jueves, 17 de junio de 2021 | 4:23 AM

Muchedumbre, ese espejismo de supremacía revolucionaria

No hay una mansa muchedumbre. Ese espejismo de la formula revolucionaria, si llegó a existir en el imaginario local y nacional en años precedentes del proceso político venezolano, ahora está destruido.

@ottojansen

¿Los conceptos sociales, definiciones y descripciones de procesos de los pueblos nunca reflejarán emociones, sentimientos y voluntades de esos grupos humanos en estudio? Es natural, puede pensarse por lo que es más “objetivo”, sustentar las percepciones de una coyuntura determinada en cifras, conductas comprobadas de los hechos interpretados casi que sin posibilidad de refutar. Tales máximas, dichas sin estricto rigor alguno, nos sirven en estas líneas para destacar una visión del actual momento de la realidad venezolana, que viene impulsándose por algún sector o factor nacional (aun sin impacto determinante) visto desde aquí (Guayana en nuestro caso) inscrito en esa corriente del “pesimismo de la razón” de la que hablaba Antonio Gramsci, el pensador y político italiano.

Lo que va de agosto ha sido muy duro. Las consecuencias de los contagios del COVID-19 han tenido caras visibles de fallecimientos en amigos, conocidos y familiares de todos los estratos sociales. Esto por si aturde y hace mella en la moral de la población que ya viene desfalleciendo con el hundimiento del país. Por supuesto, del mismo modo en que los plazos de contagios se convierten en hechos mortales, el resto de la sociedad resiente con más profundidad las carencias mínimas de vida, cuyos linderos de sobrevivencia van quedando arropados por la miseria y la incertidumbre definitiva.

No hay Estado. Las autoridades de facto siguen en su plan de normalidad que no tienen nada que ver con la hecatombe: la distribución del gas de las que se quejan las comunidades, los abusos descarados de funcionarios y trabajadores de las estaciones de servicio que ha traído la crisis de la gasolina, la pauperización de todos los servicios públicos… Los obstáculos y contrariedades en todas las áreas, donde la salud y la adquisición de alimentos muestran el dolor mayor. Ante un cuadro tan desolador, al discurso revolucionario que controla al país le basta con prometer elecciones (amparados en la supuesta inercia de una calculada muchedumbre que les acompaña), así estos comicios ilegales y de utilería nunca signifiquen soluciones a las problemáticas más urgentes. Y en estas complicaciones de forma y fondo en la panorámica política, social y económica, que potencia la pandemia (donde están presentes fariseos, farsantes y vividores de toda calaña), es notorio cómo alguna inteligencia del país parece rehuir las reducidas fortalezas de luchas que, con todo el desgaste que presenta la Asamblea Nacional, es el único asidero institucional concreto y verosímil para construir las soluciones del futuro inmediato. Se prefiere, ocultando quizás el pesimismo de la hora, el análisis distante y los enfoques despojados de la crudeza que las batallas inevitables comportan.

El optimismo de la voluntad

La violencia hace mucho rato se ensaña contra la población. Hoy divisamos con impotencia cómo los médicos y el personal de salud van directo a sentencias definitivas por falta de atención y protección del Estado bolivariano, pero en el anonimato de las cifras que los estudios sociales, análisis y elucubraciones teóricas hacen, se encuentran las victimas que la pobreza viene poniendo en las matanzas mineras, los arrebatos de la inseguridad, enfermedades, y desnutrición extendida. No hay, por lo tanto, una mansa muchedumbre (los indicadores de las protestas son el mejor espejo), una especie de masa conforme que siga los pasos de la demencia socialista por el poder. Ese espejismo de la formula revolucionaria, si llegó a existir en el imaginario local y nacional en años precedentes del proceso político venezolano, ahora está destruido.

Por eso existe un vacío en la determinación del “optimismo de la voluntad” de la sociedad y sus factores para emplear este gran recurso en la organización ciudadana que acompañe la reserva moral de esas organizaciones políticas, estancadas y sin visión (caso bien concreto del estado Bolívar), que aleje las voces agoreras de la autoflagelación, los escenarios congelados del objetivismo per se, y que enfrente con decisión las propuestas de rendición libertaria en aras de la “política civilizada” y contribuya con los desarrollos de las luchas que presentan espacios amplios y complejos, primero en la recuperación del orden constitucional, como se ha visto, y al mismo tiempo con elementos imprescindibles de creación en áreas prioritarias y urgentes hacia impulsos efectivos de trasformación en las regiones y en Venezuela completa.

Cada vez que escuchamos las voces nacionales con sus estructurados mensajes de revisión o juicios (incluyendo el ultimo mensaje de la jerarquía católica a quienes hemos aplaudido siempre su tono combativo), y de igual forma nos tropezamos con la realidad local llena de pavorosas angustias nos convence más que el papel que corresponde a la población es escuchar como quien escucha llover a estas voces tan metódicas; entender por nosotros mismos las ideas, acciones, haciendo lo imposible desde la Guayana que lucha. Esa ciudadanía que resiste construyendo empeños por la libertad desde sus espacios distantes, agobiados y atropellados como los pueblos de Bolívar. Tenemos que valorar el concepto sobre la multitud que empleó el filósofo Baruch Spinoza frente al propósito revolucionario chavista de que es posible gobernar con la muchedumbre y los tartufos. Las luchas por la vida y la democracia a las que estamos obligados requieren de máxima determinación: los momentos de titubeos también pasaron.

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