miércoles, 19 de enero de 2022

Memoria y resistencia

Ante los empeños por imponer una versión de lo que hemos sido y somos, son de reconocer los muchos y sostenidos esfuerzos por resistir estos embates, por no aceptar ese molde.

Ante los empeños por imponer una versión de lo que hemos sido y somos, son de reconocer los muchos y sostenidos esfuerzos por resistir estos embates, por no aceptar ese molde.

Es comúnmente aceptado que cada quien tiene su versión de los hechos, pero de allí a reescribir e imponer desde posiciones de poder la historia colectiva, propia y ajena, hay un abismo. Uno que separa la libertad de la opresión. Ese abismo está muy a la vista, cada vez más, y es uno de los signos de estos tiempos, no solo en discursos y anuncios, sino en decisiones y políticas que deforman principios, erosionan instituciones y empobrecen la vida.

Sobre todo eso, pese a lo muy diverso de los dos ejemplos, es mucho lo que tienen en común el documento China: la democracia que funciona y la cuña navideña venezolana en la que en la misma mesa se reúnen personajes de diversos momentos de la independencia para aplaudir la normalidad que ofrece quien ejerce el poder autoritariamente. El documento chino –ya comentado en mi columna anterior– reescribe la secuencia revolucionaria china a partir de una versión de la democracia y los derechos humanos que niega sus fundamentos esenciales. En la cuña oficialista venezolana se constata una vez más el empeño, primero de Chávez y cada vez más visiblemente de Maduro, de vincular su ejercicio del poder al discurso y tiempo de la Guerra de Independencia, reducir a escombros la historia de la construcción republicana y democrática, a la vez que convertirse en referencia personal, personalista más bien, de poder y de país.

 

La reescritura de la historia desde el poder no es mero rebusque de analogías y lecciones en el pasado, lo que ya es de suyo engañoso. La reescritura políticamente intencional se refiere al uso político de hechos pasados, eliminando unos y reinterpretando otros para rehacer el relato a conveniencia del régimen”

 

La reescritura de la historia desde el poder no es mero rebusque de analogías y lecciones en el pasado, lo que ya es de suyo engañoso. La reescritura políticamente intencional se refiere al uso político de hechos pasados, eliminando unos y reinterpretando otros para rehacer el relato a conveniencia del régimen. Este, cuanto más agresivo en su pretensión refundadora, más se ocupa de forjar lo pretérito. Recuérdense entre los casos más salientes, mas no únicos, los de Hitler y Stalin, que ejemplifican prácticas extremas en el ejercicio de borrar lo inconveniente del pasado e imponer su versión propia, como vuelve a manifestarse en el discurso y políticas de Vladimir Putin. Otro ejemplo de largo recorrido es el del régimen comunista en China: en los tiempos de Mao, en momentos subsiguientes y ahora con Xi Jinping. Por su parte, el castrismo en Cuba ofrece ilustraciones –cada vez más familiares para los venezolanos– de su desconocimiento de virtud alguna en el pasado republicano y de la exaltación personalista y el “borrado” (y no solo de la narrativa) de otros actores que participaron en el desarrollo mismo del movimiento contra la dictadura de Batista. Lo silenciado, reinterpretado y difundido no solo queda en discursos, sino que pasa a la simbología, crea sus propias referencias documentales, se difunde en textos de estudio y divulga en medios, mientras se protege de lo discordante mediante normas y prácticas de censura, control de la información y de los medios.

No hay que subestimar el alcance ni la trascendencia del empeño en redefinir a Venezuela, borrar trazos que le son propios.  Entre ellos, el significado real de la larga, sangrienta y destructiva Guerra de Independencia, el de la accidentada y meritoria construcción republicana y el de lo esencialmente bueno, no solo lo deficiente, de cuatro décadas de democracia y su huella hasta el presente.

Ante los empeños por imponer una versión de lo que hemos sido y somos, son de reconocer los muchos y sostenidos esfuerzos por resistir estos embates, por no aceptar ese molde. La coherencia en esa resistencia –que se suele buscar y, no sin razón, demandar a la dirigencia democrática– ha estado y sigue estando especialmente presente en todas las profesiones y ocupaciones ejercidas con disciplina y sensibilidad. Se ha manifestado particularmente entre quienes, entre vientos y mareas, se mantienen en la docencia, reflexionan sobre la historia, refrescan y alimentan la cultura, informan con seriedad, promueven y enriquecen el debate, estimulan la escritura, la lectura, el estudio y el juicio crítico. Mantener ese impulso y ampliar su alcance social, refrescar y mantener la memoria –me atrevo a concluir– es más que nunca una faena tan complicada como indispensable, a agradecer y alentar.

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