jueves, 28 de octubre de 2021

Los raros de la literatura venezolana

Una obra rara es aquella que nos desubica como lectores. Nos saca del amodorramiento y nos increpa con desparpajo a abandonar los oxidados esquemas de interpretación para sumergirnos en textos elaborados con originalidad y asombro.

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El poeta nicaragüense Rubén Darío publicó en 1896 un libro de ensayos titulado Los raros. En él exhibía una veintena de semblanzas biográficas de escritores de su predilección, entre ellos, Edgar Allan Poe, Paul Verlaine, Lautréamont, José Martí y otros más, unidos todos por el calificativo de raros. Para Rubén Darío el término raro señalaba, más que una similitud estilística o temática, un afán de anticanon, de contracultura, de apertura de límites de la literatura hacia novedosos e insospechados formatos y lenguajes. Un raro en la literatura, para Rubén Darío, no era más que una oveja negra que no seguía ni se amoldaba a los dictados del canon ni al gusto imperante.

Sucede que el raro es un anacronismo. Está antes o después de los gustos y espectros de comprensión del público, confinado por siempre al cuarto de chécheres de la literatura. Por la incomprensión que generan sus textos, por la incomodidad de no saber qué hacer con ellos, terminan como curiosas piezas de un museo de anomalías y horrores. Aún así, ignorado e incomprendido, el raro se resiste a los dictámenes de las instituciones que participan en la definición de lo literario, orbitando perpetua y peligrosamente en las periferias del canon, y recordándonos de vez en vez que la literatura puede ser otra cosa distinta a la que suponíamos.

Alrededor de la llamada literatura venezolana revolotean algunos escritores periféricos, transgresores de la norma y cuyas propuestas de escritura resquebrajan gustos y concepciones preestablecidas. Entre ellos, podríamos incluir a Rafael José Muñoz (1928-1981) y su desvariada poesía impregnada de esoterismo y fórmulas matemáticas; a Raúl Chuecos Picón (1891-1937) y Pedro María Patrizi (1900-1949), con sus inusitadas insolencias y temas escabrosos de prostitutas y enfermedades venéreas en la pacata Mérida de principios del siglo XX; a Emira Rodríguez (1929-2017) y su experimentalismo casi al borde de la locura y a Salustio González Rincones (1886-1933) y sus naturalezas transfiguradas, dichas en una cadencia que se asemeja a los modernos ritmos urbanos del rap y el hip hop.

Podríamos mencionar además a Fray Juan Antonio Navarrete (1747-1814), con sus libros desmesurados y enciclopédicos, que invitan permanentemente al juego con el lector; a Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) y su afrenta contra la figura del autor al crear más de seiscientos seudónimos; a Andrés Mariño Palacio (1927-1966) y su exploración hacia la maldad y lo grotesco.

Una obra rara es aquella que nos desubica como lectores. Nos saca del amodorramiento y nos increpa con desparpajo a abandonar los oxidados esquemas de interpretación para sumergirnos en textos elaborados con originalidad y asombro. Quizás dos ejemplos basten aquí para hacernos una idea de la literatura rara. El primero, el poema Aristocrática, de Salustio González Rincones, publicado en 1907:

       

“Un pozo en el Barranco.
Flemática está y verde el agua.
Aristocrática agua, obligadamente enigmática.
Simpática es la canción de las ranas, ancha y selvática.

Rojos helechos. Críticos juncos.
Sobre la greda pálida, truncos
yerbajos ariscan sus espeluncos.

Fútil como una arruga,
se agobia el agua bajo la cuenca que la subyuga.

Los arenales
tienen blandura doméstica. En espirales
una gota asidua, titila del agua los vitrales.

Que sol…encomia
de ardor la tierra híspida y momia;
Solo el pozo, destella
bajo el Sol, luz atenta como si de estrella”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otro poema, esta vez de Rafael José Muñoz, puede mostrarnos a plenitud la extrañeza que origina este tipo de textos. Desde el título mismo, el poema La antitierra vista desde el espejil, de 1968, es un aterrador y maravilloso ejemplo:

       

“El cristofué me recuerda la Zona Excs, la Antitierra
donde un aire de blutz abre sus palitos.
El cristofué me recuerda huellas de otra vida,
vientos de Sulis, alcatraces de Sins,
Obeliscos dormidos en el lecho Rousal.

Según veo por el canto de este pájaro
él tiene cruces en su hondor, tiene sulijas
en la Milgrana de Sés Sojél Níger;
y tiene la campana de ludo en el Cajón
donde vientos transversales oscuros
se pasean en flitz y en flatz.

Es decir, que en el Cielo de la Antitierra
las cosas tienen su corazón cerca del Fuego 1,
cerca de la yerba central a 416,69,
lo que equivaldría a la siguiente fórmula:


Antitierra 500.000 años más un átomo de hidrógeno

Por cada litro de espacio sublimado,
equivalente a galaxias perdidas en Burrr,
galaxias aparecidas en Birrr.

Así
      1
________ – 1/n x n – Pi 34 más s
      3

      1
  _____ :
      4         28 x n
             _________
                 36a3

a mitad del paralaje trigonométrico”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada uno de estos raros ha aportado desde sus obras, sin hablar de sus peculiares historias de vida, el necesario cambio en la tradición literaria. Sin los raros, sin la continua afrenta y tensión que se producen en las fronteras de lo canónico, en ese espacio de indefinición y cambio permanente, la literatura no sería más que una eterna, invariable y aburrida lista de tareas cumplidas.

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Últimas palabras. Me ha dado por pensar que los escritores tienen en los epitafios la oportunidad para condensar en una sola frase la obra que trataron de pergeñar durante toda su vida. Epitafios de escritores hay muchos, dignos todos de mención, pero hoy solo ofrezco dos que despertaron mi curiosidad. El primero es del poeta chileno Vicente Huidobro. En su tumba se puede leer: “Aquí yace el poeta Vicente Huidobro. Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar”. Otro es del humorista español Enrique Jardiel Poncela: “Si queréis los mayores elogios, moríos”. Es en la página dura de la lápida donde el escritor ofrece el punto final a su imaginación.

Sultana del Ávila. José Heriberto García de Quevedo nació en Coro, el año de 1819. Se dice que fue descendiente del conocido escritor español Francisco de Quevedo. Escritor, periodista y diplomático, tuvo que abandonar el país cuando apenas contaba con seis años pues sus padres eran partidarios de la causa realista. En 1857 regresó a Venezuela como cónsul de España, cargo que desempeñó hasta 1860. En su oda A Caracas utiliza la expresión “sultana del Ávila”, como metáfora para describir a la ciudad tendida a las faldas del majestuoso cerro. Esta imagen literaria de la ciudad luego se convertiría, aún al día de hoy, como una de tantas formas de llamar a la capital de Venezuela. José Heriberto García de Quevedo murió en París, en 1871.

Mitad y mitad. “El autor sólo escribe la mitad de un libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector”. Joseph Conrad.

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