lunes, 10 de mayo de 2021 | 9:55 PM

La deformidad como norma

“Después de casi sesenta años parece la América Latina despertar del sueño de esta izquierda bonita capaz de justificarlo todo”, sostiene nuestra columnista Rosix Rincones Díaz en su columna semanal.

Diego Velázquez fue parte de la pléyade de artistas del siglo de oro español, y buena parte de su obra transcurrió como pintor del rey Felipe IV de España, uno de los Habsburgo. En Las Meninas, una de sus obras más espléndidas y admiradas, el pintor se retrata dirigiendo su mirada hacia afuera del lienzo. La tensión creada por la mirada del pintor deja al espectador capturado en el otro eje. Parece que uno debiera completar un código, una oración, cerrar una elipse.

Su postura es la de quien desde el lienzo, construye un espacio para la conciencia. Velázquez es el pintor de la corte, pero también un hombre que nos mira desde la soledad. Tiene que haber sido inquietante para él, haber dibujado los bocetos de la desproporcionada geometría de los Habsburgo. Desde el poder, se puede intentar una normalidad, pero el artista tiene que ir más allá y preguntarse el acertijo platónico de si la fealdad es un reflejo de la maldad, o todo lo contrario.

Retratar la deformidad y tener que verla como normal, ese debió haber sido su dilema, porque ésta era asimismo una deformidad del orden político. Tanto la ética como la estética del poder en la España imperial obedecían a alianzas basadas en matrimonios endogámicos. El resultado fue que España terminó trabajando para la agenda de los Habsburgo, no de la nación y mucho menos de su gente. Mientras tanto, esa misma familia dominante era víctima de asfixia genética. A las pesadas mandíbulas, los labios inferiores y narices protuberantes, se fueron sumando las dificultades para comer, respirar, la hemofilia y serios retrasos o problemas mentales. Siempre habrá quien se pregunte cuál hubiese sido el destino de España de haber tenido gobernantes sanos y preocupados por los intereses auténticos de la nación.

La entrega del país a intereses ajenos, ese era el peligro inherente a las alianzas entre monarcas en Europa. Ya para finales del siglo 18 y en los albores de la revolución francesa, era serio el cuestionamiento a los poderes hereditarios, lo que dio paso a repúblicas u otros sistemas de democracia representativa. Y fue precisamente en esos años cuando los nuevos estados en los territorios de las Américas, fueron adoptando el sistema republicano para distanciarse de unas prácticas políticas que aborrecían por perniciosas y tiránicas. Sin lugar a dudas, la república y el sistema de libertades eran y siguen siendo el gran proyecto político del continente americano.

En estos días fue necesario para el Congreso de los Estados Unidos recordarle al público que, los escritores de su constitución temían que la naciente república tuviese gobernantes capaces de traicionar y entregar el país a intereses foráneos. En ese momento era los Estados Unidos una nación débil, y sabían sus fundadores cuán difícil era mantener una república. El riesgo de las alianzas perniciosas de espaldas al país eran consideradas tan peligrosas como una invasión, ciertamente sabían suficientemente de historia para saber que era esa la sombra de sombras. Y es esa sombra a la que se enfrentan ahora.

De cómo incumbió ese país en los intereses de la América Latina se ha escrito y mucho, pero no de cómo Cuba ha querido emular esas prácticas intervencionistas. Sin embargo, después de Haití y los Estados Unidos, fue Cuba la última del hemisferio en independizarse del yugo colonial. Llama poderosamente la atención, que la publicidad y mercadeo castrista se empeñe en que los latinoamericanos no somos independientes y que ellos (justamente los últimos de la lista) vienen a “libertarnos” del otro yugo.

Ahora a falta de Borbones y Habsburgos, en el Caribe tenemos a los Castro. A Venezuela trataron de invadirla los cubanos durante la incursión de Machurucuto. Fueron repelidos heroicamente, pero sus intenciones de hacerse del petróleo y recursos de Venezuela no se quedaron allí. Varios años después, los Castro lograron implantarse aquí gracias a Chávez, Maduro y sus militares quienes les permitieron hacer caída y mesa limpia. Y como cualquier familia con ínfulas de poder eterno, los Castro y sus socios locales han venido deformando y destruyendo todo lo que tocan. El país perdió y fue por traición de estos gobernantes.

