martes, 21 de septiembre de 2021 | 3:57 AM

¿Para qué Bond, si tenemos al Generalísimo?

No nos imaginaríamos esas peripecias amatorias de solo mirar su imagen en el óleo de la barraca, en la que Arturo Michelena retrata a un Miranda sexagenario, traicionado y derrotado.

No nos imaginaríamos esas peripecias amatorias de solo mirar su imagen en el óleo de la barraca, en la que Arturo Michelena retrata a un Miranda sexagenario, traicionado y derrotado.

@RinconesRosix

¿Para qué Bond, si tenemos al Generalísimo? Eso pensé después de leer la pieza de Rafael Arraiz Lucca “Francisco de Miranda, el tenaz adelantado” en el que el escritor sostiene que “ningún latinoamericano de su tiempo acumuló las peripecias variadas y complejas” de este insigne personaje a lo largo de su vida. Y no lo decía sólo por su tenacidad republicana, su profesionalismo militar o su avidez cultural, sino por sus “peripecias” en las cortes de Europa.

Para entender los éxitos de Francisco de Miranda en Europa y en los Estados Unidos de finales del siglo dieciocho, hay que entender que este ilustre venezolano terminó de formarse militar e intelectualmente en Europa. De acuerdo con Rafael Arráiz, Miranda tuvo “la educación de un caballero europeo de su tiempo”. Fueron innumerables sus viajes y sus intercambios con personajes de variadas jerarquías, y sus resultados no son sino una señal de su conocimiento de la realidad histórico-política, de sus posturas éticas y de su manejo de las mejores costumbres.

La zarina Catalina II “la Grande” de Rusia, quien lo protege y financia sus proyectos político-militares, le expide un pasaporte donde lo nombra “Conde de Miranda”. Y no por puro profesionalismo, al Miranda visitar Kiev, la Emperatriz Catalina “lo retiene a su lado durante varios meses”. Luego, en su periplo de cinco años por Europa, pasa por Suecia y se enamora de Catherine Chistine Srandel, quien igualmente “lo retiene varios meses”. Años después, en tiempos de la revolución francesa, sostiene una relación amorosa “intensísima” con la marquesa de Custine. Es así como de esta manera, el ilustre general acostumbrado a los diálogos y negociaciones fue ducho en varios tableros.

Temporadas pasó en batallas y retenido entre las cárceles y los brazos de mujeres. No nos imaginaríamos esas peripecias amatorias de solo mirar su imagen en el óleo de la barraca, en la que Arturo Michelena retrata a un Miranda sexagenario, traicionado y derrotado. Sin embargo, para conocer mejor al personaje, hay que considerar su formación de caballero europeo y de cómo ésta fue el eje tanto de su vida privada como de sus ideales y proyectos.

En principio, Francisco de Miranda se mantuvo soltero buena parte de su vida, y no fue sino hasta sus tiempos de estadía en Londres cuando tendría sus dos hijos con su ama de llaves, Sarah Andrews, con quien luego se casaría. Antes de asentarse, de él no se podría decir que era un Don Juan o burlador, y aunque haya sido mundano en sus andanzas, debió ganar y mantener la confianza de mujeres quienes fueron sus aliadas. Eran mujeres de poder que podían protegerlo o favorecer sus diligencias y no estaban obligadas a apoyarlo como lo hicieron. De acuerdo con el recuento de Arráiz Lucca, él se ganó una confianza que fue además recíproca. Y en todo caso, cuando la zarina se enfureció con él debido a su apoyo a la causa revolucionaria en Francia, su republicanismo era suficiente santo y seña para entenderlo, no podía tampoco traicionarse a sí mismo.

En el contexto del viejo mundo, el donjuanismo y las artes de seducción han sido tema de competencia. Aún debaten ellos sobre si Don Juan no fue primero español, sino francés o alemán o inglés o italiano. Cada época ha tenido su versión de un seductor, muy a tono con las tolerancias o reglas. En cuanto a Miranda, no es de sorprender que en el siglo dieciocho catalogado como el de “la Razón”, él haya ajustado sus amoríos a su proyecto de vida o haya cantado ese “quiéreme tal como soy”. Sus vínculos amorosos estaban subrayados por la camaradería, una que implicaba una mentalidad amplia y moderna.

En el caso de un seductor de la ficción como James Bond, la lealtad está quizás más ligada a la confianza que a la exclusividad. Uno de los embrujos del agente 007 es que las mujeres le son amigas fieles, muy a pesar de los conflictos que pudieran emerger entre ellos. Parecido a Bond está un caso aún más curioso, el de otro personaje de ficción, A.J. Raffles creado por el autor inglés E.H. Hornung. En la era victoriana, Hornung escribió unas historias breves sobre un ladrón amateur, más parecido a un cracker, quien persigue retar sus propias habilidades, burlando a la policía de la Scotland Yard. Ocurre que Raffles es a veces capturado in fraganti por una mujer en su vía de escape. Sea una noble o alguien de la limpieza, en ambos casos, ambas deciden apoyarlo con su silencio. No están ellas bajo amenaza, no forman ellas parte de algún botín o componenda, sencillamente, confían en él. Esas escenas dirigen la mirada a la fidelidad entre amigos, sólo que con un detalle: cuando las mujeres de buena voluntad otorgan semejante confianza, eso posee un encanto inigualable.

¿Era Miranda ese tipo de caballero? ¿Alguna vez lo habrá salvado la campana? Para agregar otro parecido con Bond, posiblemente este ilustre republicano fue un espía. Aunque Rafael Arráiz no cree en la especie sobre que el Generalísimo espió a Napoleón, sin embargo, tampoco podría asegurar lo contrario. Por un lado, Miranda tenía muy clara su agenda política, y por el otro Bonaparte debió haber percibido el alcance de las habilidades del prestigioso venezolano. Entre ser hombre de armas y de palacios de poder, Miranda llegó a tomar misiones riesgosas. Su aventura, sus ideales, su encanto trasatlántico, su defensa de los derechos de la mujer, su postura de hombre universal eran su marca.

Y la confianza pasa por entender algunas traiciones, aunque una zarina es una zarina.

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