sábado, 27 de noviembre de 2021

Me retracto y pido disculpas

Nunca le he hecho daño a nadie adrede, y no quiero hacerlo en los últimos años de mi vida. Por eso me retracto y les pido disculpas públicas. | Foto William Urdaneta

Nunca le he hecho daño a nadie adrede, y no quiero hacerlo en los últimos años de mi vida. Por eso me retracto y les pido disculpas públicas. | Foto William Urdaneta

@cjaimesb

El pasado 31 de mayo publiqué en estas mismas páginas un artículo al que titulé El robo nuestro de cada día. Hice lo que un buen periodista jamás hace: me quedé con una sola parte de la historia, la tomé por cierta y la divulgué en todos los medios en los que escribo, que no son pocos, por cierto.

El hecho es que mis alarmas se encendieron cuando mi hermano Ricardo me llamó a preguntarme si yo había hecho una denuncia sobre unos técnicos de Cantv. “Sí, conté lo que le hicieron a nuestro primo”, le dije. “¿Y tú te tomaste la molestia de corroborar que toda la historia fue como te la contó?”. No, no lo hice.

“Pues cometiste una gran injusticia y unos pobres hombres están a punto de perder su trabajo por tu culpa. Me han escrito una cantidad de vecinos a decirme que tu artículo estuvo sesgado, falto de información del supuesto lado agresor y también de las acciones que el agredido llevó a cabo”, de las que yo no tenía ni idea. No es una excusa, porque mi proceder fue inexcusable, pero todos tenemos una o más historias de matracas del personal de Cantv, por lo que no me extrañó: era una más de tantas.

Uno de los técnicos tiene años trabajando en Cantv. Sin embargo, quienes lo conocen –que son muchos vecinos de la urbanización donde vive mi primo, me dicen que es un hombre decente y trabajador en toda la extensión de la palabra. Tiene un grupo de clientes satisfechos que no sólo están abogando por él y defendiéndolo, sino que dan fe de su buen hacer.

El otro técnico también posee excelentes referencias… Yo llamé por teléfono al primero y hablé con él. “Su artículo me está perjudicando en lo personal y en lo laboral”, se quejó. Le pedí disculpas y le pregunté qué podía hacer para arreglar mi entuerto. “No se preocupe, señora… es que en este asunto hay tanta matraca que pagamos justos por pecadores”. Yo creo que, en la Venezuela de hoy y en absolutamente todo, pagamos justos por pecadores.

No quiero que por mi culpa -porque soy la única responsable de esto- dos buenos hombres se vayan a quedar sin su sustento.

Además, quiero pedirles disculpas públicas: lo que yo hice estuvo mal hecho y espero que esta lección nunca se me olvide. Me siento terriblemente mal y me gustaría ofrecerles mis disculpas personalmente.

Nunca le he hecho daño a nadie adrede, y no quiero hacerlo en los últimos años de mi vida. Por eso me retracto y les pido disculpas públicas.

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