jueves, 23 de septiembre de 2021

Los tres rostros del amor

En el poemario La pasión disimulada (2010), de la escritora guayanesa Carmen Rodríguez, se nos propone una visión integral del discurso amoroso en el cual se hace patente la tríada cuerpo-alma-mente en el objeto del deseo.

 Si alguien en este pueblo no conoce
el arte de amar, lea este poema y,
adoctrinado por su lectura, ame.
Ovidio,
El arte de amar

Quizás una de las tareas más inútiles, por la ambigüedad y polisemia de sus conclusiones, sea la de teorizar acerca del amor. Ya en la antigüedad lo habían intentado Platón y Ovidio, para quienes las pasiones del afecto no eran más que una suerte de perpetua y fatigante búsqueda del otro, idealizado, que nos complementa y nos hace uno con la belleza y la eternidad. Fue distinta la concepción del amor durante la edad media, tiempo en el cual lo religioso penetró las prácticas y representaciones de lo humano, sirviéndole de andamiaje para todo el pensar y el actuar. Así, el amor medieval era visto a través de la búsqueda del ser divino, de la relación con la deidad, siendo San Agustín y Santo Tomás los promotores de esta forma de sentir y entender el amor. En los modernos tiempos de la mercancía, los viajes, el resurgimiento de la ciencia y el ensanchamiento del mundo, el amor fue relegado a las pasiones mundanas, a la faz oculta del hombre, compartiendo lugar con el hambre y los instintos. El amor pasa a ser cuerpo, carne y necesidad que nos hace equiparar con los animales, pudiendo en consecuencia ser medido y percibido como una curiosa mezcla de sustancias que produce nuestro organismo.

La historia del amor en occidente puede entenderse entonces como un recorrido que va de la mente, con el amor idealizado de Platón; pasando al alma, con el amor teológico de San Agustín y refugiándose, finalmente, en el cuerpo, representado en el amor carnal del individuo, refugiado en las masas anónimas de las urbes. Tres formas de entender el amor.

Es posible encontrar en la literatura universal ejemplos de cada uno de estos discursos amorosos: Dante Alighieri, en La vita nuova, representa el amor idealizado; el amor teológico se muestra con los poemas de San Juan de la Cruz; y Tirso de Molina, en El burlador de Sevilla, aporta con el personaje de Don Juan la visión del amor carnal.

En el poemario La pasión disimulada (2010), de la escritora guayanesa Carmen Rodríguez, se nos propone una visión integral del discurso amoroso en el cual se hace patente la tríada cuerpo-alma-mente en el objeto del deseo. La pasión disimulada, obra ganadora del Primer Concurso de Literatura “Stefania Mosca”, logra construir un discurso amoroso que puede filiarse en la tradición inaugurada por María Calcaño y Enriqueta Arvelo Larriva, en la cual el sujeto amoroso, la voz poética que canta al amado, se nos muestra ansioso, impaciente por llenar la ausencia del objeto que no termina de poseerse:

“Hoy me untaste mermelada en el corazón
Y la tarde se me tornó feliz
Pero al llegar a casa
Las hormigas me atacaron
Y me arrancaron tu voz”.

El afecto en La pasión disimulada, decíamos, se hace voz por medio de un sujeto que perennemente canta la búsqueda de su objeto amoroso, procurando el uso de un discurso tricéfalo. El primer rostro del discurso amoroso en La pasión disimulada es el del “amor mente” que, como mencionamos, se evidencia en la idealización del amado, y se vuelve presencia eterna y asfixiante:

“El silencio te trae y me acobijas
Cierro los ojos y sigo viéndote
Esta confusión mental se me torna perpetua
Una condena que me hace desear la muerte
Te grito
Te echo fuera
Te lanzo el libro que me impides leer
Y al rato vuelves
Entras sin permiso, sin tocar puertas
Sólo para que sepa que estás
Y retorne mi tormento”.

El segundo rostro del discurso es el del “amor alma”, en el cual el objeto del deseo se manifiesta como sostén, como soporte del sujeto que ama, ofreciéndole así una lógica de la fe que le da sentido a su existencia. En el amor alma, se existe porque se ama:

“Me estoy cayendo porque nunca volverás a habitarme”.

Para completar el discurso tricéfalo, el último rostro es el del “amor cuerpo”, cuya carnalidad exacerbada obvia toda atadura moral y termina siendo una avasallante conjunción de cuerpos extasiados:

“Instauro por decreto mi nombre en tu boca,
En tu piel
Y en el tuétano de tu humanidad
Ahora defiéndete
Que estoy montada sobre ti metiéndote en mi ser”.

Carmen Rodríguez, con La pasión disimulada, nos propone una relectura de la poesía amorosa venezolana, despojándola de llantos superfluos, de moralismos y lugares comunes. Una invitación para que, quien no conozca el arte de amar, lea este poemario y ame de una vez por todas.

Este poemario de Carmen Rodríguez, hecho con la verdadera voz de la poesía que, al decir de Rilke, no es más que la voz de lo más interno del ser humano, estará por siempre en un lugar destacado de esa vasta y variada biblioteca que es nuestra literatura venezolana.

Otras páginas

– El libro de la semana. Han vuelto a oírse por estos días las roñosas voces del populismo que desean hacer ver la historia de la conquista de América como una insípida película de buenos y malos. Para inmunizarnos contra esas ideas cazabobos, nada como el libro América en Europa, del escritor colombiano Germán Arciniegas. Publicado en 1975, en este ensayo se muestra el invalorable aporte de América al desarrollo del pensamiento europeo. Es, como lo dice el mismo autor, un libro “pensado al revés”, que busca superar la visión de inferioridad a la que se acostumbra estudiar la historia de América. América en Europa es un libro que debe ser consultado para entender que la realidad es múltiple, compleja y siempre va en múltiples direcciones.

El temor de la página en blanco. “¿Quién no ha tenido la horrible experiencia de estar sentado delante de una hoja en blanco que le sonríe a uno con su boca desdentada: ‘Adelante, vamos a ver si me pones la mano encima’?”. Amos Oz.

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