miércoles, 16 de junio de 2021 | 2:08 PM

Los trapos sucios se lavan en … Instagram

Nuestros maestros nos enseñaban que, una cosa es ser famoso y otra, estar en boca de todos. Esa distinción, muy rígida, ha perecido de asfixia por inmersión en el cuerpo acuoso social.

@omarestacio

Le debemos a Zygmunt Bauman, el concepto de “sociedad líquida”. Entre las causas de esta última, el autor, señaló la impotencia del Estado, como hasta ahora lo conocemos, ante el creciente poder de las grandes corporaciones supranacionales. Como se diluye esa entidad que, garantizaba a los individuos -al menos en teoría- la posibilidad de resolver de manera homogénea los distintos problemas de nuestro tiempo, las ideologías y los partidos políticos, dejan de tener importancia y, con ello, toda apelación de valores compartidos que, permitirían al ciudadano, sentirse como parte de un todo.

Cae, entonces, en bancarrota la idea de pertenencia a un colectivo. Surge el individualismo exacerbado, en el que nadie es compañero de nadie sino que todos se perciben como antagonistas. Al no haber puntos de referencia convergentes, todo se disuelve, se licuefacciona, de allí la denominación de “líquidas”, nada sólida, las sociedades resultantes de tal disgregación. Prosigue Bauman: Únicos asideros para el individuo en medio de tal dinámica son, el consumismo desenfrenado y el ansia de visibilidad, en la que, para no vegetar en un insoportable anonimato, se hará cualquier cosa a cambio de notoriedad. Hasta hace poco, ser el guapo o la chica más hermosa del barrio, bastaban. Hoy, la ansiada visibilidad, la otorgan los medios masivos de comunicación. Una integérrima madre de familia, típica, de dos generaciones anteriores, que estaba impedida, de pronunciar una sola palabrota, degenera -o evoluciona, según los gustos de cada cual- en mujer, que para hacerse notar, no vacila en divulgar los más sórdidos episodios de su hija soltera, o viceversa, en algún reality show de TV. O más expeditivo: conseguir que la reconozcan cuando asiste a misa los domingos, gracias a sacrificar la reputación de cualquier miembro de la familia, vía Instagram, FaceBook, WhatsApp, Twitter, TikTok, Snapchat o cualquier otra red social. Nuestros maestros nos enseñaban que, una cosa es ser famoso y otra, estar en boca de todos. Esa distinción, muy rígida, ha perecido de asfixia por inmersión en el cuerpo acuoso social.

Hay quienes predicen que los credos religiosos a la vuelta de pocos años, serán estadísticamente invisibles. Timothy Egan en “Peregrinación Hacia la Eternidad. Desde Cantebury hasta Roma en busca de la fe”, asegura que el 71 por ciento del segmento, entre 18 y 25 años, de nativos de EE UU, no profesa religión alguna; que solo uno de cada 20 franceses, puede considerarse practicante cristiano y que en, Reino Unido, en los últimos años “se han cerrado más de mil locales religiosos para su demolición, subasta o simplemente abandono y consiguiente, conversión en escombros”. Sin embargo, del célebre diálogo o debate, entre el entonces cardenal Ratzinger y el laicista, Junger Habermas, por lo menos este cronista, sacó en limpio, que el Estado liberal, de Derecho, democrático, secular, genera un ciudadano, perennemente, inconforme, exigente, respondón, con una cadena interminable de exigencias, imposibles de satisfacer. Ante el colapso de las ideologías aludidas al comienzo, la única forma de amalgamar al gentío, de adunarlo, tras un fin común, sería a través de la espiritualidad y moralidad enraizada en el pueblo”. Pero los creyentes cada día son menos. El panorama no es halagador.

Lavar los trapos sucios familiares en las redes sociales, en lugar de hacerlo en casa, por ansias de figuración, notoriedad, por ir tras minutos o centimetraje de prensa, repugna, desdice normas elementales, de educación, decencia, decoro, sobriedad, buen gusto; horada el patrimonio ético de la civilización. Convertir tal práctica en paradigma, remunerarla, pretender que se recompense en lo material, monetizarla, porque repotencia, una languideciente o incipiente carrera en la farándula, a costa de despotricar padre o madre contra hija o hijo, o viceversa, equivale a minar los escasos cimientos, solidaridad, lealtad, gregarismo, construidos en los últimos siglos.

No hay justificaciones ni excepciones que valgan.

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