sábado, 27 de noviembre de 2021

Libertad para Rubén González

En estas satrapías el poder también se mide por el número y relevancia de los espiados, perseguidos y presos que se puedan acumular.

En democracia no existen presos políticos. En Venezuela hay y ha habido muchos, porque este ex país tiene dos décadas recorriendo el túnel del autoritarismo mesiánico, alimentado con los postulados del izquierdismo más represivo y retardatario, hasta instalarse en un socialcomunismo de inspiración castrista, para convertirse en una copia al carbón de la tiranía cubana. Ese despotismo dinástico que ha fagocitado y colonizado a Venezuela, a tal punto que hoy son dictaduras hermanadas por sus flagrantes violaciones a los derechos humanos.

Los tiranos ven la libertad como un peligro, por eso la cercenan y combaten con todos los medios a su disposición, tanto legales como ilegales. Lo esencial en tiranía se concentra en vigilar, censurar, inspeccionar, acechar, espiar, perseguir y controlar, para luego reprimir, castigar, apresar, torturar, condenar, penalizar y apiolar. Hay más infinitivos en el diccionario de sinónimos, que pueden ser usados para calificar lo que una tiranía perpetra contra la ciudadanía, a la que siempre tiene “en estado general de sospecha”. Nadie que respire el mismo aire de quienes detentan el poder en estas dictaduras, está exento de ser considerado sospechoso, y por lo tanto víctima potencial de la paranoia cupular.

En la propia cúpula se cuidan unos de los otros y se comportan como una jauría en la que sólo hay machos alfas. Duermen con un ojo abierto y otro cerrado, rodeados de guardaespaldas y cada cual con sistemas de seguridad de última generación para protegerse hasta de su propia sombra. Todo aquello hace que cada miembro de la macolla busque controlar a los “amienemigos” cercanos, que los quieren joder y sacar del poder. Por eso juegan adelantado, transgrediendo sus propias leyes y normas.

En estas satrapías el poder también se mide por el número y relevancia de los espiados, perseguidos y presos que se puedan acumular. Sabemos que el bigotudo -cada vez más parecido a Sadam Hussein y a Stalin- le puso el ojo a Rubén González. Detenido hace 20 meses en La Pica por denunciar la corrupción en Ferrominera Orinoco y defender los derechos laborales de los trabajadores en general, pero particularmente de los obreros.

En dictadura los tribunales militares juzgan y sentencian a los civiles. Por eso el mayor general José Rojas Borges, presidente de la Corte marcial del circuito judicial penal militar posterga, sin mayores explicaciones. La decisión de anular una condena de casi 6 años contra Rubén González. Estos militares cumplen órdenes de quien se hace llamar presidente obrero de un Estado democrático y social de Justicia. “Verás que todo es mentira, verás que nada es verdad” como dice Enrique Santos Discépolo en el tango Cambalache.

Sigo en el ámbito del tango y de las milongas al evocar al “gato maula con el mísero ratón” como una metáfora de las perversiones y maldades, que la élite dominante despliega contra ciudadanos que lo único que han levantado es su voz para denunciar injusticias, corrupciones, crímenes, ilegalidades, abusos, ilicitudes, desapariciones forzadas, torturas, juicios amañados, encarcelamientos prolongados y otras violaciones de los derechos humanos de nuestros compatriotas. La disidencia opositora sólo cumple con su deber al denunciar los crímenes del poder, pero sabe a lo que se expone, porque como lo dejó dicho Francisco de Quevedo y Villegas “Donde no hay justicia es peligroso tener la razón”.

Estos tiempos de pandemia han profundizado el carácter represivo de esta dictadura. El número de presos políticos aumenta, pero hay algunos que siempre están en el foco de la represión. Me refiero a Gilbert Caro, preso una vez más, en las ergástulas de la “iriscunda” ministra calabocera. Pero en esta ocasión se las han ingeniado para aumentar el dolor y el sufrimiento de este diputado, a quien le diseñaron un tigrito debajo de una escalera. No mide 3×3, ni siquiera la mitad, para que Caro permanezca encorvado y agachado de día y de noche, sin agua y sin comida. Esta modalidad de tortura revolucionaria se ejecuta en la sede del FAES, y la situación es tan grave que Theresly Malavé, su abogada, solicita su traslado al Sebin.

Agridulces

La trata de blanca es una de las consecuencias de la miseria socialcomunista instaurada en Venezuela. A muchos y a muchas no le queda otra alternativa que someterse a esta infame e ignominiosa esclavitud para sobrevivir. En ese inframundo signado por la violencia y la explotación la vida no vale nada, por lo cual es casi imposible salir indemne.

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