viernes, 17 de septiembre de 2021 | 10:34 PM

Las olas del feminismo  

Simone de Beauvoir sintetiza su propuesta teórica: “La mujer no nace, se hace”, que muchas generaciones han hecho suya, pero hoy es parte del dogma de la llamada ideología de género.

Simone de Beauvoir sintetiza su propuesta teórica: “La mujer no nace, se hace”, que muchas generaciones han hecho suya, pero hoy es parte del dogma de la llamada ideología de género.

Ser feminista es lo políticamente correcto en estos tiempos que corren. Las y los ayatolas de esta suerte de teocracia exigen incondicionalidad absoluta de su rebaño, la misma que demandan de los camaradas, desde que se organizó la primera célula en la historia del comunismo. Porque está claro que feminismo y comunismo no sólo riman, sino que están, indisolublemente, apersogados, atados, agavillados para imponerse social, política y culturalmente como la única salida que le queda a la humanidad entera.

El feminismo, considerado una ideología por los estudiosos, ha tenido varias manifestaciones conocidas como “olas”. Están documentados los orígenes -de lo que sería la primera ola- entre los siglos XV y XVI, cuando algunas mujeres reclaman su derecho a recibir educación y denuncian lo relegada que están las féminas de aquel entonces. De esa época sobresalen obras de hombres y mujeres unidos por un mismo propósito. Por ejemplo: La Ciudad de las damas de Christine de Pizan (1405), La igualdad de los sexos del sacerdote Poulain de la Barre (1671), De la nobleza y la preexcelencia del sexo femenino (1529) de Cornelius Agrippa, entre otros.

Este primer feminismo -que surge de las revoluciones liberales- luchará por el acceso a la ciudadanía, el derecho a la participación política y a la educación. Grandes pensadores como Voltaire, Diderot, Montesquieu y Condorcet unen sus voces para reclamar igualdad entre hombres y mujeres. La obra fundacional de esta primera ola es el libro de la británica Mary Wollstonecrat: Vindicación de los derechos de la mujer. Su legado será recogido, nada y nada menos, que por John Stuart Mill en su libro La Sujeción de la mujer (1869). Aquí denuncia la desigualdad ante la ley entre hombres y mujeres. Valga recordar que, como diputado de la Cámara de los Comunes, Stuart Mill propuso que se cambiase en el reglamento electoral la palabra “hombre” por persona, para habilitar el voto femenino. No lo logró, pero aquel mismo año, 1869, se crea en Inglaterra la Sociedad Nacional del Sufragio Femenino, que alcanza su objetivo en 1918.

En Estados Unidos la primera ola se inicia en 1848 con la “Declaración de Séneca Falls”, basada en la Declaración de Independencia de EE UU. En esta se hace énfasis en los derechos de participación política para la mujer y contra las restricciones de carácter económicos imperantes en la época, como la prohibición de tener propiedades y dedicarse a la actividad comercial. En 1918, como en Inglaterra, se aprueba la Decimonovena Enmienda, por la cual el voto femenino fue posible. Aquello ocurrió en un Congreso republicano y 70 años después de la Declaración de Seneca Falls.

Si la lucha por el sufragio marcó la primera ola con el liberalismo como telón de fondo, es el marxismo el que impulsa la segunda ola. De hecho, Márquez y Laje hablan de feminismo marxista. Federico Engels impone su relato a través de su libro El origen de la familia la propiedad y el Estado, publicado en 1884. El mayor interés del socio de Carlos Marx fue demostrar que la monogámica es sólo un tipo de familia que nace como consecuencia de la propiedad privada. Por ello se esmera en describir y promocionar una comunidad primigenia en la que prevalece la mujer: etapa dorada con un régimen matriarcal con la poligamia y la poliandria en estado puro. Comunismo primitivo es este paraíso hembrista, derrocado por la propiedad privada.

Engels es enfático y no deja espacio para la duda cuando afirma: “El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa, la mujer se vio degradada, convertida en servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción”. Cayó así el edén matriarcal arrasado por el patriarcado, que llegó de la mano de la propiedad privada, punto de partida de la lucha de clases.

La tercera ola feminista tiene su origen en el Mayo Francés de 1968 y en El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir (1949, su libro fundacional). Sin dejar de lado el problema económico, ella coloca en primer plano la necesidad de un cambio cultural de fondo: en las costumbres, en las creencias en la moral. La escuela de Frankfurt y su marxismo cultural, junto al existencialismo de Sartre, le sirven de soporte a su propuesta, contenida en el Segundo sexo, la obra más importante del feminismo del siglo XX. Beauvoir sostiene que “mujer” es un concepto construido, carente de esencia, artificial. De suyo, una frase sintetiza su propuesta teórica: “La mujer no nace, se hace”, que muchas generaciones han hecho suya, pero hoy es parte del dogma de la llamada ideología de género.

 

Agridulces

En este paraíso socialista -humanista y feminista- han sido asesinadas 99 mujeres en los primeros cinco meses del año. 21 no se consumaron, en medio de una violencia descontrolada en la que está sumergido este ex país: cada más colonizado, pobre y desigual.

 

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