sábado, 22 de enero de 2022

Panchito Mandefuá se quedó en el peñero

El estado Bolívar es muestra fehaciente de cómo en sus confines se cuece la miseria de la mano de la tragedia, igual que ahora pasa con el pueblo de Güiria en Sucre.

@OttoJansen

No hay intención de estancarse en la tragedia, pero el dolor se hace punzante. Las causas, las motivaciones, además de las explicaciones (siempre después), son el caudal de sinrazones que quiebran el ánimo y entonces el pensamiento busca su revancha imaginaria, construye la fantasía de justicia que las realidades han evadido y que siguen esquivas premeditadamente. El país repite en coro al unísono: ¡No debió haber pasado!, pero ha pasado de alguna forma antes, en otros ambientes, con otras expresiones y lo más seguro seguirá pasando. ¡Hay que encontrar las soluciones! La solución el país la conoce, pero no ha habido posibilidad de concretarla ¿Por qué? Muchos son los intereses, los factores actuantes, las inhibiciones o los juegos burocráticos que se manifiestan para evitar la irrupción de justicia; de transformaciones requeridas mientras la gente continúa en su pena.

Hablamos permanentemente de la extensa Guayana, porque su territorio gigantesco, lleno de caseríos perdidos, municipios casi invisibles, y hasta la propia capital, céntrica y a ojos directos de las administraciones públicas, son un barril sin fondo de calamidades, con sufrimientos atroces en muchos casos que se los lleva el silencio. Son episodios que solo nos impactan cuando ya no es posible ocultar los cadáveres en el espacio común, como ocurrió en La Paragua en 2006, o en Tumeremo en 2016, solo por citar los más sonados. Pero el estado Bolívar es muestra fehaciente de cómo en sus confines se cuece la miseria de la mano de la tragedia, igual que ahora pasa con el pueblo de Güiria, en Sucre.

Son concentraciones semiurbanas, distantes de la vista de todos aun cuando es conocido que las mafias son la autoridad de esos parajes -tal como en los pueblos mineros nuestros-, que las matanzas en todas esas riveras se han sucedido ante la indiferencia de los gobernantes bolivarianos; alentados directa o indirectamente por los negocios turbios que la revolución descubrió que podían hacerse con el mar de fondo, hábitat que una vez fue cobijo productivo de los pescadores. Que las bandas que azotan y controlan la nueva y “empoderada” actividad económica, en esa región oriental, con tráfico de drogas y de personas, vienen actuando desde por lo menos hace quince años. En los pueblos de Venezuela, a diferencia de sus ciudades en donde, todavía, es posible capear el temporal del hambre con el medio vivir, es donde más se ve la pobreza y los horrores que ocasiona el abandono.

El niño ante las vidrieras revolucionarias

El cuento del venezolano José Rafael Pocaterra, que sufrió los desmanes de la dictadura gomecista, de nuevo como metáfora, más que dolorosa es triste y melancólica para lo que se vive en este 2020 nacional (también en época navideña) en que las palabras ya no describen nada en cuadros sociales tan dantescos. En las líneas de Pocaterra, Panchito Mandefuá ve los dulces frente a la vidriera a los que en gesto de gusto pasa sus dedos por el cristal para soñar deleitarse. En la realidad venezolana tanto los niños, adultos mayores, mujeres, doctores, desempleados, igual que los jóvenes o estudiantes,   observan -como en una vidriera- la prepotencia de quienes regodeándose en el poder político, utilizan la condición de la pobreza en sus discursos sobre el socialismo, haciendo gala de cinismo. Ante el espectáculo diario, el país levanta las manos en busca del sosiego a través de innumerables protestas o en esfuerzos como la Consulta Popular reciente, ¿pero cómo encontrar respuestas acosados y perseguidos por el Estado totalitario? De allí que muchos cansados del proceso sin resoluciones, padeciendo a más no poder, se animan a tomar camino y claro, varios van quedando en la vía, arrastrados por la violencia como los caminantes muertos embestidos por un vehículo mientras dormían, o ahora cuando el mar rompe los peñeros llevando sus cuerpos a la playa.

Cuando cerramos el calendario, el empeño por la vida, por la libertad y el ideal democrático es la oración más grande: “…y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. El murmullo ciudadano en los rincones de Guayana y en todo el territorio nacional reivindica, pese a las duras adversidades, que es insostenible el ciclo infernal de los desmanes, haciendo más imprevisible el acontecer del año que se acerca. La fórmula entonces la representa con creces la Unidad Nacional, en otros momentos discurso ritual que ahora en horas amargas ha de ser el regalo que se haga la conciencia venezolana a sí misma. Que sea un arbolito colorido de voluntades que exhorte a la esperanza, al coraje y a la determinación por superar la contemplación y las palabras. Ya no hay que buscar a los esclarecidos de las estrategias; no queda tiempo para fórmulas diplomáticas que se alargan. Se trata de la fuerza ciudadana en primera fila, como siempre ha estado, con el resquicio institucional que no ha sucumbido al influjo de la Gorgona roja, que funcionando en bloque nacional haga correspondencia al clamor de ¡basta!

Panchito, en aquella dictadura, terminó luego de un día de sueños, cenando de la mano del niño Jesús. Panchito de Güiria o de Guayana no pueden tener como porvenir quedarse en el peñero que termine partiéndose entre las olas. El soplo de los aires decembrinos susurra que no es momento de rendirse.

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