jueves, 21 de octubre de 2021

Los gritos de hambre

¿Llegarán, algún día, los gritos del hambre a las mansiones, insonorizadas y blindadas, de la cúpula podrida?

El hambre grita en el estómago de la mayoría de los venezolanos, pero el onanismo cupular solo se oye a sí mismo. Escucha, únicamente, los susurros que surgen del hedonismo concupiscente que está en la base de todo lo que su cuerpo les pide. Están aterrajados al placer que les proporciona el poder, porque de este dependen todos los goces, sibaritismos, voluptuosidades, sensualidades, regodeos y refocilaciones de cualquier naturaleza. Sin privaciones, estoy segura que el modelo que tienen en la cabeza es el de los más disolutos y licenciosos emperadores romanos. Digamos Calígula, un personaje harto conocido, al que Hollywood le ha dedicado unas cuantas películas.

La macolla se autocomplace con toda generosidad, convencida de que se merece todo lo que pueda darse, porque su superioridad, preeminencia y superlativa condición la convierte en una suerte de raza aria, situada en el cenit de la pirámide social. Debajo se encuentran los demás. En situación de inferioridad y con la única misión de servirles para mantenerse en la cima: por y para siempre.

 Solo hay que escuchar al locatario miraflorino, al tipo del maso, al super general empadrinado, al mandamás del FAES, a la cofradía de los Rodríguez, a la peliensortijada y empranada dueña de las cárceles, e incluso a otro que, si bien tiene muchos beneficios, no se le conoce oficio alguno como Carreño, para concluir que tienen rangos de jeques, de machos alfa, de padrotes. El resto son, simplemente, sus manadas, sus rebaños.

Son dueños de los 916.445 kilómetros cuadrados que tiene Venezuela, con todo lo que está en la superficie, y también, con más razón, en el subsuelo. De allí obtienen sus riquezas y las de sus aliados. Esclavizan a los pobres para acumular fortunas incalculables, y siempre quieren más. Su codiciosa avaricia no tiene límites, y visto lo visto, ni fecha en el calendario.

 Mientras la cúpula se hace más rica, la pobreza se expande como una mancha roja rojita, que envenena la precaria existencia de los venezolanos. Porque solo la élite dominante tiene derecho de pernada, como los señores feudales de la más oscura edad media. El poder que erotiza la ambición desmedida y la extrema riqueza de la cúpula socialcomunista han profundizado la brecha entre las clases sociales. La distancia que impone el coronavirus es una minucia, si la comparamos con el abismo que separa a los poderosos de la pobrecía, que este despotismo instrumentaliza para su uso y beneficio.

Viven a cuerpo de rey en lugares privilegiados, se desplazan en jeeps privados. Seguros y blindados, no se arriesgan a juntarse con la chusma, porque su olfato es muy sensible y la pobreza huele mal. Pudiera oler a limpio, pero no hay manera de bañarse por la falta de agua en todo el país. Lo que no se resuelve con cisternas donadas por el comunismo chino, sino con inversión y mantenimiento de los acueductos. Construidos, dicho sea de paso, por los gobiernos democráticos y que la tiranía socialista destruyó a paso de vencedores.

Para la higiene básica hace falta jabón, pero se escapó de las manos, del presupuesto y de los anaqueles. Tal como ocurrió en Cuba, donde los camaradas de otros países llegaban con su cargamento para distribuirlo entre los resignados habitantes de aquella tiranía. Nunca pensé que sufriría lo mismo en Venezuela, pero el socialismo del siglo XXI se encargó de añadir la falta de higiene a las miserias de la pobreza. Durante los últimos años, muchos esperaban sus remesas y la caja con su respectivo jabón de tocador, hoy transformado en un lujo por obra y gracia de la casta en el poder. Esa que no disimula su grosera opulencia, y muestra con descaro el fruto de su corrupto proceder.

Cuando los escucho en sus ladillosas y recurrentes cadenas nacionales, me pregunto si les importa que la mayoría de los venezolanos estén pasando el hambre pareja. O sí les preocupan los enfermos que no tienen medicinas ni hospitales, o les angustia la alarmante desnutrición de nuestros niños o la triste vida que sobrellevan los ancianos, muchos condenados a morir solos y hambrientos. ¿Llegarán, algún día, los gritos del hambre a las mansiones, insonorizadas y blindadas, de la cúpula podrida?

Agridulces

Se fue Directv, con lo cual la hegemonía comunicacional de esta tiranía socialcomunista cierra cualquier posibilidad para que recibamos información confiable y contrastada. Quedan los canales del régimen que son su maquinaria propagandística, destinada a liquidar lo poco que quedaba de libertad de expresión y comunicación. ¡Fake news en estado puro!

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