acabar con cualquier proyecto de futuro que le dé sentido a la vida de cada quien. Después se acometen todas las acciones contra el individuo para imponer un colectivismo, centrado en los sectores más desfavorecidos: de estos una minoría hace suyo el mandato y bautiza a su congregación, como La Piedrita, por ejemplo, mientras el grueso de la población es invisibilizada, criminalizada, castigada e ignorada.

La condición y privilegios de la individualidad -cualidad particular de alguien por la cual se da a conocer o se señala singularmente- es monopolio exclusivo del déspota. Único e indivisible, que impone el colectivismo a una sociedad subyugada para controlarla en su totalidad. En el colectivo se licúa y diluye nuestra entidad como seres unitarios: con su personalidad, ambiciones, anhelos, deseos, virtudes, defectos, convicciones y dudas.

Todo lo concerniente a ese colectivo es irrelevante y absolutamente insignificante para el hegemón, que se arroga el derecho exclusivo de ser él el único individuo. Eso ocurrió con Lenin -con cuyo nombre, Vladimir, fueron bautizados generaciones de comunistas hasta en el más apartado lugar del mundo- quien impuso el modelo soviético a sangre y fuego. Después de su muerte, el poder pasó a las manos de Stalin, un sujeto que acabó con todo aquel que le hiciera sombra en su indetenible ascenso hacia la cumbre. Con la hoz desmalezó el camino de individualidades incómodas, y con el martillo trituró y pulverizó a quienes su paranoia les hacía ver como enemigos.

Aquella fue la pedagogía de la crueldad en la que, gozosos y dispuestos, se han formado los discípulos de diferentes cohortes de comunistas de todas partes del mundo. Los aventajados alumnos han copiado al pie de la letra aquellas enseñanzas, sin alterar lo esencial de la doctrina. Las variantes han sido más de forma que de fondo, como la toma del poder, que en los últimos tiempos se ha producido mediante procesos electorales, propios de las democracias.

Esta didáctica socialcomunista fue replicada en la China de Mao Zedong con una sevicia extrema. El pueblo fue sometido con inusitado sadismo a todo tipo de privaciones y torturas, mientras el gran timonel se refocilaba “en palacio” con púberes que apenas salían de la infancia. Este individuo ató la voluptuosidad a la crueldad e hizo del poder un hedonismo pervertido y sin límites. Su cara regordeta es la imagen en el papel moneda de ese imperio oriental, lo que habla de la impunidad y complicidad de estos regímenes con estos poderosos. Nunca serán juzgados ni condenados por el daño perpetrado. Muy por el contrario, miles de estatuas serán erigidas para fabricar e imponer proceratos y heroicidades.

No me referiré al sadismo nacional socialista de Hitler. Porque a diario somos espectadores de su omnipresencia mediática, que muestra la extrema crueldad de este individuo, que estuvo a punto de acabar con la humanidad con sus campos de exterminios, sus experimentos brutales e infames, su raza aria y, claro, la segunda guerra mundial, más letal que cualquier peste o pandemia.

El sadismo socialcomunista ha sido moneda común en todos los países donde se ha instaurado un régimen con esta ideología. Por ejemplo, el holodomor -que significa matar de hambre- se llevó a la tumba a millones de ucranianos, porque así lo decidió Stalin. Pero es que el holodomor ha existido y existe allí donde el socialcomunismo impera. En Cuba, el hambre ha matado y expulsado a millones de nativos, y en Venezuela -un protectorado castrista- estamos instalados en la hambruna que toda revolución le asegura al colectivo. El imperativo socialcomunista indica que tenemos que morir de hambre, pero ahogados en la semántica pantanosa de la dignidad y la soberanía. El castigo y el hambre son parte de la sádica crueldad usada por el poder, para extirpar cualquier brío o ímpetu que aliente la recuperación de nuestra individualidad o alimente algún anhelo libertario.

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