viernes, 15 de octubre de 2021

Museo del Deshonor Nacional

Inmortalizar la épica de la chapuza que autoseatribuyó el remoquete de Revolución Bolivariana, no exige ni el esfuerzo, ni la genialidad de obras como la referida. Una cosa fue la sublevación, que condujo a nuestra emancipación y otra, el detritus de unos chafarotes.

Inmortalizar la épica de la chapuza que autoseatribuyó el remoquete de Revolución Bolivariana, no exige ni el esfuerzo, ni la genialidad de obras como la referida. Una cosa fue la sublevación, que condujo a nuestra emancipación y otra, el detritus de unos chafarotes.

@omarestacio

“Batalla de Carabobo”, de Martín Tovar y Tovar. Ilustra los episodios más relevantes del enfrentamiento armado al cual debe su nombre. Salón Elíptico del Capitolio Federal, Caracas; “Vuelvan Caras”, eternizado sobre el lienzo, por Arturo Michelena. Galería de Arte Nacional. Representa la temeraria escaramuza del general Páez en Las Queseras del Medio; “La muerte de Girardot en Bárbula” de Cristóbal Rojas. Ilustra la inmolación de Atanasio Girardot al intentar clavar la astabandera nacional en la altura conquistada en aquel combate. Museo Bolivariano, Traposos a San Jacinto, Caracas; “La Virgen del Valle, en Mata Siete” de Juan Antonio Rodríguez. Bajo custodia del Santuario de Nuestra Señora del Valle, Isla de Margarita, (si aún no se la ha llevado algún chavista “amigo” de Nueva Esparta). Su temática es la conflagración, en la que las fuerzas patriotas, con Francisco Esteban Gómez, a la cabeza, pusieron en fuga a las tropas comandadas por el realista Pablo Morillo; “Acción de la Sabana de la Guardia” de Pedro Castillo, gema que se exhibe en la Casa de Páez, Valencia. Figurativo del recule definitivo, del mariscal de Campo, Francisco Tomás Morales, ante el empuje de las huestes independentistas.

Inmortalizar la épica de la chapuza que autoseatribuyó el remoquete de, Revolución Bolivariana, no exige, ni el esfuerzo, ni la genialidad de obras maestras como las ya referidas. Una cosa fue la sublevación viril, enhiesta, poética, que condujo a nuestra emancipación y otra, el detritus de unos chafarotes. Son guapos y apoyados, ante civiles desarmados, pero correlones y asustadizos en el lance hombre a hombre. Imposible que un pintor de la talla, digamos de un Régulo Pérez, más allá de consideraciones políticas, pinte a un mayor general, tan madrino, al extremo de arrodillársele a Fidel Castro o zalamero como para cantarle a una momia, el “Happy Birthday to You”. El articulista presenta excusas, por haber comparado situaciones tan dispares.

Suficiente, cualquier modesto celular para que queden registradas las ejecutorias de los bandoleros desgobernantes. Lo que les falta de la creatividad de las obras de arte, lo compensan tales aparatejos con la fidelidad de las imágenes captadas. Aunque, estar en el lugar y momento adecuado, es arte, en cierta manera. En particular si sus operadores tienen puntería.

Como la tuvieron en la muy reciente gresca entre un cura y el comandante de la Guardia Nacional Bolivariana, de Tovar, estado Mérida (el agresor, terminó resultando el peligrosísimo, monseñor Luis Enrique Rojas, Obispo Auxiliar de aquella circunscripción eclesiástica, armado de un crucifijo). El episcopado, desde Caracas, les había enviado a los tovareños ayuda humanitaria, recolectada centavo a centavo, para paliar el desastre causado por las recientes inundaciones. Pero no. El comandantón, en referencia, pretendió confiscar, ponerle la mano a la comida, las cobijas, a las medicinas, adquiridas con las donaciones, para revenderlas o contrabandearlas. Sus atropellos no tienen otra explicación.

Como la paliza o “pela” que le propinaron, la semana pasada los pobladores a un tal, Planché, sargento acantonado por la inefable Guardia Nacional, “El Honor no se Divisa”, en las inmediaciones de la Troncal 10, del estado Sucre. La videograbación, con el auxilio de otro aparato móvil, atestigua que el apaleado, acobardado, llorón, cobardón, confiesa -perdones y propósitos de enmienda incluidos- que él, su batallón y su capitán, son unos azotes; que golpean a los parroquianos; que los extorsionan; que los aterrorizan. Más bochornosa aún, ha sido la reacción del ministro del Interior ante el incidente. Otro militarote que, sin investigar los supuestos acosos de la tropa, desplegó 200 soldados para obligar a los lugareños a delatar a los autores del merecido, “Fuenteovejuna, señor”.

O como el incidente fronterizo, muy reciente, también, en el que otro integrante del nuestro honroso componente militar, fue sorprendido in fraganti, en la ribera colombiana del río Arauca, tratando de esquilmarles mercadería a unos modestos comerciantes que navegaban a bordo de una curiara.

¿Son éstos, los oficiales, que van a defender nuestra soberanía, contra la hipotética invasión de una fuerza multinacional? ¿Son, quienes van a echar de nuestro territorio, a los narcoguerrilleros de las FARC, del ELN; a los iraníes, chinos, yihadistas y cualquier otro bicho de uña llegado del extranjero, para depredar nuestro Arco Minero?

Los ojos orwellianos, omnipresentes, de los aparatos celulares no se engañan. Graban todo para la Historia. Urge, erigir un gran museo en el que se exhiban las proezas guerreras más cimeras, de estos últimos 21 años.

Cuentan, que la tarde del dron magnicida, avenida Bolívar, Caracas, alguien, en medio del sálvese quien pueda, alertó que habían dejado abandonada a la “Primera Combatienta” y que, por ende, urgía un “Vuelvan caras” para rescatarla. Fue cuando el valeroso Comandante en Jefe, en clara e inteligible voz, lanzó el siguiente grito de guerra: “¿Vuelvan caras? ¡Qué va, oh! Ni, yo soy, José Antonio Páez, ni estamos en las Queseras del Medio. Esa vieja que se j…!”.

Sírvanse responder, apreciadas lectoras, apreciados lectores ¿Por cuál de todas las gestas heroicas antes aludidas, votarían ustedes, para que ocupe el sitial de honor, en el Museo del Deshonor Nacional?

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