domingo, 19 de septiembre de 2021 | 12:41 AM

Orgullo y dolor

No fue casual que se planeara una urbe industrial en este territorio donde confluyen los ríos Orinoco y Caroní. Fue totalmente causal, pues las condiciones, ventajas y oportunidades estaban allí, solo faltaba ordenar las ideas, buscar a la gente correcta y estructurar un plan para llevar adelante un prometedor proyecto como el de la CVG.

Como nativa de este territorio bautizado con el nombre del prócer venezolano de mayor renombre en el mundo, con serie en Netflix, y asentado en el macizo guayanés, debo decir que he vivido experiencias extremas que me han hecho pasar del orgullo al dolor. Mi vida es como la de cualquier oriundo de estas tierras bañadas por un río, sobre el que Julio Verne escribió un libro y Héctor Guillermo Villalobos nos dejó un gran poema, que me permitió conocer el nacimiento, la adolescencia, juventud, madurez y vejez del soberbio Orinoco, como lo llamó el francés que nunca vio este río. Como si lo hizo Villalobos, un bolivarense de pura cepa, que lo tuvo en su cotidianidad vital: allí mismo, muy cerca para sentir su fuerza, su sonido, su olor, su sabor.

Con el transcurrir del tiempo, la ideología de izquierda hizo tambalear mi orgullo orinoquense al envenenar mi pensamiento e incipiente sensibilidad política. Lo que me llevó a condenar aquello que se llamó “polo de desarrollo”, un constructo surgido después de la segunda guerra mundial y propio del capitalismo, enemigo omnipresente de todos mis desvaríos socialistas. Me dolía porque aquel modelo que viene de otro francés de nombre Francis Perroux, privilegiaba lineamientos propios del tan temido y odiado capitalismo en los procesos de regionalización. Lo del polo de desarrollo como lo del “puntofijismo” se convirtieron en latiguillos, para desacreditar los avances económicos y sociales de la democracia, materializados, entre otros, en la creación de la Corporación Venezolana de Guayana.

No fue casual que se planeara una urbe industrial en este territorio donde confluyen los ríos Orinoco y Caroní. Fue totalmente causal, pues las condiciones, ventajas y oportunidades estaban allí, solo faltaba ordenar las ideas, buscar a la gente correcta y estructurar un plan para llevar adelante un prometedor proyecto como el de la CVG. Sería esta, junto a la educación, la mejor “siembra del petróleo” hecha por los respetables líderes de la democracia civil.

La cosecha fue exitosa como producto del esfuerzo, talento, inversión y trabajo de venezolanos y extranjeros que participaron en el desarrollo y consolidación del sueño de los grandes hombres de la Venezuela -por sus logros y éxitos- que llenaron de oportunidades la vida de los nacidos en esta tierra de gracia. Está suficientemente documentado y comprobado, que durante los 40 años de democracia se produjo la mayor y más consistente movilidad social ascendente, de una población otrora empobrecida y sin formación, a la que se le abrieron los caminos hacia una ciudadanización próspera e ilustrada. Lo que marcó un antes y un después para la sociedad, pues las familias constataban la relevancia de la educación para avanzar y triunfar tanto en el plano individual como en el social.

Los logros de la democracia sirvieron, también, para alimentar las desmesuras y ambiciones del populismo de izquierda que se gestaba en universidades y cuarteles. Hasta hombres notables se enlistaron, como soldados, en aquella quimera perpetrada por un teniente coronel bipolar y paranoide, que los sedujo más por sus atributos de padrote que por virtudes como intelectual o potencial estadista.

Pasó lo que pasó en estos últimos 20 años y hoy tenemos una camarilla -más parecida a una mafia que a un gobierno- que ha hegemonizado la corrupción para enriquecerse sin miramientos ni contemplaciones. Es tanto el caudal de sus millones que compiten con los de los ríos Orinoco y el Caroní. Mientras estos desembocan solo en el Atlántico, las abundancias materiales de la cúpula se derraman en Europa, en Asia, en otros países de nuestro continente y hasta en el imperio norteamericano.

Corrupción rima con destrucción. Una lleva a la otra de manera inexorable. Por eso, Venezuela, es hoy un Cambalache de un millón de kilómetros cuadrados. Basura y escombros es lo único que abunda en todo el territorio nacional. La cúpula podrida y corrupta (perdonen la tautología) destruye todo lo que encuentra a su paso. Son como una manada de Atilas que por donde pasa no vuelve a crecer la hierba. Y, claro, ese saqueo y aniquilación ha llegado a nuestro estado Bolívar, al que penetran con violencia e impiedad, para extraer de sus entrañas todo cuanto la madre naturaleza alojó en el subsuelo de ese macizo guayanés.

Agridulces

La ANC es el Miraflores del capitán. Desde allí decide quién vive y quién muere, quién va preso y hasta quién come. También tiene la primera y la última palabra en torno a elecciones y conversaciones. Por eso sentenció que habrá comicios el próximo 5 de enero y habló con los dueños de un circo que tiene su carpa en el imperio.

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