miércoles, 16 de junio de 2021 | 1:27 PM

Inútiles y efímeros conos monetarios

Estos conos han sido efímeros como un castillo de arena, perecederos como una fruta pintona, fugaces como el “amor” del lupanar, desechables como el papel higiénico, pero sobre todo inútiles, al igual que extremadamente pavosos y costosos.

Hasta en el hogar más pobre de Venezuela hay un reguero de billetes y monedas que no sirven para nada. Puedes tener sacos y ni en la bodeguita más apartada del más remoto de los pueblos te los cambiarían por cien gramos de arroz. Pues de aquellos conos monetarios, en los que se gastaron cientos de millones de dólares, sólo quedó la sensación de cómo algo valioso se transforma -no una sino varias veces- en un objeto inútil que estorba. Llegaron a nuestras manos, las llevamos a la casa y allí se quedaron, acumuladas, sin que pudiéramos hacer nada con ellas. Con la velocidad de una estrella fugaz perdieron todo su valor como instrumento de cambio.

Solamente una vez, como dice el bolero, pasaron de una mano a otra, y allí terminó su posibilidad de circular y ser útiles para adquirir algún bien. Debut y despedida, cuando apenas se asomaban a la función que la economía le impone al dinero. Es como hacerse anciano cuando todavía eres impúber. Castrado, amputado e inutilizado, sin tampoco recibir la caricia del manoseo cotidiano, al que tiene derecho la guita como le llaman los argentinos o el parné como también lo conocen los españoles.

Son monises amontonadas en cualquier recipiente. Primero se aglomeraron los centavos que, con su característico color cobrizo, se convirtieron en un incómodo peso en los monederos. Rápidamente pasaron al olvido porque su valor siempre fue nulo. Imagino que se acuñaron para complacer algún capricho infantil de quien vendió arañas en su terruño natal. Lo mismo pasó con la moneda de 12 céntimos y medio -aquella locha de nuestra ruralidad- con la que tampoco se adquiría ni un caramelo barato. La de 25 y de 50 céntimos hicieron más pesados los envases, donde las familias acopian cosas inútiles. Aunque en este caso, pudieran servir para que los niños jueguen a la bodeguita y se familiaricen con el dinero.

El sistema circulatorio de la economía venezolana fue desbordado por inútiles conos monetarios. Los precios del petróleo le abrieron las agallas a una cúpula, velozmente podrida, que cambió al procerato impreso en los billetes -Andrés Bello, Páez, Sucre, Miranda y Bolívar- por otras imágenes que sustituyeron a las usadas durante la democracia civil. Querían freír, pero sobre todo borrar la historia para ajustarla al relato socialcomunista, instaurado en aquella Venezuela que se adentraba en el tercer milenio.

Han sido varios los conos monetarios que el socialismo del siglo XXI ha pretendido imponer con criterios diversos. Entre otros, rendirle culto a un sustrato mágico religioso, bastante primitivo, seguramente para pagar algunas deudas con deidades de la santería, palería o del vudú. Lo cierto es que estas supersticiones e idolatrías han desvirtuado el sentido real del dinero. Pues estos conos han sido efímeros como un castillo de arena, perecederos como una fruta pintona, fugaces como el “amor” del lupanar, desechables como el papel higiénico, pero sobre todo inútiles, al igual que extremadamente pavosos y costosos. O sea, se perdieron esos reales en todos los sentidos.

Como un efluvio, pues ni siquiera llegamos a familiarizarnos con las monedas y billetes que han circulado en estos tiempos de revolución. Una paradoja para una tiranía que tiene como objetivo esencial permanecer, perpetuarse y hacerse crónica como una patología incurable. A la macolla no le importa si para eternizarse en el poder tiene que pasar por encima de los cadáveres de los venezolanos, como también lo ha hecho con el bolívar -pomposamente llamado fuerte y soberano- convertido hoy en un despojo, a la espera de su entierro definitivo.   

El odio destructivo es una fuerza aniquiladora, y es mucho peor si cabalga sobre los innumerables motores que esta tiranía dice tener. Pero una cosa es cierta, con motores o sin ellos han destrozado todo lo que han encontrado a su paso. Hasta acabaron con el mejor Simón Bolívar instalado en nuestro imaginario, y de paso trituraron al bolívar, que desde 1879 existe en Venezuela. Creado por el ilustre americano, Antonio Guzmán Blanco, aquel francófilo y francófono que elevó al mantuano caraqueño a los altares de la patria, y lo convirtió en esa divinidad omnipresente, cuyo perfil está troquelado en todas las monedas ultra devaluadas, que hoy son un estorbo en los tristes y proletarios hogares venezolanos.

Agridulces

En este campo de concentración y de exterminio llamado Venezuela, que Leopoldo López consiga su libertad es una buena noticia, por la que me alegro. Fueron muchos años de encierro, de silencio, torturas y privaciones para quien se ha jugado la vida por nuestro país. ¡Bienvenido, Leopoldo, a la vida! 

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