lunes, 20 de septiembre de 2021 | 1:21 PM

Los brujos de la democracia no están en las zonas populares

Las comunidades de Guayana comprendieron con los últimos procesos electorales, ya marcados en todo los años del chavismo por los abusos y ventajismos del Estado, la emboscada de elecciones que no elijen.

@ottojansen

¿La política se diluye en el ánimo venezolano? Esos esfuerzos por la la toma del poder y los cambios, grandes o pequeños, producidos a raíz de los procesos electorales, ¿se extravían del interés colectivo? La pregunta nos resulta un caprichoso ejercicio, aunque innegablemente lo amerite en función de respuestas útiles. La afirmación para muchos tiene como fundamento el hastío popular ante el caos institucional, que choca con la obligación de insoslayables luchas por la democracia (concepto que, por sus debilidades en el transcurso reciente, está igualmente cuestionado según pensadores del tema). Pero la indiferencia supuesta, en lo atinente a Venezuela, ubica las expresiones significativas en todo el espectro social, aunque de manera particular en las zonas populares; la periferia atosigada de miseria en las grandes ciudades, así como en los pueblos distantes, agredidos por el centralismo.

El estado Bolívar, por su significado para el país, ofrece la mejor tarea de campo con indicadores importantes en ese sentido (la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, Encovi, de la Universidad Católica Andrés Bello, UCAB, contribuye sustancialmente con la investigación social), y además, sumando otros elementos necesarios, podemos profundizar lo que cada aspecto (partidos, distorsiones y aberraciones del ejercicio gobernante y personalismos) por sí mismo puede tener de peso.

Una premisa que le he estado leyendo a la comunicadora social caraqueña Carolina Gómez-Ávila (con quien puede coincidirse o no en sus apreciaciones, pero a la que no puede quitarse la honradez y el rigor) señala que las numerosas protestas no enfocan lo medular del asunto: para obtener reivindicaciones sociales deben existir cambios políticos, por lo que la lucha debe ser la exigencia de democracia y no la petición al detal de soluciones que no remediarán nunca carencias que solo con la existencia del estado de derecho son posibles.

El tema desde otras perspectivas -recuerdo- fue de los exquisitos y recurrentes puntos de enfrentamientos en la vieja izquierda venezolana, lejos de las aberraciones de los que ahora se califican como revolucionarios. Pero la exhortación de Gómez-Ávila se torna pertinente en la circunstancia presente; un elemento por considerar en la elaboración política. Los otros puntos que tienen incidencia en la aparente indiferencia de la población al planteamiento político tiene que ver con la deficiencia del mensaje de alternativa al fracaso chavista, y dentro de este mensaje es importante destacar a Ciudad Guayana como principal bastión electoral del estado Bolívar en la construcción de una narrativa (en su condición de metrópolis) que hilvane y se constituya en factor de todas esas iniciativas aisladas protagonizadas por incipientes organizaciones de la sociedad ante el vacío de una dirigencia partidista opositora ritual, percibida como corrupta o, en el mejor de los casos, como paladín de la nostalgia.

La farsa parlamentaria

Las comunidades de Guayana comprendieron con los últimos procesos electorales, ya marcados en todo los años del chavismo por los abusos y ventajismos del Estado, la emboscada de elecciones que no elijen. Ni siquiera hay que poner el ejemplo más dantesco de haber modificado, cuando aparentemente el resto de los operativos con las autoridades civiles y militares fracasaron en las horas cruciales, las actas de totalización para adjudicar la victoria en la gobernación del estado Bolívar, al candidato de la revolución. Ya estaba en boga en las comunidades, pero la incomprensión de partidos políticos aferrados a la única estrategia que les es cómoda (que les permite vedetismos y no les expone a las luchas con la población), al igual que el chantaje cultural democrático que opera en estos casos, había impedido que la gente rechazara la participación en estos eventos intervenidos. La oportunidad llegó con las presidenciales de 2018, donde fue absolutamente claro que el sentimiento popular no acompañaría un acto construido para la permanencia de Maduro, hecho que se impuso a la agenda de las organizaciones políticas y que nunca cristalizó el intento de algunos grupos de convertir la elección en la proyección de liderazgos de papel, por una parte, y otorgar legitimidad internacional a esos resultados.

 Francisco Arévalo, conocido poeta de Ciudad Guayana, escribe en su cuenta de Twitter: “Poco a poco se ha ido destruyendo el voto como instrumento de alternancia civilizatoria. Voluntad-preferencia sirven a una banda que no juega carritos ante el poder y el dinero. La política ya no es servir a la gente sino mantenerla idiotizada. El ‘voto’ certifica la trampa”. Visto este repaso, cuando se enfoca a dos actividades que teóricamente convocan este próximo mes de diciembre a la participación, las parlamentarias del Gobierno y sus partidos secuestrados y la Consulta Popular que impulsa la Asamblea Nacional con Guaidó a la cabeza, la prueba de que la indiferencia venezolana a la política no es tal, podrá tener visos rotundos de comprobación. Quedará en evidencia que lo que existe es el desprecio a actores políticos farsantes, a funcionarios corruptos, fanatizados e ignorantes de valores algunos; bufones de compañía tras sus intereses, y no a la política, extraviada del ejercicio venezolano. Por eso la pertinencia de la realización de una consulta nacional técnicamente pulcra y de allí que pueda deducirse que los “laboratorios” para engatusar a los ciudadanos, esas “hechicerías” del acto electoral, no se arman desde el sentimiento popular. La gente lo que quiere son elecciones libres y justas, porque se encuentra urgida de progreso, desarrollo y sosiego: del estómago y del alma.

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