domingo, 16 de enero de 2022

La semántica del hambre

La riqueza del cogollo se levanta sobre la miseria de las grandes mayorías. Estas se confundirán primero, pero luego extenderán la mano de la mendicidad para recibir limosnas. | Foto cortesía

La riqueza del cogollo se levanta sobre la miseria de las grandes mayorías. Estas se confundirán primero, pero luego extenderán la mano de la mendicidad para recibir limosnas. | Foto cortesía

El hambre es un recurso usado por las tiranías socialcomunistas, desde que Lenin la impuso como forma de represión colectiva. Stalin la perfeccionó hasta el día de su muerte, entre los pueblos que conformaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. De una crueldad sin parangón fue el holodomor, que mató millones de ucranianos, quienes espoleados por la hambruna hicieron del canibalismo una manera de prolongar el sufrimiento al que fueron sometidos. Las fotos de aquellos seres humanos, en el último estado de desnutrición, harapientos y arrastrándose con las pocas fuerzas que le quedaban, debieron ser un aldabonazo para la humanidad. Pero no fue ni es así. Putin difunde orbi et orbi su admiración por Stalin, y en muchas democracias -organizaciones de devoción leninista, trotskista, y maoísta- campan a sus anchas, a lo que debemos añadir la permanencia de tiranías de corte estalinista en China, Cuba, Venezuela y ahora en Perú.

Los peruanos que no fueron capaces de hacer aprendizajes vicarios al ver la tragedia de los venezolanos y de los cubanos, sufrirán en sus propias carnes lo que significa el hambre, como “escasez de alimentos que causa carestía y miseria generalizada”. Es cuestión de tiempo para que los sectores más empobrecidos empiecen a transitar los pantanosos caminos, que llevan a un pueblo a deslizarse por el abismo de la pobreza, hasta enterrarse en la más profunda miseria. Debidamente planificada y administrada por las élites dominantes, que la instrumentalizan para patrimonializarla.

Seguirán utilizando la narrativa de la igualdad y la dignidad que convenció al pueblo, pero todo se quedará en el terreno de las palabras. Porque sus acciones se dirigirán a auto prodigarse los lujos, la opulencia, el esplendor, el boato y los placeres que proporciona la riqueza de un Estado. Ese que le abrió las puertas del poder para el disfrute de y en todos los sentidos.

El resto de los habitantes serán simples espectadores de las asombrosas transformaciones, que los tesoros de una nación hacen posible en la fauna socialcomunista. Porque este bandalaje devenido en casta, sólo sabe dilapidar la riqueza de las naciones que asaltan para su exclusivísimo beneficio personal. Nunca crearán riqueza, que es la única manera de evitar que la pobreza aumente. Pero aquello no es propio del modelo estalinista, que todavía tiene gran influencia en el planeta, como lo demuestra Martin Amis en La Indulgencia Asimétrica.

La riqueza del cogollo se levanta sobre la miseria de las grandes mayorías. Estas se confundirán primero, pero luego extenderán la mano de la mendicidad para recibir limosnas en forma de misión, pensión o bono. Cuyos montos son insignificantes para sobrevivir en la economía de la destrucción y del botín, propia de estas dictaduras. En la gramática de este ecosistema castrocomunista, las palabras que más se repiten tienen que ver con el campo semántico del hambre: desnutrición, raquitismo, delgadez, debilidad, depauperación, etc. Pero también nos retrotrae a aquel vocablo premonitorio, espetado por el paracaidista cuando ascendió a las ricuras del poder.

El sustantivo escualidez tiene dos acepciones: suciedad, asquerosidad y flaqueza, delgadez, mengua de carnes. Como adjetivo significa flaco, macilento. Resumido en dos palabras tenemos: pobreza y miseria. Justo lo que impuso el socialismo del siglo XXI en Venezuela. Sintetizado por el difunto con el término escuálido, como hizo Fidel con gusano para designar a sus adversarios. Todo fríamente calculado.

El hambre en Venezuela se desliza -cuesta abajo en su rodada como dice el tango aquel- hacia el infierno de una hambruna que pone en peligro la existencia de las grandes mayorías, sumergidas en una pobreza orgánica e integral contra la que resulta muy difícil luchar. Básicamente porque los alimentos se han convertido en objeto de deseo de los encogollados. Esos que hacen sus más lucrativos negocios con su importación, mientras la producción nacional es boicoteada, saqueada, confiscada, invadida. También alcabalizada mediante la matraca o matraqueada a través de la alcabalización, como les suene mejor.

La hegemonía alimentaria enriqueció a los primeros que llegaron hace 22 años, y ha seguido encumbrando en el universo de los ricos y pudientes a exvendedores de llaveros como Alex Saab, o a Naman Walik, nacido en Alepo, pero que fue buhonero en Petare. Dos nombres que se conocen porque su enriquecimiento ha sido tan desproporcionado y veloz, que han tenido que lavar miles de millones de dólares y han dejado sus huellas en la escena del crimen.

Agridulces 

Ana y Ada son los nombres de dos mujeres que han puesto al descubierto la creciente debilidad de una tiranía con piel de algodón. Álvarez y Macuare son sus apellidos. A la primera la humillaron, la obligaron a retractarse y la excluyeron de la milicia, y a la otra la encarcelaron por reclamar recursos básicos para atender a los enfermos de Anzoátegui.

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