martes, 19 de octubre de 2021

No hay que seguirles el juego

Lo triste es que quienes incluso estaban trabajando con tesón en lo suyo también se dejaron llevar por la narrativa mediática sobre el “hartazgo” de lo que entonces llamaban “la clase política”.

Lo triste es que quienes incluso estaban trabajando con tesón en lo suyo también se dejaron llevar por la narrativa mediática sobre el “hartazgo” de lo que entonces llamaban “la clase política”.

@RinconesRosix

En estos días estuve en una tertulia donde se discutió cómo abordar la educación cívica y surgió la pregunta sobre cuál era la mentalidad democrática del venezolano en la década de los años 90. O para ser más preciso, por qué le dio la espalda a la Constitución y a las instituciones y por qué no las defendió. ¿Qué locura devino en semejante relajo? El país le hizo el juego a un grupito capaz de hacer mucho ruido.

En medio de la conversación, algunos estuvimos de acuerdo en que sí hubo una educación cívica en el país, puesto que muchas alarmas se encendieron y que esa mentalidad democrática no vino por generación espontánea, puesto que fue generada por las instituciones, por nuestras escuelas y liceos. Ante la pregunta sobre qué exactamente se estaba haciendo bien, una página en blanco empezó a llenarse. Se percata uno de las muchas actividades que se estaban desarrollando por gente que trabajaba mucho sin hacer mucho ruido. En mi lista particular estaban los nombres de los proyectos y personas, pero sólo nombraré dos. La de la Universidad de Guayana (UNEG) y su línea de desarrollo de procesos cognitivos y de emprendimiento. La otra fue la habilitación de teatros en los barrios de Caracas y el muy reconocido proyecto de actuación para los niños y adolescentes de esos barrios. A mi juicio, cualquier iniciativa que desarrolle la libertad para aprender y leer de manera independiente está abonando al terreno de la libertad de pensamiento. Lo mismo ocurre con el teatro, que es un propiciador de debates filosóficos, sociales y políticos. No es casual que la cuna de la democracia haya sido testigo de una muy sólida cultura de la sátira, de la comedia y la tragedia. Ojal y botón, cachapita y queso de mano: eso es el teatro a la democracia.

En la Nigeria tribal de siglos recientes, solo por dar un ejemplo, había un gran gusto por el teatro de títeres. Son esas evidencias indicadoras de una cultura con libertad para hacer sátira lo que implica altos niveles de comprensión y gusto por los debates públicos.

Pero volviendo a la pregunta que nos ocupa, mientras en los años 80 y 90 había gente trabajando para construir oportunidades y propiciar la libertad del ciudadano, el discurso de algunos medios de comunicación en ese entonces estaba dedicado a los escándalos de corrupción. Ahora sabemos que algunos de ellos fueron ollas montadas o sencillamente, noticias interesadas en terminar de destruir a los partidos de mayor votación y rivales de la izquierda. En pocas palabras, mientras muchos venezolanos anónimos estaban trabajando por la formación de la ciudadanía, algunos medios y partidos políticos con altos decibeles estaban conscientemente conspirando contra la democracia.

Lo triste es que quienes incluso estaban trabajando con tesón en lo suyo también se dejaron llevar por la narrativa mediática sobre el “hartazgo” de lo que entonces llamaban “la clase política”. Esos seres dedicados no sabían que su trabajo era muchísimo más útil y relevante que prestarle atención a esa marea conspirativa.

Como si la narrativa de país ya no era lo suficientemente desequilibrada, después vino la colosal propaganda chavista desde 1999. Desde esos primeros días el régimen comenzó a pagarles viajes y viáticos a sus empleados por todo el mundo, con el propósito de que propagaran sus mentiras y borraran la historia del país. Llegaron al extremo de asegurar falsamente que en Venezuela la educación gratuita existía gracias a ellos. Me consta. Por eso es tan vital ejercitar la memoria y atajar la historia para reconocer situaciones semejantes, y sí, en este momento estamos bajo un ataque de mentiras pagadas con chorros de dinero y extorsiones.

Cada día los venezolanos se han venido percatando que quienes detestan, recriminan, y acusan a Juan Guaidó de corrupción, por otra parte a Maduro ni lo nombran, y si lo hacen es para pegarle con un trapo como hacían las abuelas. Si alguien seriamente quiere analizar o escudriñar la gestión del presidente interino y de la legítima Asamblea Nacional, se encuentra con que el ambiente está muy enrarecido para el debate. En pocas palabras, la manipulación está sobre la mesa y es tan afiebrada, tan subida en tonos pasionales, que necesariamente hay que despacharlas, descartarlas. Distraen. A estos propagandistas del caos opositor no les interesa que la gente piense y se concentre en su ruta legal, porque es justamente la ley nuestra gran ventaja en esta lucha. Ellos buscan deslegitimar nuestra verdadera ruta democrática y siembran la desesperanza con el fin de desmovilizar a los ciudadanos. Detrás del ruido de la campaña de desprestigio contra Guaidó y los políticos que lo respaldan lo que hay es un gran miedo del régimen y de sus socios de la falsa oposición. Miedo a perder el poder porque es asunto de libertad o cárcel y ruina para ellos.

Y no me digan que con los gobernantes de AD y Copei pasó lo mismo, nada más falso. Nuestros otrora presidentes no tenían sobre su cabeza las acusaciones de tribunales y organismos internacionales. Pasaron a retiro y viajaron a donde quisieron pues no tenían una raya estruendosa tatuada a sus nombres. Por eso no temían a la transferencia del poder.

Nota: Sobre las promesas del régimen para mejorar la economía, he notado cómo algunos de esos que se las dan de vivos, están más expuestos a caer en las mismas trampas. Caen una y otra vez, como moscas.

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