martes, 20 de abril de 2021 | 2:31 AM

Para que no se sigan yendo

No hablo de la diáspora, hablo de los miles de maestros que han abandonado o renunciado y de los miles de estudiantes que han dejado las aulas. ¿Qué se puede hacer para que no se sigan yendo?

No hablo de la diáspora, hablo de los miles de maestros que han abandonado o renunciado y de los miles de estudiantes que han dejado las aulas. ¿Qué se puede hacer para que no se sigan yendo?

¿Cuántos chicos y chicas han dejado las aulas en estos tiempos de educación en cuarentena? ¿Cuántos docentes han renunciado o simplemente han abandonado su trabajo? A eso me refiero. No a la globalidad de la diáspora venezolana que, como se sabe, es la mayor de América Latina y de las mayores del mundo.

Empecemos por los estudiantes. Ya para el año escolar 2018/2019, Unicef hablaba de un millón de muchachos fuera de la escuela en el país ¡Mucho muchacho por fuera! Hoy no sabemos, pero sí sabemos que eso de educar a distancia, con todas los obstáculos que las diversas modalidades han tenido (que van desde la brecha tecnológica – como no tener equipos – la falta de conectividad y/o la malísima calidad del internet en Venezuela, uno de los más lentos del mundo, hasta la falta de electricidad, que impide que los que ven clases por televisión, o las oyen por radio, no puedan hacerlo), además de la falta o el inadecuado acompañamiento para las tareas escolares (los errores de los docentes que creen que educar a distancia se reduce a “mandar tareas”) ha contribuido a que los chicos abandonen estudios… En fin, no tenemos datos de cuántos estudiantes realmente están siendo atendidos y cuánto están aprendiendo, pues de eso trata, de aprender, de formarse como ciudadanos, como personas, de tener presente y futuro. 

¿Qué podemos hacer para que no sigan abandonando? Hay varios factores que ayudarían. Uno es no romper el lazo afectivo. Ayuda mucho que los alumnos se sientan y se sepan importantes para sus profesores. Ayuda también que las clases sean creativas e interesantes. Ayudaría mucho partir de los intereses de los chicos, eso los engancha… Ayuda ser divertido, echar chistes en medio de una clase o ponerlos por escrito en las guías… Ayudaría mucho que los alumnos se pudieran ver, aunque fuera de vez en cuando, con sus profesores y con sus compañeros… Una amiga me decía que su pequeña hija fue un día a su colegio esta semana, vio a un grupito de sus amiguitas y llegó feliz… Hay expertos que insisten en la vuelta a clases, presencial o semipresencial – combinar actividades “en vivo” y a distancia – Hay que pensarlo. La escuela protege a los estudiantes. La escuela reduce desigualdades. Verse también refuerza los lazos afectivos, claro, garantizando los protocolos de prevención para evitar contagios. Hay que dar todas las vueltas necesarias para que los alumnos se queden en el sistema escolar. En escuelas de Fe y Alegría, cuando no se tienen noticias de algún alumno por un tiempo, se averigua con los amigos, se va a las casas a ver qué pasa… Recuerdo un colegio nuestro, ubicado en Puerto Cabello, en el que los docentes hicieron unos carteles con mensajes bonitos para sus alumnos, se tomaron fotos, los pusieron en las redes… Mensajes tales como “Nos hacen falta, queremos verles”. Fue muy significativo para los estudiantes. ¿Qué más se le ocurre a usted que se pueda hacer para no se sigan yendo? Compartan.

Y qué decimos de los educadores? ¿Cuántos se habían ido antes de decretar la cuarentena? Sé de secciones que se habían cerrado por falta de docentes. ¿Cuántos se han ido este año? ¿Y si se autoriza la vuelta a clases presencial, cuántos más se irán? ¿Qué ayudaría a que perseveraran? Menciono algunos elementos:

Que se sientan reconocidos, que se les valore… Que se les acompañe. También los maestros necesitan que se les pregunte cómo se sienten, que se les ayude a mejorar su formación, que se les ayude a proteger su salud mental. En el Centro de Formación e Investigación de Fe y Alegría se hacen foro chats formativos cada 15 días, y se llenan. Hay interés por parte de ellos y lo agradecen.

Por supuesto, ayudaría enormemente el que se les remunerara dignamente, que se les garantice el artículo 91 de la CRBV, y aunque suene repetitivo, lo recordamos: “Todo trabajador o trabajadora tiene derecho a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y su familia las necesidades básicas, materiales, sociales e intelectuales”. (El subrayado es mío). Ya se sabe, que los docentes de la educación pública y de la subsidiada, tienen salarios miserables, como dice el Director Nacional de Fe y Alegría. Entre 2 y 5 dólares mensuales. Ese es el salario.  Con eso no se puede “vivir con dignidad” ni cubrir las necesidades de ellos y sus familias. He sabido de docentes que renuncian llorando. He sabido de unos cuantos que trabajan en otra cosa en su otro turno para subsidiar su trabajo en las escuelas, porque les gusta educar, no se quieren ir.

Conviene recordar que, según la Constitución venezolana, la educación es “un derecho humano y un deber social fundamental” (artículo 102) y el Estado realizará una inversión prioritaria, de conformidad con las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas” (artículo 103). No lo estamos inventando, lo dice la Constitución vigente. Si se hicieran esas inversiones prioritarias, es posible que no solamente tuviesen las escuelas los servicios públicos necesarios, sino también los salarios serían los dignos que los educadores requeridos.

Entonces tal vez pudiésemos hablar de posibilidades de volver a clases presenciales porque tendríamos los docentes necesarios. Recuerden que sin maestros no hay educación ni a distancia ni presencial.

¿No creen ustedes que vale la pena hacer un acuerdo nacional para salvar a la educación en este país? ¿No creen ustedes que es urgente ocuparse de la educación? Sin educación los niños, niñas y jóvenes no tendrán presente ni futuro, y sin educación un país no sale de ninguna crisis. Hay que seguir recordando al Estado sus responsabilidades.

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