sábado, 22 de enero de 2022

La extinción del alma nacional

La destrucción es mucho mayor de lo que parece a primera vista. Ya hay momentos en los que dudamos de que Venezuela tenga salvación. Somos una tierra en la que toda maldad tiene su asiento.

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En fecha reciente el autor venezolano Laureano Márquez escribió un artículo que debería ser de lectura obligatoria para los ciudadanos de Venezuela, tanto los que permanecen dentro del país como ese porcentaje que va en aumento de los que dejándolo todo, conforman la diáspora venezolana que se encuentra presente en los cinco continentes de este planeta. Su título El mayor daño.

Plantea Márquez que el posible daño que estos veinte años de chavismo-madurismo-militarismo-populismo-colaboracionismo ha ocasionado al país y su sociedad, sobrepasa límites inimaginables. Dice: “Quizá el mayor daño que el régimen ha hecho no es la destrucción de la industria petrolera ni la desaparición del oro ni la quiebra de la agricultura y de la industria; no es ni siquiera condenar al exilio al 10% de la población, la destrucción del sistema educativo y el haber conseguido que Venezuela tenga la inflación más grande del planeta, que la mortandad de cada día sea solo un dato estadístico, que los niños estén muriendo de desnutrición”.

A continuación explica la premisa de la cual parte: “El mayor daño (el régimen) lo ha hecho en la demolición del alma nacional, de la esperanza ciudadana, de la dignidad de un pueblo. También han sucumbido en este asalto a la cordura, el sentido común, la bondad, la tolerancia, la compasión y el respeto”. Ante estas estremecedoras percepciones, el autor agrega: “El mayor daño ha sido hecho a nuestros corazones, que se han vuelto incrédulos, desconfiados; que solo ven maldad y traición por todas partes. Ya no confiamos en nada ni nadie; toda opinión que no sea la nuestra nos parece interesada, despreciable, digna de agresión e insulto”. Desde nuestra perspectiva, Márquez hace referencia a uno de los males que ha marcado la vida política venezolana desde los tiempos de la consolidación republicana, en el periodo posterior a la independencia, pero que en estos veinte y largos desgraciados años (1999-2019), se ha manifestado en su manera más brutal: la intolerancia.

A los efectos, plantea el autor consultado: “Estamos en una torre de Babel de sentimientos. La destrucción es, pues, mucho mayor de lo que parece a primera vista. Ya hay momentos en los que dudamos de que Venezuela tenga salvación. Somos una tierra en la que toda maldad tiene su asiento. Estamos cercanos a eso que Hobbes llamaba el ‘estado de la naturaleza’, es decir, el estadio previo al ordenamiento jurídico, a las leyes morales, a las normas de convivencia que hacen de un hombre un ser humano”. Estamos -diría Hobbes- “en un estado que se denomina guerra; una guerra tal que es todos contra todos”. La situación de quiebra moral que aqueja a la sociedad venezolana es tal que cuando se denuncia la corrupción ya no solo se habla del régimen, sino también de sectores de la oposición que han entrado en el juego, pero también dentro de la propia ciudadanía en la que se dan situaciones de todo tipo de abusos, estafas, engaños, y tantas acciones moralmente dañinas que delatan los extremos de una sociedad contaminada a todos sus niveles. Y esto no solo ocurre en el territorio patrio, también hay denuncias sobre venezolanos en el exterior que han exportado la delincuencia hamponil, otro fruto amargo de este periodo nefasto, generando actitudes xenófobas en contra de venezolanos honestos y trabajadores. Hasta allí llegan las secuelas del desastre nacional en el que la viveza se ha disfrazado de “virtud”. De verdad, es una desgracia.

La tiranía con una máscara de falsa democracia, cada vez más descolorida y desfigurada, muestra sus habilidades para sojuzgar a una sociedad de la mano de potencias externas y colaboradores internos. Se trata de un perverso ajedrez geopolítico que no le importa el ser humano, sus sufrimientos ni dolencias. Lo importante son los negocios, las fuentes de riqueza, los intereses particulares de cada quien. Al respecto, la reflexión de Márquez es muy puntual: “Santo Tomás de Aquino decía que un tirano se apropia no solo de los bienes materiales de su pueblo, sino que de sus bienes culturales; suprime los valores porque requiere un pueblo que sea lo menos virtuoso posible y promueve la enemistad entre los ciudadanos apelando al principio de ‘divide y reinarás’. El tirano ‘despojado de la razón, se deja arrastrar por el instinto, como la bestia, gobierna’, nos dice el Angélico. De esta manera logra envilecer a los ciudadanos hasta el extremo, porque sabe que así los somete mejor. Sin duda, en Venezuela este instinto ha funcionado a la perfección. Los venezolanos hemos sido envilecidos al extremo”.

La descripción de Laureano Márquez revela una terrible realidad. Todo comenzó en los primeros años de la mal llamada “refundación” de la república con el esperpento de una falsificación política que pomposamente denominaron “democracia participativa y protagónica”, de la cual solo queda la parte de “agónica”, porque destruyeron a la familia primero enfrentándola entre “patriotas” y “escuálidos”, luego la dispersaron por los confines del mundo; siguieron las expropiaciones a diestra y siniestra, el abuso de poder que sobrepasó todo lo conocido en esa materia, el envenenamiento moral, la perversidad devenida en política tanto partidista como de Estado. Hoy se conoce de hechos violentos entre vecinos, por ejemplo, por la asignación de una forma de envilecimiento concretado en las cajas CLAP, el suministro de medicinas provenientes de una supuesta ayuda humanitaria que no es tal, la marginación de una pléyade de ciudadanos por no tener el carnet de la patria, y podríamos llenar otras tanta cuartillas de papel sin terminar la lista de elementos envilecedores de la sociedad venezolana.

La pregunta es: ¿Sobrevivirá Venezuela a este proceso destructivo? Hay quienes dudan que a menos que este estado de cosas concluya y se inicie un proceso de reconstrucción nacional que parta desde la recuperación de los valores y virtudes perdidos hasta la recuperación del aparato productivo, el saneamiento de la política y la vuelta a una democracia fundamentada en principios éticos, podrá Venezuela, a su vez, recuperar el alma nacional destruida y mancillada.

Laureano Márquez, en sus conclusiones destaca: “Cómo haremos para volver a creer en nosotros mismos, para considerarnos un pueblo digno de progreso y bienestar, de libertad y democracia; digno de ser feliz sin necesidad de huir de su tierra. Es una pregunta que nos atañe y concierne a todos. En nuestro horizonte hay demasiada hambre, demasiada sangre, demasiado odio. Necesitamos con urgencia algo: creer que somos posibles, que podemos respetarnos y tolerarnos, que comer es una actividad normal del ser humano, que podemos transitar calles seguras, que los desacuerdos no nos condenan a asesinarnos, que hay esperanza y futuro y ese futuro puede ser del tamaño del empeño que pongamos en él. No puede ser que una tierra que es capaz de producir tanto talento, tantas individualidades inteligentes y capaces, esté condenada al fracaso como proyecto común”.

Lo que le depara el futuro a un país como Venezuela destruido hasta sus bases fundamentales depende de muchas variables, pero sobre todo de sus ciudadanos. El camino es largo y tortuoso. Crear falsas esperanzas y expectativas es también envilecimiento.

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