jueves, 21 de octubre de 2021

Aunque me digan comeflor       

Nadie dice que vivir en Venezuela sea fácil. Sin embargo, hay elementos que animan, acciones que iluminan, pasos lentos que son pasos que abren en pequeño brechas. | Foto William Urdaneta

Nadie dice que vivir en Venezuela sea fácil. Sin embargo, hay elementos que animan, acciones que iluminan, pasos lentos que son pasos que abren en pequeño brechas. | Foto William Urdaneta

@luisaconpaz

Les digo algo: mejor comer flores que comer candela. Si usted come flores, repartirá flores, si usted come candela, repartirá candela, resentimiento, descalificaciones, insultos… ¿Qué prefiere? ¿Qué será más saludable?

Empiezo por preguntarme qué flores veo en los demás, en lo cercanos y no tan lejanos, y, siempre con cable, veo muchas flores en mi camino.

Ayer, por ejemplo, que pasé todo el día en cola para echar gasolina -por número de placa-, mis “vecinos de cola” fueron amables conmigo, la única mujer en varias cuadras, fui a la farmacia, a la panadería, ellos cuidaban mi carro mientras. Al menos ahí no vi gente tratando de colearse.

Cuando en la tardecita pude ver los mensajes de WhatsApp, vi gente ayudando a otras con contactos para poder solventar problemas de salud. Recordé que hace unos días una compañera de trabajo pidió colaboración para un familiar que necesitaba una andadera, le di un contacto de una organización, y a los 5 días tenía su andadera y la familia agradeció el gesto, y resolvió. Muchas flores veo en esas ONG que trabajan por los demás, sin esperar recompensas, sin conocer a los beneficiarios, a pesar del riesgo que hoy significa en este país ayudar a otros; si no, recuerden a los que han sido detenidos y los que siguen detenidos injustamente, como los de Fundaredes, y sin embargo, las ONG siguen actuando, haciendo el bien. Y eché flores a muchas ONG que conozco.

En esas 9 horas de cola recordé el caso de una maestra jubilada, pero con teletrabajo, que consiguió enviar a Colombia un medicamento que allá es muy costoso, y aquí es de precio decente, mucho menos que en el vecino país, como por milagro dio con una persona que esta semana viaja a Bogotá y se ofreció a llevar el medicamento a una madre muy urgida allá. ¡Cuántas flores a la maestra y a esa persona solidaria que hará de correo humano!

Recordé un caso reciente de una conocida que pidió una ayuda para una madre con problemas de salud, le dieron un teléfono de alguien solidario, y sin hablar mucho, esa persona le transfirió lo necesario para la emergencia. Venezolanos los dos, la que se movió a favor de la enferma y la que dio el dinero, ¡Cuántas flores en jardines venezolanos!

Cada vez que pienso en docentes que conozco, mal pagados, subsidiando su trabajo en las escuelas, y trabajan en su otro turno en otra cosa, para conseguir más recursos y no abandonar a sus alumnos, veo jardines con muchas flores en los centros educativos.

Cuando repaso las acciones de grupos como el Foro Cívico, que insisten en ser puentes, en buscar salidas pacíficas a nuestros grandes problemas, a pesar de los que no creen sino en salidas violentas…

Aunque me digan “comeflor” soy de las que ve una lucecita en esa mesa de conversaciones iniciadas en México. Ya se sabe que para los grandes problemas, situaciones complejas, como esta venezolana, en la que no hay dimensión de la nuestra vida que no esté llena de obstáculos, y, sin embargo, creo que sentarse con estos y con otros, es la salida, con esos puntos y otros más. Recuerdo siempre El Salvador, un país del tamaño del estado Miranda, una guerra civil con dos ejércitos bien armados, más de 100 mil muertos, y tuvieron que sentarse… Aunque me digan “comeflor” no veo traidores en todo el mundo, creo que, aunque no sea de buena gana, hay actores que quieren salidas pacíficas, y aunque hayan cometido errores, reconocidos públicamente o no, hay actores que han renunciado a comodidades, se ha arriesgado al actuar. Esa mesa no es el único espacio necesario, ni habrá soluciones instantáneas, pero es un camino necesario.

También veo flores más allá de nuestras fronteras, y veo esas mujeres afganas valientes, protestando en su país, defendiendo sus derechos, las veo llenas de flores…

Si usted está pensando, como yo, que es mejor ser “comeflor” que “come candela”, le doy algunos consejos. Haga sus ejercicios de relajación cada día. Agradezca hasta lo más pequeño que crea que merezca agradecimiento, que alguien le pregunte por su salud, o por la salud de algún familiar, que alguien de mande un café virtual con buenos deseos… Rece por otros. Lea buenos autores que refuercen su fe en la no violencia, en las salidas pacíficas, en las bondades de los demás. Mire con los dos ojos, el que ve el drama y el que ve las luces en medio del apagón. Verá que hay mucha gente buena a su alrededor, verá que mucha gente haciendo cosas buenas. Esperanza con cable a tierra. No se ancle en la queja ni insulte ni descalifique a nadie por pensar distinto a usted. Mucho menos en público, por las redes sociales. Usted decide qué quiere comer y qué quiere repartir a los demás, candela o flores.

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