viernes, 3 de diciembre de 2021

Mi teísmo, con el té de las cuatro, por favor

Estamos presenciando ante nuestros ojos las peligrosas distorsiones que preocuparon a los franceses en el siglo 18. Una prueba de fuego se ha iniciado en la nación del norte, pues llegó un momento muy temido por sus fundadores.

Estamos presenciando ante nuestros ojos las peligrosas distorsiones que preocuparon a los franceses en el siglo 18. Una prueba de fuego se ha iniciado en la nación del norte, pues llegó un momento muy temido por sus fundadores.

@RinconesRosix

En un artículo anterior Entre biólogos te veas, mencioné una opinión de un científico británico, Rupert Sheldrake, sobre que el ateísmo surgió con fuerza como una estrategia para derrocar al sistema absolutista en Francia. Él arguye que por un lado la ciencia no puede determinar la existencia o no de Dios, y que, por otro, el ateísmo de hoy en día mantiene sus objetivos políticos. Se podría decir que el ateísmo sirve para ponerle límites al encanto religioso. Es como una llave de seguridad, un apagafuegos.

El tema del absolutismo me hizo recordar a mi profesor Alvarito, de origen colombiano, quien me había dado clase de Historia Universal en segundo año de bachillerato. En ese entonces, acostumbrados como estábamos a la mentalidad primordial de la democracia y de los avances científicos, no costaba creer que un monarca pudiese abrogarse el poder divino. Alvarito disfrutó nuestra vaciladera en la clase de ese día, y al final, como apasionado cuenta cuentos que era, nos reveló que aquella mentira había sido una estrategia política de la Iglesia.

Conocer la historia ayuda a reconocer estas mentiras. En los últimos años la iglesia evangélica blanca en los Estados Unidos ha construido una versión de este poder bajado del altísimo. Ha forjado una historia con dictámenes apocalípticos, por un lado, mientras se barre medio evangelio por el otro. Sus miembros han abrazado la causa con tal vehemencia que se oponen a la Constitución de ese país y ya sabemos lo que viene después de esos desprecios a la Carta Magna. Estamos presenciando ante nuestros ojos las peligrosas distorsiones que preocuparon a los franceses en el siglo 18. Una prueba de fuego se ha iniciado en la nación del norte, pues llegó un momento muy temido por sus fundadores. La Constitución está siendo asediada, justamente por sus fundamentos éticos y su apego a la racionalidad filosófica. Curiosamente, Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, fue acusado de ateo por sus contemporáneos, aunque él se declarara cristiano. El laicismo de su tarea era demasiado moderno para algunas mentes conservadoras.

Cuando Francia experimenta la ruptura con el poder religioso, ya poseía una tradición filosófica de la duda. Michel de Montaigne (1533-1592) reflexionaba sobre la fragilidad de las certezas, incluyendo las propias, y escribió: “Equivócanse de medio a medio los que quieren prevalerse de la razón humana, y jamás encuentran una explicación atinada sin que al punto les asalten dos contrarias”. Por otra parte, el matemático Blaise Pascal (1623-1662) decía que la verdad se conocía no sólo por la razón, sino por el corazón. En conclusión, si algo evitaban ambos Montaigne y Pascal, era la fe ciega o los dogmatismos, y eso mismo aplicaron a su creencia en Dios. Ambos sabían de su fe por sus emociones.

La revolución francesa dejó una huella única en esa sociedad. Ningún gobernante europeo, ni siquiera de los países más ateos, se atrevería a insultar la fe religiosa como lo ha hecho Emmanuel Macron. Y lo hace porque nadie en Francia le reclamaría nada. Sin embargo, a pesar del dramatismo de la revolución, los franceses no por eso se alejaron de su fe. Recogieron los pedacitos de su historia y su poesía, pienso yo. Florecieron las escuelas místicas que buscaban recuperar el nexo directo con Dios, al tiempo que mantenían su histórica oposición a la llamada religión organizada. Se preocupan por el tema. He leído en sus autores, búsquedas antropológicas sobre la creencia en los difuntos, la vida más allá de la muerte. Es fascinante cómo su poesía modernista y su filosofía tomaron la ausencia de Dios en serio, y se entregaron a dramáticas experiencias de vida. Si uno lee con detenimiento a Albert Camus, parecieran sus líneas un guayabo sobre que el ser debe resistir el mundo absurdo que lo rodea.

No es casual ese ritual de Rupert Sheldrake, quien sale a visitar las iglesias y después cierra su tarde con un cream tea. Quizás podría hacerse acompañar de Pascal y de Montaigne. Su teísmo no es otro que el de escuchar al propio cuerpo, receptor y coprotagonista de la comunión cristiana.

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