miércoles, 1 de diciembre de 2021

La comprensión del caos

Comprender el caos, la naturaleza del caos no es un ejercicio de reflexión meramente académica, con poca o ninguna aplicación práctica. Todo lo contrario: es esencial para superarlo.

En estos días de caos público, notorio y comunicacional en el país, se han escrito muchas reseñas al respecto en medios extranjeros. Algunas están bien documentadas, digamos que son de buen periodismo, pero en general adolecen de una misma falla: una incapacidad profunda para entender la naturaleza -y no sólo la magnitud- de la tragedia que acontece en Venezuela.

La magnitud, profundidad y extensión del caos, no es causa sino consecuencia. ¿Consecuencia de qué? Del desmantelamiento paulatino del Estado nacional que se fue desarrollando con altibajos durante el siglo XX, y en particular de la República Civil en sus cuatro décadas finales. En el siglo XXI, el Estado fue destruido, repito, poco a poco, al igual que fue destruida la república, la democracia, la economía, Pdvsa, y todos los activos de la nación venezolana.

En lugar de todo ello se fue montando una hegemonía despótica, depredadora y absolutamente corrupta, al alimón entre Hugo Chávez y Fidel Castro, y con los caudales gigantescos de la bonanza petrolera más importante de la historia. ¿Nadie se dio cuenta? Por supuesto que mucha gente se dio cuenta y lo denunció desde el principio. Pero fueron demasiadas las conciencias adormecidas o interesadas, que prefirieron cerrar los ojos y abrir las manos. Muchas de esas conciencias pertenecen a la llamada intelligentsia venezolana.

Además, la referida destrucción y el montaje de la hegemonía, se hicieron en nombre de una supuesta democracia participativa y protagónica, sazonadas con elecciones -fraudulentas casi todas, desde el 2004, y sin el casi- y con ciertos espacios de tolerada crítica, y siempre con una habilidosa retórica de socialismo redentor, todo lo cual contribuyó a sostener una imagen internacional en la que Jimmy Carter aplaudía, celebridades de Hollywood peregrinaban a la nueva meca de la revolución, y los boliburgueses se hacían cada vez más billonarios.

El Estado venezolano del siglo XX, y sobre todo el Estado democrático -con todas sus fallas habidas y por haber-, logró ir cimentando un principio de institucionalidad que a su vez controlaba el ejercicio de un poder cívico. De eso ya no queda nada. Lo que hay es una constelación de carteles, clanes y pranatos, que se reparten el poder y lo utilizan para depredar todos los recursos disponibles y para imponer la barbarie del que “yo mando porque mando yo”. En vida del predecesor de Maduro, esto se podía disimular con no poca persuasión: al fin y al cabo el finado predecesor era el hegemón de la hegemonía.

Después el poder se fue fragmentando aún más, envileciendo aún más, asolando al país aún más. Y Venezuela se terminó de hundir en una catástrofe humanitaria en medio de una bonanza petrolera. De manera que el problema no está en las particularidades técnicas o específicas de cualquier dimensión de la vida venezolana, por más importantes o noticiosas que parezcan. No. El problema, o más bien la tragedia, está en que todavía se mantiene esa hegemonía delictiva y destructiva.

Si no entendemos eso, me disculpan, pero no entendemos nada. Muchas reseñas de medios extranjeros, incluso las que pasarían el examen de la información veraz, no destacan el tema de estas breves líneas. Como si no existiese. Y eso podría ser así, porque no comprenden, insisto, no tanto la magnitud sino la naturaleza de la tragedia. Eso puede ser excusable en el caso de periodistas foráneos; pero lo que no debe ser disculpado, es que a estas alturas -o diría honduras, hayan venezolanos de buena fe que tampoco comprendan la naturaleza del caos en que sobrevive la patria. Los de mala fe son otra cosa. Esos no tienen remedio y forman parte del origen del caos.

Comprender el caos, la naturaleza del caos no es un ejercicio de reflexión meramente académica, con poca o ninguna aplicación práctica. Todo lo contrario: es esencial para superarlo.

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