Después de casi sesenta años parece la América Latina despertar del sueño de esta izquierda «bonita» capaz de justificarlo todo. Pero aún hay mucho por revisar. Ciertamente, el pueblo cubano nunca conoció la democracia, no podía pelear por una libertad que no conocía, y se acogió a la posibilidad de poder emigrar a los Estados Unidos. Era tanto el apoyo internacional al régimen castrista, que el resto de la comunidad internacional le dio la espalda a ese pueblo que ha venido sufriendo una muy larga e injusta dictadura. La intelectualidad latinoamericana falló en aclarar lo que ocurría en la isla y la izquierda europea compró igualmente la historia de los “gusanos” y de la resistencia al imperio norteamericano. El antiamericanismo se convirtió en un velo que no permitió ni ha permitido entender el caso cubano.

Varios gobiernos latinoamericanos entienden que los habitantes de la isla de Cuba no pueden seguir en la invisibilidad, como tampoco Venezuela ni ningún país emparentado con el régimen cubano. De no ser así, será muy difícil mantener la paz en la región. Y en cuanto a los Estados Unidos, su crisis constitucional huele mal, y de no resolverse tendría repercusiones nefastas. De ocurrir el fin de los Estados Unidos como república, una presidencia todopoderosa tendría consecuencias indeseables para nosotros, sus vecinos. Si teniendo el control del congreso y la corte suprema los presidentes gringos echaron bastante vaina, imagínense si quedasen en rueda libre. Lo que hasta ahora ha sido una formalidad, un orden, dejaría de serlo.

Por eso hoy esta imagen del autorretrato de Velázquez en Las Meninas. Un testimonio de cuando el poder pretende imponer deformidades.

Más del autor

Sobre la China

Los chinos están haciendo un esfuerzo por convertirse en un poder del discurso. Pero no sé si alguna vez su periodismo podrá producir un debate abierto.

Gustavo Dudamel

Sólo le pediré a Dudamel algo que sí puede dar, que no esté ninguneando a ningún arpista, ni a ningún pianista de los muy hermosos que hay en esta tierra, y que restaure para mí la fuerza extraordinaria del Concierto en la Llanura. | Foto cortesía Fundamusical Bolívar

Qué esperar de las mujeres en el poder

Lo que es imperdonable es que en momentos en que el país necesita como nunca la independencia de poderes, el CNE haya sido un poder genuflexo liderado por una mujer. | Foto cortesía

Benjamin Netanyahu

Lo fascinante de este caso es que, aun cuando Netanyahu ha puesto a la legalidad en aprietos, el Knéset y las elecciones lo han contenido, como quizás no hubiese ocurrido de haber tenido Israel un sistema presidencial. | Foto cortesía

¡Síguenos!

Notas relacionadas

Sobre la China

Los chinos están haciendo un esfuerzo por convertirse en un poder del discurso. Pero no sé si alguna vez su periodismo podrá producir un debate abierto.

Enchufados, cortesanos, depredadores et al

Sólo en revolución el saqueo, el despojo, la exacción, el pillaje y la devastación recibe licencia para la destrucción total de una nación. | Foto William Urdaneta

No por negro, ¡por favor!

Aristóbulo deja como trágico legado el desmantelamiento del sistema educativo. ¿Por qué no le reclaman eso, en lugar de decirle “negro”? | Foto Reuters

Comulgar en Revolución

Qué mosca picó a cuatro o cinco sujetos (y “sujetas”) muy representativos del desgobierno felón, que les dio por comulgar y posar cual fervorosos feligreses, en vivo, directo, ante los millones de televidentes que presenciaron la mencionada beatificación.

Julio Verne: el primer gran divulgador de la ciencia

Antes de Javier Santaolalla (Date un vlog), Rocío Vidal (La gata de Schrödinger), Aldo Bartra (Robotitus), y otros youtubers divulgadores de la ciencia; incluso antes de Arístides Bastidas, Carl Sagan, Isaac Asimov o Neil de Grasse Tyson, antes de todos ellos existió Julio Verne.

Un agitador cultural llamado Willy McKey

Se definía como un agitador cultural, y lo justificaba así: “El artista debe ser agenciador y generar proyectos sostenibles en el tiempo”.