lunes, 20 de septiembre de 2021 | 10:53 AM

Los impávidos funcionarios y la Casa Blanca

Si el partido republicano en pleno apoya al presidente Trump, el precedente quedará y las malas prácticas serán toleradas. Las declaraciones recientes y con tufo amenazante del fiscal general William Barr, persiguen justificar cualquier acción del Ejecutivo.

Desde sus inicios, los Estados Unidos ha tenido una saludable alternancia en el poder, pero después de doscientos cuarentaitrés años, ahora esa cualidad está en jaque. El escándalo de Ucrania es revelador: el presidente usa todo el poder y recursos del Estado para abalanzarse y destruir a sus oponentes en las próximas elecciones. Con semejante ventaja a su disposición, ¿cómo podría un candidato de oposición ganarle a un presidente en ejercicio? Casualmente, esa es la pregunta de marras que se han hecho los legisladores latinoamericanos y por eso nuestra constitución venezolana de 1961 prohibía tajantemente la reelección inmediata. La reelección es un lujo sólo posible en sistemas muy sólidos, como hasta ahora lo ha sido el de los Estados Unidos.

No obstante, ahora está ese país en una encrucijada y la bifurcación es clara. Si el partido republicano en pleno apoya al presidente Trump, el precedente quedará y las malas prácticas serán toleradas. Las declaraciones recientes y con tufo amenazante del fiscal general William Barr, persiguen justificar cualquier acción del Ejecutivo. Cuando leí esas recientes declaraciones del fiscal pensé que quizás estaba dormida y en medio de esa trasposición de planos propia de los sueños. La cosa huele mal. A eso sigue la Corte Suprema, también en manos de una mayoría republicana quienes podrían justificar los excesos del Ejecutivo. En resumen, el país está en manos de un partido que se considera dueño del país al extremo de arruinar la nación constitucional.

Al partido republicano se le está deshaciendo la costura que todavía le quedaba desde que fuera cosido por Abraham Lincoln, quien le imprimió un rol progresista y celoso de las leyes. Ahora es un partido cuya cultura política ha mermado, lo que desdice mucho de sus integrantes. Además, se consideran ellos dueños del Estado. Sea por la fortuna de los oligarcas que los apoyan, por su apego a la ideología de la superioridad del hombre blanco, o por negarse a reconocer la heterogeneidad étnica y cultural del país, están ellos dispuestos a desbaratar la excepcional tradición democrática de los Estados Unidos. De continuar ese desmadre, se le estaría abriendo la puerta a los autoritarismos y a la inestabilidad política.

Los eventos están por verse, cualquier cosa puede ocurrir. De lograr la nación salir airosa de esta pesadilla, habría reconocimientos tanto para el Congreso como para la extraordinaria libertad de prensa: la solidez del sistema no ha sido casual. Pero hay algo más por lo que esta historia se está poniendo buena: los funcionarios públicos se han convertido en los salvavidas imprevistos de la jornada. Su determinación de presentarse a testificar muy a pesar de las amenazas, ha conmovido a la nación.

Aunque se trata de funcionarios de muy alta jerarquía, no es mucho su poder de vuelo. Su trabajo es cumplir las órdenes de acuerdo con los procedimientos. No son rambos, ni héroes épicos, sino gente que cumplen con su trabajo y resuelven problemas. A Hollywood le costaría dramatizar esas acciones de hormigas o ratones de biblioteca, como se les quiera llamar, a los también llamados “funcionarios de carrera”. Desde otra óptica, un guión de cine así se acercaría más al estilo de Akira Kurosawa, quien en su cinta Ikiru retrató a un funcionario feliz de morir en el parque infantil que ayudó a construir desde su papeleo de oficina. A Kurosawa le hubiese encantado este drama de Capitol Hill y mostrar al ratón liberando al león.

Sin embargo, podrían estos diplomáticos y altos funcionarios no ser escuchados. Ya ha ocurrido. Antes del ataque del 11 de septiembre se desestimó un alerta de unos agentes de la CIA sobre Al Qaeda. De salir el presidente Trump airoso de este proceso, quedaría confiar en el juicio de los electores para las presidenciales del 2020.

A los funcionarios públicos les gusta reglas del juego claras, eso les da autonomía y seguridad. Con un Estado funcional ellos pueden protegerse mejor. Tan invisibles que pudieran parecer, son muy necesarios. Nadie se esperaba que fueran trabajadores de esa casta quienes darían la cara para defender la transparencia del Estado.

Estrellas fugaces: tengo tiempo que no escucho a alguien decir “funcionario de carrera”. El chavismo acabó con eso. Esa frase no la he leído en la prensa por un buen tiempo. Sin embargo, aún hay funcionarios encantados de ayudar, sin jueguitos para estar cobrando peaje, nada de eso. Son como estrellas fugaces, por eso, cuando sé de uno, riego la voz.

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