miércoles, 5 de mayo de 2021 | 10:50 PM

Palo abajo

El país dejó de ser una caja de sorpresas porque la gente se levanta todos los días con la seguridad de la invariabilidad del día con relación al anterior.

Por costumbre muy nuestra cuando no queremos enfrentar algo inconveniente o que nos pueda causar alguna complicación o desagrado, adoptamos una actitud ajena y distante del problema para evitarnos confrontaciones, inclusive cuando sabemos con certeza que hemos cometido un error y debemos una excusa o explicación o una formal disculpa merecida. Todo eso a salvedad de situaciones en caliente que nos inducen a comportarnos con agresividad activa o pasiva, y a tomar posiciones definidas, aunque estemos equivocados.

Hay dimes y diretes de sobra acerca de lo que debería o no hacer la bendita oposición de partidos ante nuestra innegable realidad. Teorías y análisis políticos, pasajes y personajes bíblicos, opiniones sociológicas, referencias históricas, adaptaciones geopolíticas, y cuanta fórmula académica y explicativa posible para atacar o respaldar a los profesionales de la oposición por sus actividades y actitudes.

Lo cierto es que la población venezolana está no solo en crisis sino en alarma constante por cada día que transcurre en condiciones precarias de toda índole. El país dejó de ser una caja de sorpresas porque la gente se levanta todos los días con la seguridad de la invariabilidad del día con relación al anterior. Por el contrario, lo que se espera son novedades negativas: más delito, más muertos, más angustia, más desencanto, menos productos que comprar, menos electricidad, menos agua, menos comida, menos gasolina, el bolívar difuminado, menos divisas, y así se desenvuelven los días. De más a menos cotidianamente.

El panorama no lo discute nadie; pero se genera una constante y reiterada queja sobre las posibilidades de empeoramiento, lo cual realmente es posible pero difícil de imaginar, y la eventualidad de un cercano progreso proveniente de acontecimientos que proyecten luz para un futuro que valga la pena vivir.

Ante todo esto, se debe comprender que el objetivo de los partidos políticos constituidos en una oposición visible ante el gobierno es de actuar como tal, y por tanto sus instrumentos, habilidades y acciones están organizados para dar una pelea netamente política donde el arte de las posibilidades debe prevaler para conquistar espacios públicos en el marco de un modus vivendi, conveniente para las partes en aparente discordia que les permita la supervivencia para alcanzar en el tiempo una alternancia en el ejercicio del poder en todas las esferas, no sin antes saborear las pocas posiciones que les permiten los organismos controladores de los actos comiciales y el de los votos presumibles con los que fantasean (mini opositores del régimen). También se debe comprender que la real y verdadera oposición contra el desgobierno y el curso que han tomado las cosas por cuenta de los mandones está en el duelo que sufren cientos de familias venezolanas, en la inseguridad que padece el pueblo en cualquier parte del territorio nacional, en las colas largas y sin término que hacen las madres para comprar harina pan, gas, leche, aceite y medicinas para sus hijos y allegados que sufren la calamidad de la escasez como algo convertido en el rosario nuestro de cada día; pero solo para la mayoría del soberano…, porque para los comunistas vernáculos y foráneos que se creen mejor que los demás seres del planeta no hay nada vedado ni faltante. Aviones, comestibles, protección, privilegios legales, buenos sueldos y prebendas, jubilaciones jugosas, bonos de inefectividad, vehículos, divisas y acceso a todo aquello que le van quitando a la nación sin prisa y sin pausa, pero de hora en hora. Guaidó necesita que no le serruchen las patas sus pares envanecidos por creerse con mejor derecho. El país lo agradecerá.

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