lunes, 29 de noviembre de 2021

La mente autónoma que tenemos

En este breve espacio podría disertar sobre la mentalidad colonial, pero es más justo con los venezolanos batalladores, escribir sobre la autonomía cultural y de pensamiento, y sobre qué suelo ésta se erige. El mejor antídoto para la colonización es fortalecer la propia cultura. por Rosix Rincones Díaz.

Fue producto de la adversidad, que en días recientes viera un video donde el señor Maduro, visiblemente contrariado, se asombraba de la mente colonizada de la oposición, es decir, de los venezolanos. La frase en cuestión mente colonizada, es quizás el concepto más importante de los estudios postcoloniales, y un puntal de la ideología de izquierda. Pero en boca del muy preocupado Maduro es algo aún mayor, es una frase contundente de la propaganda castrocomunista. Los postcolonialistas deberían verse en ese espejo.

Imagino que es un concepto muy manoseado en los predios del chavismo. Posiblemente a Maduro se le ocurrió que era una manera muy elegante de insultar a la oposición. Para el castrocomunismo, tener una mente independizada debe ser equivalente a pensar exactamente como los Castro. Heridos como están de haber sido los cubanos los últimos en independizarse, y eso con ayuda gringa, no se les ocurre nada mejor para sacarse el clavo que pasar de ser colonizados a colonizadores. Para ellos debe ser difícil los términos medios, tener mentalidad independiente y una relación de igualdad con los demás países. No, nada de eso. Por el contrario, les debe dar un éxtasis inimaginable tener su bandera y a sus gobernantes en la mesita de Miraflores.

Escuchar nuevamente esta frase me retrotrae a mis divergencias con los estudios de postcoloniales debido a su sesgo ideológico. Hace varios años, los académicos postcolonialistas venezolanos venían publicando y siendo celebrados en el país. Su posición era hegemónica en los debates universitarios. Era casi un sacrilegio disentir de esos autores públicamente. Afortunadamente, en universidades periféricas y muy modestas, como en la Universidad de Guayana, era posible un espacio para una discusión académica sin temores. Fue una muy recordada profesora de la Universidad del Zulia, quien me dio a leer los textos de estudios postcoloniales, y con ella debatí, por ejemplo, mis serias dudas sobre el tono y el discurso tan apabullante en contra de Andrés Bello. En ese entonces pensé que algún académico izquierdista influyente debió haber inculpado a Bello por la mente colonizada, y por allí se deben haber guindado todos los demás. En esos textos que leí tenían al gran gramático del español en América, como un balón de fútbol, dándole patadas por todos los lados. Algo tenía que estar mal. Fueron tiempos de mucho respeto y diálogo real entre mi profesora y yo, y fue una dicha debatir académicamente en un ambiente de libertad.

Por fortuna, el estudio de la postcolonialidad es un campo que cuenta con investigadores de muchas partes del mundo, gente con mucha metodología y, especialmente, muy honesta. Desde esa perspectiva podría disertar sobre la mentalidad colonial, pero es más justo con los venezolanos batalladores, escribir sobre la autonomía cultural y de pensamiento, y sobre qué suelo ésta se erige.

Una cultura y una agricultura propias y plantadas en sus búsquedas, unas instituciones identificadas con el país y sus buenas leyes, nada como eso para sembrar las semillas de una mente autónoma. La estructura económica de una nación es la plataforma donde confluyen todos esos esfuerzos.

Sacar todo el oro de las reservas del BCV y de las minas para montarlo en aviones no es una manera de sembrar una mentalidad autónoma: esa fortuna terminará en los bancos de los países que tranquilamente vendrán en el futuro a imponernos condiciones, rodilla en tierra. La historia mundial de los saqueos a países ha sido eso.

La gente es autónoma cuando ama y piensa en construir país. Cuando un pueblo siente arraigo cultiva, construye, vive en la libertad necesaria para tener sus hijos y educarlos.

Ciertamente, los españoles nos trajeron instituciones, una religión, la gramática española. Los gringos nos enseñaron a explotar el petróleo. Esa ha sido la historia de la humanidad. La agricultura, el fuego, la rueda, fueron inventados o enseñados, esa ha sido nuestra vida de pueblos. Los romanos les llevaron los acueductos y la organización de estado a su imperio. Innegablemente, estos dominios, sean por la fuerza o no, despiertan una admiración demasiado obediente, o una aceptación sumisa de valores, usos y creencias resultado de esa colonización, ocupación o intercambio. Pero para deshacerse de esa mente colonizada, no se puede partir desde un cuerpo desnutrido, una cultura desnutrida.

Es el orgullo por la propia cultura lo que protegió a los egipcios de los Ptolomeo. Fue mucho lo que se sembró en las márgenes del río Nilo, fue mucha la ciencia y el arte que se cultivaron incluso antes de la construcción de las pirámides. Por eso los griegos no pudieron someterlos mentalmente. Es el orgullo cultural mucho más fuerte que las armas. Eso puede contra el racismo y otros valores nefastos que pudiesen traer grupos dominantes en este y otros suelos.

Infamias, como, por ejemplo, la de aliarse con el castrocomunismo para confabularse contra la libertad de Venezuela, innegablemente ha retrasado el país, política y económicamente, como no lo ha hecho ningún grupo dominante en la historia de este país. El castrismo y su utopía trasnochada no es la mentalidad autónoma que queremos.

Como dije al inicio, hay que dudar de esa desvalorización de prominentes venezolanos provenientes de la palanca postcolonialista. Los ataques tan virulentos, por ejemplo, contra Andrés Bello o Rómulo Gallegos, deben llamarnos la atención. Es como si quisieran no dejar un árbol parado. Por eso celebro los esfuerzos recientes para reivindicarlos.

¿De qué mentalidad autónoma puede hablar el chavismo cuando no se abona la tierra para el cultivo y la creación? Basta con prender la radio o la televisión para percibirlo. Salvo algunos programas de opinión, lo que hay son producciones repetidas porque en el presente la siembra es muy escasa. La educación está tan desnutrida como también lo están muchísimos niños. Comprensiblemente, como respuesta a eso, muchos jóvenes han salido del país. La diáspora es también una búsqueda de autonomía.

El mejor antídoto para la colonización es fortalecer la propia cultura.

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