domingo, 20 de junio de 2021 | 12:43 PM

Mercader, el asesino de Trotski

No es tan sencillo ser un Mercader porque sólo hubo un León Trotski, a quien José Stalin sentenció a muerte allí donde lo encontraran.

Ramón Mercader, un estalinista catalán de la más estricta observancia, llamaría la atención hasta del más indiferente de los mortales. En lo personal, una vez que supe de él no he dejado de leer documentos, investigaciones o ver películas que lo tienen como objeto de estudio, protagonista o personaje. Tanto su historia de vida como el sistema de redes que armó para cumplir su cometido, constituyen un ejemplo de cómo un crimen teñido de ideología, convierte a un militante de la izquierda más dogmática en una suerte de arquetipo. Que, seguramente, todavía es modélico para cientos de fanáticos alrededor del planeta, que han buscado emular al sicario Mercader, que asesinó para sentirse héroe.

No es tan sencillo ser un Mercader porque sólo hubo un León Trotski, a quien José Stalin sentenció a muerte allí donde lo encontraran. Muchos comunistas se sintieron convocados y se comprometieron a matar a quien tuvo la desgracia de ser percibido por Stalin como su enemigo, después de que Lenin murió en 1924. El hombre de hierro no permitiría que nadie se interpusiera en su camino. De suyo, ya había liquidado a todo aquel que se hubiese atrevido a hacerle sombra en su ascenso hacia lo más alto del poder. Una carnicería de intelectuales, líderes, militantes, activistas y de cualquier osado camarada, capaz de despertar alguna sospecha en el paranoico y despiadado georgiano. Cuya cruel y monstruosa existencia es casi un secreto de Estado, que encubre el feroz sadismo de El Padrecito.

Trotski pudo respirar hasta 1940, porque huyó de la URSS en 1937. Su periplo lo llevó a México donde se sintió cuidado y protegido. No sabía que a sus asesinos los tenía demasiado cerca. A estas alturas está suficientemente documentado que Frida Kahlo, con quien tuvo una relación amorosa, fue una pieza clave en el plan para asesinarlo. Participaron los aclamados muralistas-estalinistas mexicanos, que seguían al pie de la letra las lecciones provenientes de ese gran maestro de la jifería, activo en la II guerra mundial, pero que no le daba respiro a su fugitivo más buscado.

Tengo que decir que es José David Alfaro Siqueiros, uno de los muralistas mexicanos, el que emprende la más encarnizada persecución contra Trotski. Pero su atentado (24-05-1940) fracasa y Pablo Neruda le consigue un exilio dorado en Chillán, Chile, desde 1941 a 1943. Pero es que Siqueiros era un recalcitrante y exaltado estalinista -defensor del magnicidio- obligado a abandonar México por sus cuentas pendientes con la justicia, a causa de la virulencia de su activismo en las filas del PCM. También estuvo exiliado en Los Ángeles, Montevideo, Buenos Aires y Nueva York. Claro, participó en la guerra civil española, y antes tuvo un cargo burocrático en Barcelona.

León Trotski estaba consciente de que su muerte era cuestión de tiempo, pues el comunismo mundial lo buscaba por aire, mar y tierra. Mercader, un agente soviético cuya madre también estaba involucrada con la NKDV, urdió un plan para penetrar los círculos más íntimos de Trotski. Se ennovió con una de sus traductoras, Silvia Agelot, y se ganó la confianza del político y de sus protectores.

Engañó a todos los que cuidaban a Trotski, incluso a los guardaespaldas pagados por la presidencia de Cárdenas, quienes no sospecharon de este individuo, que se hizo pasar por un exitoso empresario belga, un novio envidiable y un amigo irremplazable. Un dechado de virtudes, pues. Una vez que armó la tramoya procedió a cumplir -fría y calculadamente- su criminal tarea. El 20 de agosto de 1940 se quedó a solas con Trotski, sacó el piolet y se lo clavó en la cabeza. Actuó como una máquina que sólo obedece la orden de matar. Porque al igual que Siqueiros y su pelotón de artistas, Mercader, no atacó a Trotski por miedo o para defenderse, sino por compromiso con uno de los peores asesinos que ha conocido la humanidad.

Caridad, la madre de Ramón Mercader, jugó un papel determinante en el asesinato del creador del ejército rojo, al ser ella quien convenció y preparó a su hijo para que cumpliera tan noble misión. En 1941 Mijaíl Kalinin, presidente del soviet supremo, condecoró a Caridad con la orden Lenin. Esto es, la máxima distinción de la patria comunista para quien parió al asesino de Trotski. Juan Marinello dijo de ella que fue anarquista: “adoradora del atentado y feligrés de la bomba”. Esta abnegada madre vivió en París el resto de su vida hasta 1975, mientras su hijo estuvo preso 20 años en México, murió en Cuba (1978) y para la historia es sólo un sicario más.

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